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La ética de los intelectuales
Por Adrian Liberman
No termino de resolver aún el
misterio de por qué tantos intelectuales que conozco, en
lugar de incidir activamente en la cultura y promover
cambios, prefieren enclaustrarse en actividades con un
aforo máximo de 40 personas. Se pasan hora y media
rizando el rizo sin atreverse a salir a la plaza
pública. ¿Será que creen que volveremos a ser un país
decente sin arriesgar algo del propio pellejo? Mientras
que me lleno de admiración por gente como Héctor
Manrique o Basilio Álvarez, que decidieron no claudicar
por ningún tipo de subsidio que les cueste su
conciencia, hay otros muchos que no hacen el salto de la
queja a la protesta. No he podido curarme de la desazón
que me produce conocer tanta gente brillante replegada
sobre sí misma, como si el deterioro de las libertades
no fuera asunto de ellos también.
Eso me hace pensar reiteradamente en cuál es el estatuto
de la ética de un intelectual, entendiendo por tal a
alguien que posee herramientas de pensamiento
privilegiadas para entenderse y entender a los demás.
¿Cómo es posible resistirse a compartirlas con el
colectivo en aras de ayudar a incrementar el poder
creador del pensamiento? Pienso que la madurez
intelectual y emocional implica necesariamente una
concepción del bienestar que suponga ir más allá de uno
y que tiene que incluir al Otro. Me parece que una idea
del bienestar ramplona e individualista conlleva a una
escisión entre lo privado y lo público, cuyo precio
hemos venido pagando dolorosamente los últimos once
años. Esto que sostengo, y que puede resultar tan agrio,
es producto de una inquietud personal acerca de lo que
considero las vigas maestras que sostienen mi identidad
como psicoanalista.
Aunque mi oficio se inscribe en las ciencias de la
subjetividad, y el material de mi trabajo es la
intimidad, me he preguntado siempre si mi inscripción en
una ética del deseo está reñida con una ética del
compromiso. Pienso que tal dicotomía no existe, y más
bien he experimentado que la colectividad está
hambrienta de herramientas que la ayuden a dotarse de
sentidos y que mi deber está en hacer activamente
ofertas en este sentido. Para ello, es imposible
conformarse con la participación en las instituciones
profesionales, o en los intercambios doctos pero
restringidos con los colegas.
Considero que Venezuela se encuentra sumida en un dilema
existencial, de consecuencias cruciales. Sostengo que lo
que está en juego es más que la idoneidad de un
gobernante en particular. Lo que se dirime es un
proyecto de vida colectiva, y el asunto es tan serio que
no admite banalizaciones, simplificaciones ni
mezquinarle al colectivo instrumentos de pensamiento que
incrementen el discernimiento. Ayudar en este propósito
no creo que entre en tensión con el ejercicio privado de
la profesión, pero sí creo que hay que ocupar
activamente la plaza pública. Especialmente porque el
espacio que uno abandona es ocupado por otro, quiérase o
no. Esta es una de las lecciones más dolorosas que se
desprenden de haber creído que lo público es una
categoría marginal, ajena, y que puede entregársela al
primero que haga la oferta de relevarnos de ocuparnos de
ella. Considero que este momento de nuestra historia
está pletórico de lecciones a aprender. Una de ellas
será repensar el estatuto ético de vivir de las ideas, y
de la necesidad de salir del coto, de los Parnasos y
ofrecer activa y generosamente lo que se sabe, para que
la tentación de entronizar a un amo, sea extinguida
apenas surja. Y para asumir que la libertad no es
endosable y que necesita ser pensada para no perderla.
El Nacional,
16
de noviembre de 2009
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