Teatro dos realidades,
seis personajes, el mismo drama
Por Alfonso Molina
Guardo en mi memoria
la figura, las palabras, la mirada y los gestos de un
magnífico Fausto Verdial —acompañado por un elenco de
primera: María Cristina Lozada, Rafael Briceño, Tania
Sarabia, Waalter Berutti y Perla Vonascek— representando
a un personaje patético que a su vez se aferraba a una
figura histórica y universal para tratar de entender el
sentido de su vida en un remoto pueblo venezolano. Era
la primera puesta en escena de Acto cultural,
de José Ignacio Cabrujas, por allá en 1976, en la
pequeña sala Juana Sujo de Las Palmas. Recuerdo las
risas nerviosas del público ante el drama de un puñado
de personajes que recurrían a una realidad paralela —la
de la obra teatral Colón, Cristóbal, el genovés
alucinado— para descubrir sus propias realidades,
sus vivencias más íntimas, sus insatisfacciones
inocultables. Evoco también que aquellos años veinte
recreados en la obra cabrujiana tendían vínculos muy
expresivos con lo que vivíamos durante los setenta en
una mítica Gran Venezuela marcada por los altos precios
petroleros. Y ahora, treinta y cinco años después de su
estreno, Acto cultural navega nuestra realidad
actual, con aquellos mismos personajes dolorosos,
devenidos en perennes fracasados, gracias al montaje que
Héctor Manrique presenta con el Grupo Actoral 80 en el
Espacio Plural del Trasnocho Cultural. Una vieja deuda
saldada de la mejor manera.
Tanto en el texto
original como en la actual puesta en escena se instala
el dispositivo del teatro dentro del teatro, como
herramienta para el desmontaje de situaciones humanas
llevadas al extremo. La observación de la conmovedora
existencia de seis personajes que habitan San Rafael de
Ejido, en un período marcado por la dictadura de Juan
Vicente Gómez, permite aprehender las limitaciones, las
esperanzas y las frustraciones de quienes viven una
representación de la realidad como norma de vida, como
una imaginaria función sobre unas tablas también
imaginarias. Si mi memoria no me falla, creo percibir en
la dirección de Manrique una fidelidad muy cercana al
trabajo textual y a la puesta del propio Cabrujas, bajo
la producción de Eva Ivanyi. Una fidelidad que habla de
respeto mas no de sumisión frente al montaje previo.
Manrique devuelve a la escena el impacto que produjo en
aquel momento.
Los miembros de la
junta directiva de “la Sociedad Luis Pasteur, antes
Sociedad Heredia, para el fomento de las artes, las
ciencias y las industrias de San Rafael de Ejido”,
intentan escenificar un homenaje al navegante que llegó
a las costas de este continente cinco siglos atrás, pero
se encuentran con el desconcierto de sus ideas y
experiencias. De forma involuntaria, se van despojando
de sus mentiras durante la representación —con el temor
constante de que ya no queden espectadores en la sala—
para desnudar poco a poco la fragilidad de sus vidas,
para poner de relieve sus miserias, en abierto contraste
con la grandeza del “genovés alucinado”. Un recurso
textual no sólo válido sino necesario en la pieza de
Cabrujas. Entre las vidas de Cosme Paraima, Herminia
Briceño, Antonieta Parissí, Purificación Chocano, Amadeo
Mier y Francisco Xavier de Dios se teje un entramado
dramático lindante con la desesperación y la tristeza.
A la dirección de
Manrique hay que sumarle el trabajo interpretativo de
Samantha Castillo, Melissa Wolf, Angélica Arteaga, Juvel
Vielma, Daniel Rodríguez y Juan Vicente Pérez, muy
sincronizados en sus personajes. Constituyen un elenco
joven, distinto, a conocer. Expresan profesionalismo en
la comprensión de estos seres angustiados que han
comprendido la ruindad de sus vidas y la fatuidad de las
normas de conducta. Estos actores jóvenes han tenido la
oportunidad de trabajar en un clásico del teatro
venezolano.
La dirección de arte
y el vestuario concebidos por Eva Ivanyi se despliega en
dos dimensiones teatrales: la que vemos nosotros como
espectadores y las que ven los personajes
como intérpretes de una obra teatral. Telas y texturas
determinan las diferencias y algunas veces las
semejanzas entre realidad y su representación. Define
claramente los dos “espacios” de Acto cultural.
Aquiles Báez, por su parte, estructura su
columna musical como expresión de las angustias e
inseguridades de los seis persoanjes. La iluminación de
José Jiménez, la utilería de Oscar Salomón y el diseño
gráfico de Manuel González Ruiz crean las atmósferas
esenciales de esa representación teatral dentro de otra
sala teatral.
Acto cultural
vuelve para encontrarse con nuevos espectadores que
viven en una Venezuela particularmente distinta. Aunque
parezca mentira, los más jóvenes no pueden poseer un
recuerdo de Cabrujas, ni en el teatro ni la televisión,
ni en el cine ni en sus textos periodísticos. Tal vez
por eso se ha operado en los últimos años el rescate de
su obra, a través de la labor de varios compiladores.
Pero no sólo han cambiado los espectadores, también
nuestra realidad. No estamos en el país dominado por
Gómez ni el gobernado por Carlos Andrés Pérez. Ahora
tenemos un país que chapotea en el neoautoritarismo en
busca del totalitarismo. Es para ponernos a pensar.
La obra tan sólo se
exhibe los sábados y domingos a las 4 de la tarde, un
horario un tanto peculiar, pero cómodo para muchas
personas. Espero que luego se mude a la sala grande del
Trasnocho.
ACTO CULTURAL,
de José Ignacio Cabrujas. Producción del Grupo Actoral
80. Dirección: Héctor Manrique. Música original: Aquiles
Báez. Dirección de arte y vestuario: Eva Ivanyi.
Realización de utilería: Oscar Salomón. Diseño gráfico:
Manuel González. En el espacio Plural del Trasnocho
Cultural. Sábados y domingos a las 4:00 p.m.
Ideas de Babel, 27 de
enero de 2011