Morir de nuevo
Por Alberto Barrera Tyszka
La tumba de Bolívar está abierta
sólo porque alguien siente un latido, porque alguien
cree que el Libertador fue asesinado
Se abre el telón
y aparece Hamlet, el mismo, el de siempre, el príncipe
de Dinamarca. Avanza cargando una valija. Es una maleta
azul, gastada por los años. En el brazo izquierdo, para
ayudar al auditorio, trae acunada la típica calavera que
identifica al personaje.
Hamlet viste traje safari y lleva puesto un sombrero de
paja. Luce algo incómodo con esa ropa. Se detiene, mira
hacia el frente, otea también hacia sus lados, buscando.
Tras unos segundos, exclama: "¿Ya llegué? ¿Esto es
Venezuela?".
Se cierra el telón.
Es muy difícil negar que el pasado viernes 16 de julio
los venezolanos asistimos a una muy particular obra de
teatro. Por más que el Gobierno insista en reelaborar lo
ocurrido y mostrarlo como un simple proceso técnico,
científico, ya es muy tarde.
El espectáculo ya ocurrió. No importa lo que asegure
Elías Jaua: nada de lo que se hace, sin aviso y a las
2:00 de la mañana, es transparente. La apertura del
sarcófago del Libertador, y todo lo ocurrido esa
madrugada, no pertenece al discurso de la información,
no califica como noticia sino como representación. Todos
los venezolanos, de bando y bando, lo sabemos. Más allá
de la interpretación que cada quien quiera darle. No era
una primicia. Estábamos ante una ceremonia.
Se abre el telón: en un costado del escenario, se
encuentra la fiscal general de la República. Su figura
destaca sobre un fondo completamente negro. Está
detenida frente a un pequeño esqueleto de plástico,
detallando con interés los huesos. En el costado opuesto
sólo caen gotas de sangre. De manera acompasada,
puntual. Cada vez a mayor velocidad y de manera más
dispersa. Pronto podrían ser una lluvia. Mientras baja
el telón, ella sigue sin voltear.
Al igual que en la conocida pieza de Shakespeare, el
origen de todo pertenece al territorio de lo inasible,
de la intuición, del sueño. Un pálpito o un fantasma
pesan lo mismo. La tumba de Bolívar está abierta sólo
porque alguien siente un latido, porque alguien cree que
el Libertador fue asesinado. No tiene ninguna prueba. No
posee otro argumento más sólido que su vocación
personal. Supone que puede oler el crimen a la distancia
de 180 años. O, al menos, esa es la excusa.
Mientras el asesinato de Danilo Anderson, por nombrar un
caso emblemático, sigue sin resolverse, el Ministerio
Público tiene "el honor" de tratar de reinventar la
muerte de Bolívar.
Algunas ideas sueltas para el intermedio: en Fuerte
Tiuna juegan una caimanera futbolística entre el equipo
bolivariano y un equipo del resto del mundo, capitaneado
por Maradona. Ganan los locales cinco a dos.
Todos los goles (incluso los goles en contra) los mete
el mismo jugador. El Gobierno organiza un desfile
especial para el anuncio del envío de tanques al
Vaticano. En acto público, se decreta el lanzamiento de
un plan nacional para frenar la inflación y el
desempleo: nombrar a un representante del Estado en la
junta directiva de Globovisión. En cadena nacional, se
comienzan a transmitir las promociones del próximo tour
de los dos ligaditos: "Ahí viene Fidel".
Se abre nuevamente el telón: no aparece nada sobre el
escenario. Todo está lleno de sombras. Sólo se escucha
un tecleo rápido. Es la voz del Twitter, como un opaco
médium, mandando sus señales. No se puede ver con
claridad lo que ocurre porque lo que ocurre justamente
está en el más allá. El telón no cae: se desliza. Poco a
poco, muy despacio.
El uso de la figura del Libertador cuenta con una larga
tradición en la historia política del país. Pero quizás
nunca como ahora había existido una voluntad tan
mediática y mesiánica. Ya las cenizas del culto también
son un show. El Gobierno ha convertido la patria en
género televisivo.
Quieren reinventar nuestros símbolos, transformar la
memoria. Intentan imponer un nuevo mito de la
nacionalidad. Aludiendo a la propuesta oficial de
reconstruir con la ayuda de un software especializado
las facciones del Libertador, el escritor Javier
Guerrero ha puesto a rodar una duda que sintetiza
extraordinariamente la mejor suspicacia ciudadana ante
las maniobras de poder: ¿A quién se parecerá ahora la
cara de Bolívar? Quizás ahí respira el sentido más
secreto de esta representación. Tal vez por eso Bolívar
debe morir de nuevo. Para resucitar con otro rostro.
Se abre el telón: se avisa al público en general que, a
partir de este momento y hasta nuevo aviso, el país no
existe. La función permanecerá abierta de manera
indefinida, hasta que aparezca, vestido de gala y sobre
un caballo blanco, nuestro nuevo libertador. ¡Viva la
revolución!