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De Interés
Stanislavski y el área
chica
Por Alberto Barrera Tyszka
Suráfrica ha evidenciado que en el
fútbol no todo es carrera y patadones, que además del
jadeo, el cabezazo y del chute, también hay teatro
Para Héctor Manrique
En
una propaganda de cerveza mexicana aparecen, en una barra,
dos fanáticos deportivos mirando alternativamente dos
televisores y discutiendo sobre beisbol y fútbol. Están
enfrentados y cada uno de ellos defiende su deporte
favorito. En un momento de la cuña, el fanático del fútbol
alude a los uniformes de los beisbolistas y exclama: "¡Así
será de aburrido ese deporte que hasta juegan en pijama!".
Se trata de un argumento que, con mucha frecuencia, se
repite en el debate entre los seguidores de ambos juegos:
el beisbol es casi una puesta en escena, una rara trama de
reglas y señales, un extraño ejercicio donde casi nadie
suda; mientras, en contraposición, el fútbol se presenta
como una práctica sencilla donde hay once de cada lado
corriendo desesperadamente detrás de un balón.
Sin embargo, a medida que la tecnología avanza y, cada vez
más, todos estamos filmados todo el tiempo por alguna
cámara, se hace más difícil mentir en vivo y directo en
espectáculos como la copa mundial de fútbol. Eso, entre
otras cosas, en Suráfrica, nos ha permitido evidenciar de
forma patente que en el fútbol no todo es carrera y
patadones, que además del jadeo, del cabezazo y del chute,
también hay teatro. Mucho teatro.
Nunca antes el arte del fingimiento futbolístico había
alcanzado tanto estelar protagonismo. Estamos ante un
nivel de refinamiento superior: los jugadores ya no
requieren, ni siquiera, de la acción, no necesitan de un
suceso previo que dé paso a una consecuencia
desproporcionada o a una caída falsa. Ellos mismos, con su
actuación, producen todo el espectáculo. Su ficción es tan
poderosa que prescinde del asidero real e introduce un
nuevo sentido de verosimilitud dentro de la cancha. Ya no
sólo hay que saber jugarlo, ahora también hay que saber
actuar el fútbol.
Cuando la FIFA decide prohibir que, dentro de los
estadios, se transmitan las repeticiones de las jugadas,
sólo trata de proteger las leyes de la representación. Las
cámaras de televisión sí fueron creadas a imagen y
semejanza de dios. Todo lo ven. No sólo delatan los
errores arbitrales, también muestran cómo ese golpe brutal
que lanzó por los aires a Kaká y lo tiene tendido en la
grama, gritando, aferrado a su rodilla izquierda, nunca
existió. Peor aún: ni siquiera hubo un contacto. Nadie lo
tocó. Todo es una farsa admirable y solitaria. El
futbolista dio un pequeño brinco, inventó un traspié en el
aire, y comenzó a actuar como si hubiera estudiado con De
Niro en el Actor Studio’s de Nueva York.
Quizás, en unos años, al final del mundial, junto con el
mejor goleador, también deba premiarse la mejor
interpretación del campeonato: el grito más desgarrador,
el desmayo más verista, la fractura más convincente. Tal
vez, muy pronto, junto con los entrenadores deportivos,
también encontremos dramaturgos de renombre, profesores de
actuación, con la misma importancia en la escala
jerárquica, entrenando a los muchachos en el difícil arte
de actuar las faltas. Fingir una falta ya es una nueva
destreza deportiva.
Pero el asunto va más allá.
Porque también actúan todos los otros jugadores que,
apenas ocurre una perfomance individual, se desbocan
inmediatamente en plan de jauría griega en torno del
árbitro. Lo acosan, lo enciman, pretenden intimidarlo;
quieren que reaccione sin pensar, tocado tan sólo por la
emoción sensible ante lo que acaba de ocurrir. Piden
tarjeta amarilla. Piden tarjeta roja. Un partido también
puede decidirse en un momento así.
Nunca antes, al menos que yo recuerde, había habido en un
campeonato mundial tanto enfrentamiento personal entre
jugadores, reclamándose rabiosamente los fingimientos y
los ejercicios actorales.
Konstantin Stanislavski creó, entre finales del siglo XIX
y principios del XX, una nueva tradición teatral en Rusia.
Su método de actuación y su manifiesto en contra del
patetismo artificial son un clásico ineludible. Detestaba
lo superlativo. Pensaba que la exageración era un síntoma
del peor de los teatros. Hay cierto fútbol moderno que
parece empeñado en sumarse también a esta tradición.
Desea producir más penaltis que buenas jugadas. Su
estrategia está en las faltas y no en el balón en
movimiento.
Por suerte para todos, esta tendencia ha salido derrotada
en este mundial. Y la final de hoy tal vez sea nuestra más
saludable confirmación. El partido entre Alemania y España
fue extraordinario, entre otras cosas, por su limpieza,
por la ausencia de faltas graves y de tarjetas. Tuvimos
más fútbol y menos Stanislavski en el área chica. No es
poca cosa para los tiempos que corren.
Jugar y dejar jugar. Ya eso es una victoria.
El Nacional,
11
de julio de 2010
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