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Sobre la alteridad de la duda
Por Juan Martins
Dossier del «7mo festival de teatro «Colonia Tovar» en
homenaje a Pablo Ruh,a cargo del crítico Juan Martins:
entrevistas, textos críticos.
«Final de partida» de Samuel Beckett, en la traducción
Francisco Javier y bajo la dirección de Héctor Manrique
(con su agrupación
Grupo Actoral 80) se nos mostró para el «7mo festival
de teatro Colonia Tovar» en homenaje a Pablo Ruh, como un
espectáculo de acabado artístico el cual se compromete con
un nivel de la dirección actoral y la puesta en escena
dentro del teatro venezolano. Héctor Manrique consolida su
discurso mediante el uso técnico de la actuación. Es
decir, los actores alcanzan expresar su estructura poética
desde lo orgánico. Así que las emociones se signan desde
la corporeidad y desde cómo entiende cada actor
interpretar esas condiciones de la emoción. De alguna
manera en este actor la emoción se racionaliza: aquella
emoción se intelectualiza en el actor a objeto de
transferirse en hecho estético, en aquella corporeidad que
se constituye al mismo tiempo en su poética. Entonces si
tenemos que hablar de una poética tendríamos que hacerlo
en torno a una poética del dolor. Esta consiste en cómo
aquel actor constituye, en el rigor del signo, sus
sentimientos del personaje o en cómo la emoción se hace
una unidad sígnica sobre el espacio escénico. El dolor, me
refiero a la construcción semántica que hace el actor o la
actriz de éste, es una interpretación, desde el texto
dramático, de la condición del hombre que entra en dolor
ante la crisis emotiva del personaje y, claro, el contexto
social de ese personaje es inducida por aquella
interpretación del texto cuando se trata de Beckett. Toda
esa estética de la pos-segunda guerra mundial se inscribe
en este análisis. El dolor se acuña como instrumento
estético e interpretativo. Es su lugar de la crisis.
Héctor Manrique quiere darle esa interpretación
hermenéutica a la pieza y nos edifica sobre un espacio
escénico que nos carga de emoción al registrar el
espectador una identificación con el personaje «Clov»
(representado por Daniel Rodríguez), quien nos entrega un
carácter muy orgánico, en el que los signos corporales
adquieren una dinámica constante en la representación de
su personaje, desplazamientos, cambios de rostros, el uso
de la vocalización, incluso, el gesto gutural son parte de
esa dinámica interpretativa. La crisis emotiva del
personaje nos dice la perdida del sujeto en la sociedad.
Esa crisis es interpretada desde una teatralidad que
define, en parte, el discurso de Héctor Manrique como
director de escena. Quiere otorgarle esa desesperanza a
aquel lugar del caos que constituye nuestra sociedad.
Todo el espacio escénico se unifica en esa interpretación.
La tragedia del hombre (lo que forma ya parte del teatro
contemporáneo) está situada en una metáfora de lo teatral.
No sin poco humor. Por el contrario, el humor sostiene las
actuaciones a objeto de establecer una relación lúdica con
ese espacio escénico. Quienes tuvimos la oportunidad de
estar como espectadores nos reíamos, sentíamos la
enajenación de estos personajes como una alteridad de la
realidad: la alienación del hombre, de su memoria y la
tragedia en un mismo lugar escénico o formando parte de
aquella teatralidad. Así que el actor Daniel Rodríguez
representó, en toda la estructura de su personaje, aquella
noción de lo absurdo donde la dualidad razón/locura,
dominado/dominador y dolor/bienestar se sostenían con
ritmo, simetría y en un uso adecuado de aquel espacio
escénico (sobre todo si consideramos las dificultades que
se pudieron presentar al representarlo en el auditórium
«Freddy Reyna» de la Unefa, «Colonia Tovar») el cual por
sí exige síntesis para la puesta en escena, además, la
progresión dramática se sostuvo en el ritmo actoral. Sin
lugar a dudas es una buena puesta en escena.
Una de las cosas que habría que destacar es el uso de la
alteridad como constitución escénica. Esto quiere decir
que los personajes «Nagg», (padre-cadáver de «Hamm»)
representado por el actor Juan Vicente Pérez y «Nell»
(madre-cadáver), seguido por la actriz Melissa Wolf
apuntan hacia aquel sentido de la alteridad: la muerte
como encuentro con el otro, con todo aquello que está del
otro lado de la vida, pero que a la vez se hace presente
por la memoria del hijo, «Hamm», representado por el actor
Juvel Vielma. Muerte/Vida se establecen en la puesta en
escena, Juan Vicente Pérez y Melissa Wolf figuran a la
muerte pero que se hace vitalidad en la subjetividad de la
representación. «Lo vivo» fluye con «lo muerto». Esa
vitalidad dramatúrgica le otorga esas contrariedades
mediante su lenguaje teatral. Juan Vicente Pérez y Melissa
Wolf desempeñan, incluso, una simetría que apunta a esa
relación, al ser colocados atrás y a los lados de los
personajes protagónicos (y cuando digo protagónico me
refiero en tanto a lo dramatúrgico), «Clov», y «Hamm»,
compensando una relación con el espacio a la mirada del
espectador. En tanto a su representación actoral, ajustan
aquella simetría de la dirección, por tanto, la rigidez de
la propuesta se consolida y, con ello, la tendencia
estética de su director. De allí que la alteridad de los
signos y lo lúdico están funcionando para un sentido de la
muerte al mismo tiempo que se impone aquel ritmo del
espectáculo. Con todo, se une a ello un buen uso del
vestuario y del objeto escénico, otorgándole un uso
subjetivo y a veces abstracto al dispositivo escénico.
Trasgrediendo el tiempo en la búsqueda de otro espacio a
modo de introducirse en el pensamiento del público: la
otredad como lugar de reflexión. Y a veces pensar en estas
cosas no es una tarea placentera. Eso nos está indicando
que el «silencio» del público no cede con tanta facilidad.
Silencio que sobrellevaba una ruptura mediante la
actuación de los actores muy cerca del público (Daniel
Rodríguez y Juvel Vielma respectivamente).
Las actuaciones trabajan en función de esta estructura del
discurso teatral. Con firmeza se sostiene porque la
dirección no quiere dejar ninguna duda sobre el
espectador, la vigencia de un texto sobre la vida es
política también. Lo es en la subjetividad del espectador.
Así que esta propuesta subraya ese aspecto de la vida
política, nuestra memoria es la alteridad de la muerte que
se nos impone ante la realidad como una figura surrealista
de la vida, de allí, la muerte. La duda de la autoridad.
Cada actor le confiere más o menos esa usanza de lo
orgánico en la representación, pero se entregan
estilísticamente a su técnica.
Podemos dudar de ese fatalismo Beckettiano -si se me
permite el término- en los días de hoy. En la necesidad de
un texto como éste para el teatro venezolano. Será un
asunto de la crítica entenderlo. Pero aquí está la
propuesta, afirmándose en la cartelera del teatro
venezolano.
A
mi modo de entender, Héctor Manrique está comprometido en
ese discurso. Debe hallar entonces en esa tendencia -y no
dudamos que así sea- la formalidad de su propio lenguaje
como director. Independientemente de lo que le podamos
exigir como espectadores, esperamos un trabajo placentero
como éste, muy lejos está este placer de su teatro
comercial. Es una tarea del creador, crear, sostenerse en
un discurso con autenticidad. La del crítico, en cambio,
teorizar si acaso tenemos alguna utilidad.
3
de enero de 2008
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