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Krishnamurti tras "La
revolución" de Chocrón
Por Edgard Antonio Moreno-Uribe
Isaac Chocrón es
un revolucionario a lo Jiddu Krishnamurti. Y este
maracayero de 77 años no lo sabía hasta ahora,
precisamente cuando su obra La revolución es remontada y
actuada por Héctor Manrique y Basilio Álvarez, con la
producción de Carolina Rincón para el grupo Actoral 80, a
partir del 30 de marzo en el penthouse de Corp Banca.
Krishnamurti, guru de la Sociedad Teosófica, predicó a lo
largo de 60 años, que “la verdad puede ser descubierta por
cualquiera de nosotros, sin la ayuda de autoridad alguna”
y que “sin conocimiento propio no puede haber revolución y
que cuando haya una revolución radical en la estructura
misma del pensamiento, del sentimiento y de la acción,
entonces, obviamente, habrá un cambio en la estructura de
la sociedad”.
Tales conceptos están presentes a lo largo de los diálogos
de La revolución, cuyo autor no leyó ninguno de los 60
libros del legado de Krishnamurti ni escuchó alguna de sus
fantásticas conferencias, pero es posible que ahora si lo
haga, ya que en su cultura personal, de origen judío,
venezolana y estadounidense no hay compartimientos
estancos ni rechazo alguno a los pensamientos novedosos o
serios, como nos lo dijo.
PURO TEATRO
La revolución, comedia dramática en dos actos, estrenada
por “El Nuevo Grupo” de Caracas, el 30 de julio de 1971,
bajo la dirección de Román Chalbaud, con la participación
de Rafael Briceño (Gabriel) y José Ignacio Cabrujas (Eloy)
y la asistencia de Elías Pérez Borjas, fue vista como un
entretenido y esperpéntico show de un dúo de homosexuales
decadentes o arruinados, cuyas existencias han entrado en
un peligroso declive económico y una conjunta nausea
existencial, lo que provocó risas y aplausos a montón por
las situaciones de sus afectados personajes.
Chocrón se inspiró para su obra en un show que vio, junto
a Román Chalbaud, en una caraqueña discoteca gay, a
finales de los 60 o principio de los 70, en una zona de la
avenida Casanova. Ahí presenció a un enano y a un gordo
travestido entregados a un crudo espectáculo. Eso devino
en un teatro ejemplar por su poetización.
Pero los tiempos y los públicos cambiaron y es por eso que
ante los ojos del espectador del siglo XXI, y de la mano
de esos dos personajes se revelan otras ambigüedades
filosóficas o conceptuales ahí presentes. El casi anciano
Gabriel, artista travestido que imita u dobla a divas de
la música popular, especie de fonomimico muy venido a
menos, y Eloy, empresario o “ayudante” del transexual,
organizan la presentación de un show; pero Gabriel tiene
otros planes y ante los ojos atónitos y temerosos de Eloy,
empezará a desenmascarar una revolución interna, un deseo
de cambiar cuando parece que el tiempo ya no admite
cambios ni salvaciones. Para Gabriel, la necesidad del
cambio es inminente, la necesidad de que "pase algo" lo
tortura. Al tiempo que Eloy piensa que mientras más se
cambia, más se permanece igual. Si Gabriel se irrita por
el poco valor de Eloy, éste se avergüenza ante tanto
descaro.
¿Existe la necesidad de una revolución social y política
que transforme los hombres, o una íntima y personal que
transforme la naturaleza y los supuestos revolucionarios?
¿Cambiamos nosotros, o cambia el entorno? Son las
preguntas que emanan del espectáculo y que remiten al
espectador, si ve más allá de sus narices, a la filosofía
de Krishnamurti, según nuestra opinión.
Y
para que los lectores evalúen a los personajes,
transcribimos estos diálogos muy significativos, en el
primero y segundo actos:
Gabriel: ¿Qué importa pretender con tal de creer en lo que
se pretende?¿No me entiendes? Óyeme, existe una urgente,
muy urgente, necesidad de que volvamos a ser personas
pensantes, que no olvidemos La Habana, que nos tiremos en
picada. Es muy urgente, Eloy. ¡Tírate!
Eloy: ¿Por qué?¿Qué va pasar?¿Una revolución? Gabriel: La
revolución. Y ya está pasando, Eloy, está pasando. ¿No lo
ves?¿No lo sientes? Muévete o te tritura, te va pasar, vas
a quedar como colilla de cigarrillo besando el suelo.
Eloy: ¿Quieres que te diga algo? Creo sinceramente que
toda esta soledad tuya aquí, todo ese pasarte el día sin
hacer nada pensando en lo que es el mundo y en lo que,
según tú, debe ser el mundo, está resultando una
revolución, pero no allá, sin dentro de ti.
Gabriel: Me agrade ver que aún te quedan algunos
miligramos de inteligencia. Esa revolución dentro de mí ha
sido provocada por la revolución allá afuera, esa que tú
no quieres admitir. Y no me pasa a mi nada más. Le pasa a
muchos.
VALOR DEL CONOCIMIENTO
Krishnamurti (La India, 1895/1986) predicó cosas como
estas: “Para producir un cambio social, religioso, humano,
tiene que haber comprensión de toda la estructura del
pensamiento”.
“Nuestra sociedad actual es el resultado de la astucia,
engaño, codicia y la mala voluntad del hombre. Y para
crear una nueva sociedad hay que examinar y comprender la
estructura que está desintegrándose y para comprenderlo
tiene que comprender el proceso psicológico del ser. Sin
conocimiento propio no puede haber revolución, que es la
única verdadera y permanente”. “Hemos de ser
revolucionarios, en el sentido de que tiene que realizarse
en nosotros una honda revolución interna”.
“Pero hay una revolución que es completamente diferente y
tiene que ocurrir si hemos de emerger de la inacabable
serie de ansiedades, conflictos y frustraciones en que
estamos atrapados”.
“Necesitamos energía, no sólo para llevar a cabo una
revolución psicológica o espiritual en nosotros mismos,
sino también para investigar, observar, actuar. Cuando hay
libertad hay un máximo de energía”.
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