Por Alberto Barrera Tyszka
Es sorprendente ver a la Fiscalía o
al Tribunal Supremo ocuparse de las opiniones de un
monseñor, como si no tuvieran otras emergencias qué
atender
El Gobierno
anda tan mal que le quiere declarar la guerra al
Vaticano. Andan fallos. Se le acabaron los enemigos. Que
se cuide todo el mundo. A este paso, antes del 26 de
septiembre, habrán acusado de conspiración a la
Asociación Nacional de Orquidiólogos, habrán denunciado
el carácter apátrida de Alcohólicos Anónimos, y tendrán
pruebas fehacientes, en inglés, de los planes golpistas
de la Sociedad de Criadores de Gallo de Yaritagua.
Tengo muchos amigos católicos. Respeto y valoro su fe. A
veces, incluso, me parece envidiable. También conozco a
muchos religiosos y religiosas que, con una honestidad
de acero inoxidable, desde hace demasiados años, en
sectores populares y junto con comunidades de base,
construyeron y siguen intentando construir un país
diferente. Curas y monjas que promovieron verdaderas
revoluciones comunitarias antes de que algunos de los
funcionarios de este gobierno hubieran descubierto la
izquierda, y decidido que ser rojo-rojito también podía
ser un buen negocio.
Muchos de estos amigos, con toda razón, han sido en
algunos momentos muy críticos con la jerarquía de su
iglesia. Y no es para menos. Basta recordar, por
ejemplo, el papel protagónico del fallecido monseñor
Velasco en el intento de golpe de Estado en abril de
2002. Ahora, sin embargo, sienten que estamos ante un
caso totalmente distinto. No entienden la persecución
desaforada y en cambote en contra del cardenal Urosa.
Es desproporcionado y absurdo. Según parece, el Gobierno
sólo intenta tapar el sol con un monseñor.
Porque, en rigor, Urosa Savino no ha dicho nada distinto
de lo que han expresado miles de venezolanos. Tanto los
señalamientos sobre la ruta hacia el comunismo como las
denuncias sobre las alteraciones a la Constitución, han
sido temas frecuentes, en privado y en público, en los
últimos años en nuestro país. Incluso, en las páginas de
este periódico se han presentado reportajes de
investigación que muestran cómo el Gobierno ha venido
implementando, de distintas maneras, las diferentes
propuestas que fueron rechazadas por la mayoría de los
venezolanos en el año 2007. Es tan obvio que resulta
ridículo. Se trata de algo que, además, el propio
Gobierno no oculta, que de distintas formas ha venido
reafirmando. La memoria también es una forma de
resistencia: a los pocos días del referéndum del 2-D, la
ciudad de Caracas apareció llena de vallas que, en
letras rojas, decían "Por ahora...".
Ese era el mensaje que le daba el poder a la voluntad
popular. Eso es lo que hemos venido viviendo.
Es el colmo de la incongruencia convertir en delito de
opinión ideas y propuestas que el propio Gobierno ha
enunciado. La lógica interna parece apuntar, más bien,
hacia otro territorio: estamos ante un gobierno que
necesita producir urgentemente toneladas de escándalos
ajenos.
Con la misma obediencia ciega, con la misma precisión
jerárquica de la Iglesia Católica, han salido todos los
oficiantes a construir este nuevo pecado. Es
sorprendente ver a la Fiscalía o al Tribunal Supremo
ocuparse de las opiniones de un monseñor, como si no
tuvieran otras emergencias qué atender en este país. Es
indignante observar cómo la Asamblea Nacional, que se
niega a debatir casos de corrupción, quiera de pronto
interpelar a Urosa Savino...
Casi todos los altos funcionarios, de todos los poderes,
han reaccionado como si tuvieran un nuevo dogma debajo
de la lengua. Cuidado. Una opinión también puede ser una
blasfemia. La roja inquisición ha comenzado.
Lo más asombroso es que todo esto, además, contradice
uno de los principios básicos que supuestamente mueven
este proceso: la idea de que todo es y debe ser político
e ideológico. Desde Pdvsa hasta el Ejército. Desde las
matemáticas hasta el arte. Es algo que el Gobierno ha
repetido hasta el cansancio. Pero ahora resulta que,
cuando las ideas de los otros los cuestionan, actúan
como moralistas exaltados. Gritan, chillan, regalan
aspavientos, acusan a los demás de estar jugando sucio,
de estar haciendo lo que no deben: ¡política! La mejor
definición la propone Freddy Bernal, o quien escriba los
artículos de opinión que firma Freddy Bernal.
Habla el ex alcalde de una fe "cristiana, apostólica y
bolivariana". Es cierto. Ellos quieren ser la única
iglesia. Una iglesia que no tiene pecados, que sólo
existe para juzgar a los otros. Tienen doble moral y
triple moral. Se dedican a buscar la paja en el ojo
ajeno para que nadie vea ni huela sus propios containers.
En vez de multiplicar los panes los convierten en
basura. Pero quieren apedrear al cardenal en la
Asamblea. En los tiempos de Jesús de Nazareth, serían
llamados fariseos.