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Héctor Manrique en uno de los mejores roles
del teatro venezolano.
“Mi Pío Miranda es llorón pero no sé interpretarlo
de otra manera”
Por Milagros Socorro
El acontecimiento cultural que es el nuevo montaje de El
día que me quieras, puede atribuirse tanto al formidable
texto de Cabrujas como al trabajo de dirección y del
elenco. Destaca la interpretación de Pío Miranda, “maestro
de escuela, cajero de imprenta, secretario de un comprador
de esmeraldas en el río Magdalena, espiritista,
seminarista, rosacruz, masón, ateo, libre pensador y
comunista”.
Héctor Manrique no suele contestar su celular. Su faena
diaria involucra un insumo muy delicado, que es la
psicología de los actores, con quienes comparte escenario,
aula y mesa de trabajo (donde, todos sentados, leen el
texto para ver cómo suena). De manera que Manrique
mantiene su teléfono apagado para no ser interrumpido
mientras da clases o dirige a las actrices de El monólogo
de la vagina (que regresa la tablas locales con Tania
Sarabia, Gledys Ibarra y Elba Escobar) y las de Panamá,
adonde mandará un trío integrado por Fabiola Colmenárez,
Beatriz Valdés y una profesional del istmo. Al mismo
tiempo, prepara, con el actor Basilio Álvarez, un montaje
de La Revolución, de Isaac Chocrón, que deberá estrenarse
a finales de año; y sostiene periódicas reuniones con el
escritor Ibsen Martínez, quien se encuentra en el proceso
de escritura de su obra El señor Marx no está en casa,
que, según explica Manrique, era la fórmula con que el ama
de llaves despachaba a los acreedores del autor de El
Capital.
Como si fuera poco, todos los fines de semana —desde el
viernes hasta el domingo— sale al tablado de la Sala de
Conciertos del Ateneo de Caracas para interpretar a Pío
Miranda en la pieza El día que me quieras, de José Ignacio
Cabrujas, bajo la dirección de Juan Carlos Gené, con un
desempeño que quedará por siempre en la memoria de quien
lo vea.
—¿Quién es su padre?
—Héctor Rodríguez Bauza, una persona muy importante en lo
que yo he hecho. Estuvo ausente durante los primeros cinco
años de mi vida porque estuvo preso, pero luego lo
compensó con el gran apoyo que me ha dado.
—¿Por qué estuvo preso?
—Por comunista. Yo nací el 14 de enero de 1963 y a mi papá
lo metieron preso el 19 de abril de ese mismo año. Cinco
años después, el reencuentro se produjo en Moscú, donde
vivimos un exilio de nueve meses.
—¿Hay algo en su interpretación de Pío Miranda que haya
tomado de su padre?
—Mucho. De mi padre y de su hermano, mi tío Raúl, que
murió hace unos días, el 1º de abril. Por ejemplo, el
pantalón sobre el ombligo, como lo usa mi Pío Miranda, es
idéntico a como lo usaba mi tío Raúl, quien también fue
militante del Partido Comunista. Mi tío Raúl era un hombre
más que solitario, ermitaño. Fue una gran inspiración para
construir a Pío.
—¿Su tío supo esto?
—No. Porque él no salía de su casa. Vivía en el Bloque 2
de El Silencio, de donde prácticamente no salía nunca.
Además, los últimos cuatro meses de su vida estuvo
acostado; se murió 10 minutos antes de entrar en el
quirófano donde que le pondrían una prótesis que le
permitiría volver a caminar.
Yo creo que Pío Miranda hubiera podido terminar como mi
tío Raúl: un hombre que creyó en algo, que se frustró y
que se aisló en su desengaño. Mi padre, en cambio, a pesar
de que lo acobijan algunas frustraciones importantes, optó
por reírse. Algunas personas que lo conocieron desde su
juventud me han dicho que ahora es más sociable y
encantador que antes.
Mi tío Raúl, como creo que era el destino de Pío Miranda,
se anuló, casi se desvaneció, nunca se casó.
Todo eso me dio material para construir a Pío.
—¿Su padre fue a ver la pieza?
—La ha visto varias veces. Él tenía mucha resistencia
porque tenía una visión de Pío, igual que la tenían muchos
comunistas, según la cual el personaje era un idiota, un
fracasado, un ridículo.
