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Es necesaria la amistad para cruzar la
vida
Por Joaquín Lugo
El
Grupo Actoral 80, con apoyo del Celcit, presenta el
montaje El cruce sobre el Niágara, del dramaturgo
peruano Alonso Alegría. Nuevamente, esta agrupación da
oportunidad a nuevos talentos en el área de las artes
escénicas, como lo hizo en Final de partida, en la
que varios jóvenes aceptaron el reto de interpretar esa
reconocida pieza. Algunos de ellos son los creadores de
este emocionante espectáculo como diseñadores y
realizadores de la escenografía y vestuario, asistentes y
hasta asumiendo la dirección. Aunque el compromiso mayor
es de Melissa Wolf como directora de la obra, junto con su
propuesta del espacio escénico. En El cruce sobre el
Niágara nos encontramos ante la representación de
varios momentos en la vida de Blondin, un equilibrista
francés famoso por haber cruzado la cataratas del Niágara
en distintas oportunidades, en cada una de las cuales
inventó una nueva manera de hacerlo, como preparar una
omelette en medio del trayecto. El argumento creado por
Alegría nos presenta un Blondin solitario, a pesar de su
fama, que es visitado por Carlo, un joven que critica lo
comercial y repetitivo de su proeza, si bien realmente lo
admira. Poco a poco se convierten en amigos cuando Carlo
convence a Blondin de que cruce de nuevo con él en sus
hombros. La estructura teatral se maneja correctamente al
desarrollar en seis escenas toda la historia, con
planteamiento del conflicto en las dos primeras,
desarrollo en las tres siguientes, clímax y resolución en
la final. De esta manera, la premisa planteada se hace
evidente cuando la solidaridad, la confianza, el saber que
se puede poner la vida en las manos de alguien, logra
constituir una sólida amistad. La puesta en escena de Wolf
invade todo el espacio y se vale del dispositivo
escenográfico integrado por una puerta, un escaparate, en
el centro una cama con mesita y silla a su lado, detrás un
gran ventanal, rodeados de varios paneles blancos que a
manera de paredes resaltan la sugestiva iluminación. En
las primeras dos escenas los actores se desplazan
constantemente en virtud del planteamiento señalado,
usando todos los elementos de la escenografía, haciendo
piruetas, subiéndose a los objetos o metiéndose en ellos,
como es el caso del escaparate. En las siguientes, las
acciones constantes buscan un sentido más preciso para el
desarrollo de la trama, como es que Carlo logre convencer
a Blondin de que se puede cruzar con alguien en sus
hombros. Luego, todos los objetos desaparecen y quedan los
paneles. De esta forma, sobre un gran columpio en
constante balanceo, se hace evidente que deben decidir si
cruzan o no; hasta la escena final en la que, uno encima
del otro, caminan frente al público, cruzando el Niágara.
Daniel Rodríguez demuestra nuevamente su talento al crear
cabalmente un excéntrico Blondin que usa su habilidad
corporal para moverse sin descanso y emplea una variedad
de gestos faciales y corporales que cargan de hilaridad al
personaje. Jesús Cova ofrece una interpretación suelta y
pertinente como Carlo. El montaje, que logró superar
algunos problemas técnicos en la función que presencié, se
venía presentando en la Sala Horacio Peterson con notable
éxito, ahora se disfrutará en la Sala del Conciertos del
Ateneo de Caracas.
El Nacional, 26 de junio de 2008.
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