Persistencia en
una continuidad del hacer que sabe cual es su norte.
Tener claro ¿Cuál es la clase de dinámica que hay que
afrontar cuando se sabe que se es un grupo
independiente y no contar con el obligado aporte
económico del estado y que, más allá de su postura
ideológica, acción / pensar de lo que debe ofrecerse
desde las tablas al público como al sector? No dejarse
amilanar por coletillas de “indeseables” porque, saben
que no lo son y si en algún momento disintieron en
hacer, pensar u actuar se debía a la expresión que en
una democracia es opinar y hacer que no necesariamente
debe estar en coincidencia con la brújula -
lineamientos del estado e instituciones oficialistas
que administran – que edifica e indican las políticas
públicas para el sector cultural “subsidiodependiente”.
Un colectivo con tradición, experiencia, ideas y
preceptivas perfiladas nunca desde el ensayo – error
compulsivo sino desde la asertiva convicción que esa
entroncado desde una dirección que les lleva a un
destino particular como colectivo y donde se aglutina
voluntades y personas, sueños y haceres que no por
obligación deben estar plegados y menos sumisos a lo
que ellos no sienten como su norte vital. El
Grupo Actoral 80, liderizado por
Héctor Manrique ha estado desde hace ya
algunos meses en el Teatro Trasnocho
con la escenificación de Un Dios Salvaje
(versión / traducción efectuada por
Fernando Masllorens y
Federico González del Pino) para la pieza de
la dramaturga, Yasmina Reza, Premio
Moliére por su primera obra teatral
publicada, Conversaciones tras un entierro
(1987). Reza, autora de
piezas como La travesía del invierno
(1989) Art (1994 y, montada
también por el GA80 hace unos años
atrás) o, El alba, el anochecer o la noche
(2007) ha sabido calar en el interés de
directores y grupos en Europa y Latinoamérica, creando
expectación por sus tramas, manejo de tensiones
temáticas, construcción de situaciones y personajes y
el empleo de una inteligente sagacidad para armar tras
su lenguaje directo y sin ampulosidades, el asomo a
resquicios de lo que es interés del potencial
espectador de su tiempo. No es gratuito entonces ver
que una pieza sea escenificada por el GA80 en tiempos
actuales. La versión al castellano de Un
Dios Salvaje permite con algo de
ingenio, reto de punzar y sin desviarse del asunto,
decir, inflexionar y marcar desde la tablas, una
conexión cómplice con el receptor que sabe desligar lo
que es de la pieza de lo que es la pimienta de crítica
mordaz al sistema ideológico político que vive el
país. Una óptica singular que algún otro segmento no
verá con agrado aunque de cuando en vez sepamos que
tirios y troyanos están en el mismo espacio,
degustando el teatro a carcajada batiente o con una
sonrisa forzada a flor de labios. La trama de Un Dios
Salvaje que pareciese salir desde la situación de un
conflicto entre dos familias de estratificación “clase
media” deben juntarse para hablar / concertar un
acuerdo producto de un incidente entre sus chicos
donde uno de ellos golpea y hiere a otro. En la
búsqueda de una conciliación donde prive la
tolerancia, la convivencia sin escollos y un acuerdo
dialogado con tónica civilizada, empieza a discurrir
de forma insidiosa y ascendente, los resquicios de las
relaciones maritales, de ¿qué es público y que es
privado entre dos entes familiares?, de que se debe
dejar al olvido y que se debe traer al uso de lo
cotidiano entre seres de un hogar y que se emplea /
percibe de otro núcleo familiar parecido o antagónico.
Así, la central de una discusión deja que la violencia
de lo verbal a veces disfrazada a veces contenida a
veces solapada cobre por momentos, iracunda
desproporción haciendo que cada personaje aflore vetas
psicoafectivas que trasciende lo que les hace estar
unidos en lo emotivo, sexual o simbólico de una unión.
