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Para cruzar algo más que el
Niágara
Por E. A. Moreno-Uribe
Mientras cierta gente se dedica a colocar trabas o
inventarle conflictos al trabajo que hacen los teatreros,
estos saltan obstáculos, controlan rémoras y se entregan a
crear sus espectáculos, confiando que al final del túnel
hay una luz y podrán enrutar definitivamente sus carreras
profesionales. Como eso lo estamos viendo y reseñando
desde 1969, nos ha correspondido constatar el eclipse de
pioneros, el surgimiento y la caída de un huracanado
movimiento, y ahora hay un obvio renacer con los
sobrevivientes reforzados por una valiosa generación de
actores y actrices que emergen de institutos
universitarios y indispensables talleres de capacitación.
En síntesis, tenemos el teatro que nos merecemos, el que
hacemos y para testimoniarlo hay algunos medios de
comunicación que insisten en su labor cultural en medio
del bochinche de la torpe politiquería.
Y
como prueba que sí vienen mejores tiempos para las artes
escénicas está el hermoso espectáculo "El cruce sobre el
Niágara", del peruano Alonso Alegría, el cual se presenta
en la Sala Horacio Peterson, con la creativa dirección de
Melissa Wolf, las conmovedoras actuaciones de Daniel
Rodríguez y Jesús Cova y la cuidada producción del Celcit
y el Grupo Actoral 80. Una obra y un montaje dignos del
momento de efervescencia que viven las artes escénicas, de
esa alianza o maridaje que debe fortalecerse entre las
emergentes generaciones y las que llevan un camino
recorrido y tienen aún mucho que dar todavía.
"El cruce sobre el Niágara", ganadora del Premio Casa de
las Américas de 1969 y montada en más de 50 países, fue
estrenada en El Nuevo Grupo de Caracas (Sala Juana Sujo),
durante la temporada de 1982 por Carlota Vivas y los
actores Jorge Canelón y Rene Rivero. Está centrada en la
posible relación de amistad que surgió entre Charles
Blondin (célebre equilibrista francés) y su joven
admirador Carlo, tras una inesperada visita que pone en
tela de juicio el profesionalismo del famoso personaje,
porque su desconocido interlocutor le revela que ha
detectado malas mañas en su oficio, falencias que incluso
pueden hacerle peligrar su vida misma.
Y
como una patética demostración de lealtad y amistad, pero
al mismo tiempo como proeza única para la historia de sus
vidas, Blondin, con Carlo sobre sus hombros, acuerdan
cruzar una vez la cuerda floja, de 330 metros, que unen a
Estados Unidos y Canada, a 48 metros de altura, sobre el
río de las famosas cataratas. sobre las furiosas
cataratas. ¡Y lo logran!
El dramaturgo Alegría (1940) a partir de un personaje de
la vida real creó esa fábula cuya metáfora es una
exaltación de la amistad por encima de los protocolos y
los prejuicios, es la alianza que todos queremos ver entre
los que emergen y los van en la vanguardia, como debe
lograrse entre los teatreros venezolanos en estos tiempos.
¡La vida copia al teatro!
El montaje creado a partir de las magníficas habilidades
físicas, casi circenses de los actores, atrapa al público
y lo coloca sobre esa fantástica cuerda floja, donde están
siempre la amistad y el amor, como por supuesto lo enseñan
mágicamente Blondin-Daniel y Carlo-Jesús. Una pareja de
comediantes que viene desde abajo, pidiendo y ganando su
derecho de ser vistos y aplaudidos. ¡Bravo!
Sobre este texto, Melissa Wolf, su directora, señala que
es "una obra que nos habla de lo posible, del compromiso y
del infinito poder de la amistad". Y por eso consigue esa
transparencia de los personajes, esa relación que
estremece porque los muestra a los dos desnudos ante la
inmensidad de la fuerza de la naturaleza representada por
las cataratas del Niágara. Un desafío de la inteligencia y
la osadía humanas capaces de apostar, de retar y ganarle a
la misma fuerza de la gravedad, de hacer posible un sueño.
La iluminación es de José Jiménez, la asistencia de
dirección está a cargo de Luis Chicott y la asistencia de
escena es de Juan Vicente Pérez.
El
Espectador Venezolano, 11 de junio de 2008.
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