Tras advertirme que la vería antes del estreno para
asegurarse de que podía llevar a sus amigos, fue a un
ensayo en el que estuvo él solo como espectador. Y se
impactó mucho. Estuvo muy emocionado.
Vio en este Pío una gran fe, fallida pero fe al fin. Ya no
ve a Pío solamente como un idiota; han pasado muchas cosas
y la obra ahora tiene una lectura diferente.
—¿Quién es su padre intelectual?
—Juan Carlos Gené, sin duda alguna. Es mi maestro, es la
persona con la que más he compartido mi trabajo y
constituye una referencia constante en todo lo que hago.
Permanecí a su lado por 14 años, desde 1982 hasta 1994,
cuando regresó a Argentina, su país natal. Puedo mencionar
también como un padre intelectual a Fausto Verdial, dueño
del cuerpo en el que más ha habitado Pío. No sé cuántas
funciones de El día que me quieras llegaría a hacer
Fausto, pero fueron muchísimas. Para mí fue una influencia
fundamental porque Fausto era uno de esos actores cuya
casa, cuyo espacio natural, es el escenario, el único
lugar donde pueden habitar a sus anchas. Y
eso es un aprendizaje invalorable para quienes tienen la
dicha de actuar con alguien así.
Leer con todo el cuerpo
—¿Cómo trabajó Juan Carlos Gené en este
montaje de “El día que me quieras” ?
—Lo primero que hay tomar en cuenta es que Gené es un
director de sutilezas (también las tiene como actor). Su
propósito es que el director se perciba lo menos posible,
como si no existiera. Y a pesar de (o gracias a) esto, es
un gran director. Trabajábamos cinco horas diarias, en la
sede del Grupo Actoral 80, en Parque Central.
—¿Ya se habían aprendido la obra?
—Él nos había pedido que lo hiciéramos. No estaba sujetada
del todo en nuestra memoria, porque si hay algo que le
sirve a un actor como recurso mnemotécnico son los
desplazamientos en el escenario (te mueves de aquí para
allá y ahí llega la letra). La sucesión de acciones
físicas invoca la “llegada” del texto a la memoria. Gené
llegó a Caracas un jueves y el viernes estábamos reunidos
para hacer la primera lectura, que, como es su costumbre,
la hizo él solo. Cuando uno lo escucha, entiende qué es lo
que espera Gené de cada actor y de todo el equipo, hacia
dónde va. A partir de ahí hicimos, durante una semana, lo
que llamamos el “trabajo de mesa”, que es la lectura, por
parte de los actores, del texto. No es solamente una
lectura y un análisis de la obra sino que comenzamos a
leer el texto con el propósito de que cada parte comenzara
a habitar el cuerpo del actor y se fuera convirtiendo en
acciones. En esa etapa tenemos que sentir en el cuerpo qué
es lo que quiere el personaje, cuál es su objetivo.
De manera que, desde el segundo día, cuando nos tocó leer
a nosotros, Gené nos dijo: “Lean y accionen, confíen en
sus instintos”.
En esas lecturas se va poniendo a flote qué pasa en la
obra pero también qué propone el actor, qué visión tiene
de su propio personaje y de la pieza en general; porque
puede haber visiones encontradas y ésa es una de las
funciones del director, crear un clima de trabajo y que
todas las visiones diversas converjan en una sola.
Terminada la segunda semana, Gené empezó a “levantar” la
obra: nos levantamos de la mesa y comenzamos a movernos
sobre el escenario. Antes de un mes ya teníamos la obra
levantada.
Había una gran emoción porque nuestro maestro llegaba
después de 12 años de ausencia y un gran amor por la obra.
Un gran compromiso.
—¿Este ha sido su primer contacto con Pío Miranda?
—No. Cuando fui muy joven y decidí que me dedicaría al
cine y al teatro, mi papá me mandó a hablar con Rodolfo
Izaguirre, quien me remitió a José Ignacio Cabrujas; y
éste, a su vez, me dijo: “Busque a Juan Carlos Gené, que
es el que de verdad sabe de esta vaina”. Para la audición
con Gené y Enrique Porte, me presenté con el monólogo de
Pío Miranda (un fragmento donde éste explica a qué se ha
dedicado en sus 38 años de vida y por qué es comunista).
Yo no sé si el hecho de estar ahora interpretando a Pío es
el cierre de un ciclo o la apertura de otro, pero hacer El
día que me quieras es lo mejor que me podía pasar en la
vida.
El
Nacional. Abril de 2005
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