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De Interés
La tragedia y la joda
El país es una eterna clase de aeróbic. Cada dos
minutos te cambian los movimientos, tienes que mirar
hacia otro lado
Por Alberto Barrera Tyszka
El sistema de alarmas se encendió
cuando recibí el correo de un lector que me enviaba su
número de cédula de identidad, su dirección y su teléfono,
advirtiéndome que vivía en Acarigua pero que en seis meses
más se mudaría a San Carlos, desde donde, con el mismo
entusiasmo, se ponía a la orden para formalizar la
fundación del partido en esa entidad. Se me arrugó la
sonrisa en la cara. ¿Este tipo está hablando en serio? A
partir de la columna de la semana pasada, también hubo
lectores que escribieron ofreciendo sus experiencias
propias, experiencias que muy bien podrían empezar a
organizar un largo museo del disparate nacional.
Venezolanos y venezolanas que trabajan en hospitales, en
liceos o en universidades, empleados de empresas públicas
y privadas; personas de todo tipo, rojos y verdes, azules
y de color indefinido; gente que vive el país desde la
simple condición ciudadana, gente harta de tanta loquetera,
de tanto absurdo.
De pronto, tuve la sensación de que sólo somos un mapa
fuera de control, moviéndose sin brújula, perdiendo sus
formas, construyendo un vacío.
Una imagen que se repitió en varios correos: en este
momento, hay más de un compatriota que sólo quiere
asomarse a la ventana, subirse a una platabanda o pararse
en mitad de la calle y gritar: "¡Coño!", y exigir algo de
sindéresis, alguito de lógica, por favor, por más que sea,
¿en qué parte de este país se consigue medio gramo de
sentido común? Ana Black mandó el diseño de un afiche con
el eslogan "¡Un poquito de coherencia, carajo!". La
lectora María Teresa propuso otras posibilidades: "Colirio
y no más delirios" o "No a la vida en alto voltaje". Hugo
Parra, desde Maracaibo, sumó esta consigna: "¡Al frente,
con dos dedos de frente!"... Hay mucha gente con muchas
ideas ante un único hartazgo, ante la desesperación de no
entender qué pasa, cómo llegamos hasta aquí.
Pero no hay tiempo para pensar. Al menos, eso nos dicen
los medios a cada rato. El país es una eterna clase de
aeróbic. Cada dos minutos te cambian los movimientos,
tienes que mirar hacia otro lado, estar pendiente de otra
cosa. Eso que llaman síndrome de déficit de atención, aquí
en Venezuela lo llamamos identidad, ciudadanía.
Cada minuto hay un nuevo suceso, otra amenaza, un show,
una cadena, un decreto, otra expropiación... Mientras
tenemos las cifras de inseguridad social más altas del
continente, mientras descubrimos un crimen de negligencia
alimentaria sin precedentes, mientras asistimos a la
imposición legal de un modelo que fue rechazado en
elecciones democráticas en 2007..., mientras todo esto, y
otras cosas más, van ocurriendo, el Gobierno promueve una
telenovela que para qué te cuento Delia Fiallo, olvídate
de cualquier folletín exitoso, aquí te traigo el disparate
de esta semana.
No se la pierda. Es un melodrama sacado de la vida misma.
El próximo 5 de julio. Por, en y desde ese único canal de
televisión llamado Venezuela, en vivo y directo, en cadena
nacional, por supuesto, el capítulo final de la más
conmovedora historia del continente: los amores de Manuela
y Simón. No es broma. Es algo tan serio que forma, además,
parte de la celebración del bicentenario. Los "restos
simbólicos" de Manuelita Sáenz serán traídos y reunidos
junto a los del Libertador.
Es una teleculebra que viene peregrinando desde hace meses
pues, informa Telesur, doña Manuela ya lleva rato
recorriendo Ecuador, Perú y Colombia, con el fin de llegar
a reunirse con su amado, por fin, esta semana, en la
ciudad de Caracas.
Pasé días tratando de imaginar qué podían ser los "restos
simbólicos" de Manuelita Sáenz. Había algo que no encajaba
bien dentro de esas comillas. Finalmente, conseguí la
información: se trata de "dos urnas simbólicas contentivas
de tierra de Paita", según la misma Telesur. Es realmente
admirable. Es tan insólito como desopilante. La Fuerza
Armada Nacional Bolivariana rindiéndole honores a las
simbólicas urnas que traen los restos simbólicos de la
heroína ecuatoriana, para que, finalmente, después de
tantos capítulos, los dos amantes estén juntos para
siempre. ¿Cómo no sentirse ridículo frente a todo esto?
Estamos ante un gobierno que intenta legitimarse de
cualquier manera, que pretende que una revolución sea un
melodrama.
Probablemente, si Manuelita Sáenz viviera, estaría
indignada con tanta cursilería inútil, con tanta pompa
destinada a sacralizar a los poderosos.
No es fácil lidiar con el absurdo. Mucho menos cuando el
absurdo es un plan oficial, un proyecto de país. Quizás,
también, por eso estamos así. Tal vez por eso nos tomamos
en serio lo que sólo es una broma. Tal vez por eso sólo
podemos tomarnos en joda lo que es trágicamente serio.
El Nacional, 4
de julio de 2010
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