Ironía y sarcasmo, oposición de sexos, fragilidad de
lo establecido como norma, la individualidad y lo
reactivo se enviste de humor agrio a fin que cuatro
seres / personajes dibujen el complejo mapa de una
“frustración” solapada. Lo trivial anecdótico queda en
segundo plano y surge para desternillamiento del
receptor, la absurdidad de un ente salvaje que nos
gobierna “desde la noche de los tiempos”. En todo
caso, hay que tomar en cuenta lo que expresó el
intelectual Ibsen Martínez en su
alcance del día 19.03.2010 en un impreso de
circulación nacional al decirnos que: “No es una
discrepancia menor porque el original francés se
titula Le Dieu du Carnage, que en mi libérrima versión
viene a ser El Dios de las Matanzas:
de la carnicería, en el sentido que en español damos a
la palabra masacre”. Es desde esa capacidad
Manrique con aplomada certeza que con poco
dice mucho, que con una puesta donde el texto se
defiende solo y que la plantilla histriónica es un
asunto que debe saber llevar porque son tan
efusivamente profesionales que si les deja, ¡vaya!,
podrían prescindir de él, je jeje… y auto dirigirse
por esa capacidad que les ha otorgado una profesión
sin pamplinas, remilgos y arribismos, es decir, que
tanto en lo técnico del recurso del cuerpo como en la
responsabilidad de construir el personaje y asentar
sin equívocos sus situaciones en y sobre la escena,
captan las sutilezas del texto y esa acción pendular
que se emana del proscenio, se aprehende en la
recepción del público y se retransmite nuevamente al
actor, para así crear una retroalimentación que
impulsa el ritmo y cadencia del actuar de cada actor y
del colectivo como tal. Es por ello que no fue un
sencillo plan de movimientos para la puesta, no era
colocar un mueble acá o una alfombra acá o, que la
iluminación (de José Jiménez) cree las coloraturas
mutaciones para tal o cual precisión de atmósfera
según la explosividad de cada escena era, tener la
precisión de que se tiene un sentido que la jovial
explosividad de un cuerpo y una gestual así como del
ese rico mundo de expresar con humor lo que es
complejo por parte de Basilio Álvarez
este a contrapelo con lo que es su pareja (personaje)
que construye con brutal profesionalidad en cuanto a
potencia, buena dicción, chispazos de lo agridulce
para que lo verbal adquiera resonancias y
contundencias en lo significativo interno y lo
expresivo externo dado por Martha Estrada
que aglutina a una pareja. La otra, hilada
por Iván Tamayo y Carlota
Sosa que a la par de sus compañeros de
tablas, juegan en alto positivo con las fuerzas, la
dinámica y la visual entonada para hacer ductilidad,
aplomo y credibilidad a ese matrimonio que debe
concentrarse en dialogar con otro totalmente dispar.
Es ahí que la manos de Manrique fue
lúcida: supo sacar lo mejor de cada uno de estos
actores y llevarlos a punto de hervor para que lo
contradictorio sea creíble y que el guiño de
inflexionar cosas al espectador con lo que le es
actual, no se le desbordase. Equilibrio, cabalidad y
pulcritud son sinónimos para una respuesta desde lo
que percibí como resultado de este team actoral que
logró su objetivo mayor: conectarse de principio a fin
con la platea. La confección general del espectáculo
está asentada por los aportes dados por el vestuario
de Eva Ivanyi para darle sentido de
contemporaneidad a estos personajes. De la producción
general de Carolina Rincón y
Jorgita Rodríguez quienes ya tienen el
olfato, la sensibilidad y el talento femenino para que
trabajos de esta naturaleza calen con calidad, carisma
y sentido oportuno ante la expectativa de quien paga
en taquilla para ver un trabajo profesional de alto
brillo. Un Dios Salvaje
estará en taquilla hasta que los números digan lo
contrario; de ahí a girar!