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De Interés
Noticias de
la esperanza
La única esperanza que podemos tener
los venezolanos, de cualquier bando, pasa por la
aceptación del otro
Por Alberto Barrera Tyszka
En tiempos de bonanza económica, es
fácil administrar un país. Cuando hay menos qué derrochar,
las cosas cambian.
El Gobierno ha pasado años diciéndonos que el socialismo
es como El Dorado. El chavismo, en el fondo, quizás sólo
sea nuestro mito más lejano: en algún lugar del horizonte,
nos espera un gran tesoro. Pero los sueños también se
gastan. Después de tanto tiempo, y de tanto dinero, la
ilusión del paraíso comienza a arrugarse.
La mejor encuesta que tenemos es el propio Chávez, su
desespero. Ahora resulta que el águila anda vuelto loco,
persiguiendo a las moscas, acosándolas, retándolas para
que le hagan un referéndum revocatorio. Más que un desafío
parece una súplica.
Ese tal vez es el indicador más claro de que algo no anda
bien. Prefiere una nueva batalla contra su persona que
enfrentar las elecciones parlamentarias en septiembre.
Pero de ahí a creer que el Gobierno se tambalea, que su
poder es frágil, que el Presidente va a renunciar, el
trecho es abismal.
Ya a esta altura deberíamos saber que nuestra historia no
tiene soluciones fáciles. La única esperanza que podemos
tener los venezolanos, de cualquier bando, pasa
necesariamente por la aceptación y la incorporación del
otro, del diferente, del contrario.
La idea de que el Presidente está mal, de que va en caída
libre, puede ser muy tentadora.
Sobre todo para aquellos que siguen sin entender qué ha
pasado en el país, para quienes creen que la historia es
un suiche, que con un solo movimiento todo puede volver a
ser como antes de 1998. Para aquellos que no saben cómo
salir de la quinta pero que ya son especialistas en cómo
debe ser la sexta república. Para quienes resucitan cada
vez que hay elecciones. Para quienes todavía creen que dar
una rueda de prensa y hacer política es más o menos lo
mismo...
Puede ser muy tentador pensar que Chávez va en picada.
Pero también puede ser irreal.
Suponer que el Gobierno no ha hecho nada bueno, que no
tiene seguidores, gente que genuinamente cree en el
proyecto bolivariano, es tan ciego como suponer que
durante la cuarta república no se hizo nada bueno, que
todo aquel que critica al Gobierno es un burguesito
enajenado, manipulado por el imperialismo gringo.
La revolución está destinada irremediablemente al fracaso
mientras insista en excluir, en pulverizar, a la
disidencia.
A menos que esté dispuesto a asesinar, a encarcelar o a
prohibir a la mitad del país, el Gobierno tarde o
temprano, saldrá derrotado. Pero desde el otro bando
también puede pensarse lo mismo. También la dirigencia de
la oposición está condenada al fracaso si insiste en
ignorar a esa otra mitad de los venezolanos, si no sortea
la trampa de creer que salir de Chávez ya es, de por sí,
un proyecto de país.
Los discursos radicales sólo pueden forcejear, vivir del
cansancio, hundirse lentamente. La mayoría del país es
menos simple. Más diversa. Quien la escuche y quien
dialogue con ella, sin excluirla y sin exigirle devociones
épicas, quizás logre entonces superar la simpleza de
nuestro mapa. Sólo la complejidad puede sacarnos de aquí.
Este año, la esperanza necesita trabajar tiempo extra.
Para celebrar el 4 de febrero. Yo prefiero la
imagen de los gorditos. Me resulta más auténtica, más
cercana a nosotros. En vez de toda esa faramalla heroica,
en vez de la marcha y de los discursos aguerridos, el
video de los gorditos me parece más real, más carnal, más
verdadero.
Ahí estaban ellos, de lo más risueños, el día 30 de enero,
en el Fuerte Tiuna, jugando softbol, con uniformes nuevos,
en un estadio especial, filmados y transmitidos en vivo y
directo por el canal de todos los venezolanos. Mientras el
país se deshace, ellos batean y apuran sus kilos desde
tercera a home.
Cuesta creer que, hasta hace poco, ellos mismos todavía
bramaban señalando el ejemplo de Blanca Ibáñez, del uso
privado de los aviones de Pdvsa, de las fortunas nacidas y
multiplicadas a la sombra de Miraflores... La metáfora del
jueguito de softbol es bastante parecida. Retrata un
descaro trágico. ¿Qué estarían haciendo, a esa misma hora,
los presos y los familiares de los presos de La Planta?
¿Dónde ponen esos innings los ciudadanos enfrentados al
racionamiento de energía eléctrica? ¿Qué posición juegan
los obreros del Estado que están esperando cobrar lo que
se les debe? ¿A dónde tendría que ir cualquier herido que,
en ese mismo instante, era rechazado en algún hospital
público por falta de insumos médicos? A la hora de
celebrar el 4 de febrero, la imagen de ese juego de
pelota, como una fiesta privada que se transmite por el
canal del Estado, me parece más honesta. Esa también es
una marca de la revolución.
El Nacional, 7
de febrero de 2010
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