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Sobre
las aguas del Niágara
Por Luis Alberto Rosas El Grupo Actoral 80 y el
Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral
(CELCIT), ofrecen al público caraqueño una nueva lectura
del reconocido texto del peruano Alonso Alegría, merecedor
del Premio Casa de las Américas del año 1969. Gracias a la
puesta en escena de Melissa Wolf y las interpretaciones de
Daniel Rodríguez y Jesús Cova.
Sin lugar a dudas se debe resaltar la importante labor que
desarrolla el veterano hombre de teatro Héctor Manrique,
director de las dos instituciones garantes de la
producción de este montaje, al facilitar la incursión en
nuestro arte escénico de los nuevos talentos que serán los
responsables de conducir los destinos del teatro
venezolano que está por venir. Esta propuesta escénica de
El cruce sobre el Niágara, así lo demuestra, cuando su
staff de creadores no llegan a la treintena, sumándose la
arrojada conducción escénica de Melissa Wolf, a quien
veíamos en sus comienzos actorales y pequeñas incursiones
en la dirección, con este montaje, Melissa sube un gran
escalón en su propósito de convertirse en una de las pocas
mujeres directoras de nuestro país y lo hace de la mano de
un muy inteligente texto dramático, en el que se evidencia
la veteranía de un gran dramaturgo.
Pero Wolf no está sola y convoca en su aventura sobre el
Niágara a dos contundentes histriones: Daniel Rodríguez y
Jesús Cova, del primero ya habíamos señalado en sus
anteriores trabajos la destreza escénica y su arrolladora
presencia teatral que le permite literalmente estar como
"pez en el agua" en su oficio. Rodríguez encarnando al
equilibrista francés Charles Blondín, demuestra su ascenso
en el difícil arte de la interpretación, dando fe de su
formación y disciplina actoral en un complejo y exigente
carácter que supone unas condiciones físicas muy
particulares, en sus manos, este personaje se concreta de
manera convincente, divertida y en conexión con su
innegable talento, sentimos que únicamente debe poner
atención a su desempeño vocal que podría en un futuro
encasillarlo, sin necesidad, en una forma de recitar el
diálogo característica, nada grave con atención de la
dirección y conciencia del propio Rodríguez, es un tema
que se supera fácilmente. Por su parte, Cova, a quien no
habíamos visto en las tablas venezolanas, sorprende por su
frescura y autenticidad escénica, entregando un carácter
conmovedor, que hace reflexionar acerca de la naturalidad
y desenfado del actor sobre la escena y cómo se afronta un
personaje con verdad y organicidad.
La dirección se apoyó sólidamente en el gran texto
dramático de Alegría y en la correcta orientación de
actores, Melissa Wolf se cobija inteligentemente bajo el
talento de sus histriones y los sabe acompañar, brindando
una lectura escénica que péndula entre los polos del
naturalismo y el anti-naturalismo.
Nada fácil resulta enfrentarse a una pluma dramática como
ésta, con una anécdota que pide apelar a la convención
teatral, cuando en la segunda parte del espectáculo
debemos salir de la casa del protagonista y acompañar al
dúo en su reto de cruzar las fieras cataratas, uno sobre
los hombros del otro. Una revisión de la propuesta del
espacio escénico, en búsqueda de la síntesis permitiría a
la directora obtener un gran espectáculo, pero sin temor a
equivocarnos estamos seguros que con un inicio en la
dirección de esta forma, Wolf en poco tiempo formará parte
de las directoras más destacadas de la escena venezolana.
L. A. R. *
Caracas, 12 de Julio de 2008
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