Los personajes nos comunican su
drama, se burlan de nosotros y nos interrogan como
sociedad
Por Alberto Arteaga Sánchez
Hace dos semanas, el "pernicioso"
Grupo Actoral 80, bajo la dirección de Héctor Manrique,
puso de nuevo en escena la obra de José Ignacio Cabrujas,
Acto Cultural, con la excelente interpretación de
Samantha Castillo, Melissa Wolff, Angélica Arteaga,
Juvel Vielma, Daniel Rodríguez y Juan Vicente Pérez.
Sin duda alguna, esta creación teatral tiene hoy plena
vigencia y actualidad y, al retratar las historias del
pequeño pueblo de San Rafael de Ejido y de su "Sociedad
Luis Pasteur, antes sociedad Heredia, para el fomento de
las Artes, las Ciencias y las Industrias", nos coloca
brutalmente ante lo que somos o ante la ignorancia de
ello ya que, como le dice uno de los personajes, Amadeo
Mier, a Cosme Paraima: "yo no sé lo que somos...
honestamente no lo sé".
Se trata de nuestra realidad, de nuestra pequeñez, de
nuestra limitación mental, que nos hace creer que somos
muy importantes, tanto como para desafiar al Imperio,
del cual vivimos; y para ser capaces de pronunciar, ante
cualquier circunstancia, como arma letal, exigiendo un
trato diverso al de cualquier ciudadano, la amenazante
frase: "¡Usted no sabe con quién está hablando!".
Cabrujas nos habla de nuestra manera de ser y del
proyecto fantasioso de vida que nos hemos trazado a
través de un "Colón, Cristóbal, el Genovés Alucinado"
que -como lo apunto yo ahora- según la versión oficial,
no descubrió nada o solo descubrió un pueblo valiente
que se resistió, y fue bajado a mandarriazos del
pedestal en el que se encontraba pacíficamente en la
Plaza Venezuela, acusado de genocidio.
Los personajes de Acto Cultural nos comunican su drama
interno, al interpretar sus papeles, se burlan de
nosotros y nos interrogan como sociedad.
Formando parte del Acto, que se lleva a cabo en San
Rafael de Ejido, nos identificamos con cada uno de los
actores para vivir sus conflictos, sus frustraciones y
sus delirios. Ellos han fracasado, pero se asoma la
esperanza ya que "hemos vivido otras crisis y
saldremos adelante. Además, un gobernador no es eterno y
la pintura de Leonardo da Vinci sí", como dice
Amadeo; aunque la respuesta de Cosme no deja de ser
absolutamente preocupante: "¿Y nosotros somos la
pintura de Leonardo da Vinci?".
Héctor Manrique logra plenamente su cometido como
director. Es impecable el manejo de su oficio, los
logros de la actuación y la creación del clima de la
obra. La interpretación se ajusta a las exigencias de la
fuerza teatral; la música de Aquiles Báez crea el
ambiente propicio para el desarrollo de la creación
literaria y el vestuario y los detalles de la
escenografía de Eva Ivanyi constituyen el complemento
necesario para realzar a los intérpretes y hacernos
vivir el ambiente de los años 20 en nuestra provincia.
Sin duda, hoy vivimos nuestro acto cultural en esta
pequeña aldea llamada Venezuela, con un Cristóbal Colón
defenestrado y con personajes de una sociedad que
languidece en su propia vergüenza, en medio de discursos
altisonantes y nombre pomposos, con invocaciones de
proezas de papel y a la espera de un futuro mejor,
quedando para la reflexión la propuesta final de la
obra: "un minuto de silencio".