Al pie del
Támesis
Por Alberto Barrera Tyszka
abarrera60@gmail.com
Si
la imagen estuviera en blanco y negro, ella podría ser
una fan de los Beatles. Pero vivimos a color. Es sábado
en la noche y estamos en el teatro Trasnocho. En una de
las butacas de la fila de adelante, una mujer aprieta
entre sus manos un ejemplar de Travesuras de una niña
mala. Habla a la distancia con alguien que está
varias filas detrás. Habla sin sonidos.
Recortando con sus labios las palabras. No me lo puedo
creer. Qué emoción. Lo que dice, se puede leer. Hasta
que, de pronto, gira, voltea, se pone de pie: Mario
Vargas Llosa está entrando en la sala.
Vino por 24 horas, de paso entre Lima y Madrid, para
asistir especialmente a una función de su obra Al pie
del Tá mesis, montada en Venezuela por el
Grupo Actoral 80. Hacía unas horas, un poco después de
llegar al país, había dado una rueda de prensa, donde
–por suerte para él y para todos nosotros– los
periodistas también le hicieron preguntas sobre la obra,
sobre su experiencia literaria. Por supuesto que el tema
político estuvo presente. Pero ocupó su lugar.
Vargas Llosa, con cordial franqueza, narró su propio
proceso, su tránsito y su decepción por la Revolución
Cubana. Podrá ser criticado por muchas cosas, pero nadie
puede negar que ha vivido y defendido a fondo sus
creencias. Ha perseguido genuinamente sus propias dudas,
intentando atajar las preguntas que nos lanza la
realidad. Ha vivido siendo auténtico con sus
contradicciones. Y esa misma libertad y esa misma
honestidad están presentes en su literatura.
Al pie del Támesis es una obra corta, con dos
personajes conversando en un solo espacio.
El punto de partida es el reencuentro de dos amigos,
después de demasiados años. Uno de los dos, sin embargo,
se ha cambiado el sexo, ahora es una mujer. A partir de
este presupuesto dramático, Vargas Llosa mantiene
constantemente al auditorio entre la expectativa y la
confusión. La obra siempre sortea cualquier facilidad
tremendista. Esquiva las direcciones predeterminadas.
Esquiva lo predecible. Va rotando las posibilidades de
una tragedia, a veces en clave de comedia, para
regalarnos varias posibles versiones del pasado.
Esta vez, Vargas Llosa se sirve de la experiencia
transexual, de una anécdota moderna e incómoda, para
darnos a respirar, de nuevo, una de las inquietudes más
persistentes en su obra: la relación entre lo real y lo
imaginario, la consistencia de lo invisible, el poder de
la ficción, el juego de espejos entre la vida y sus
inventos. Esa es la verdadera noticia de Al pie del
Támesis, llevada a escena ahora en Caracas con la
extraordinaria actuación de Carlota Sosa y de Iván
Tamayo.
En sus memorias, Carson McCullers da cuenta de la
expectativa que puede sentir un autor ante la
representación de su texto. Ella, que también fue
fundamentalmente narradora, novelista, sucumbía ante su
propia fragilidad, ante la velocidad de sus nervios. "No
asisto a los estrenos", confiesa. Pero tampoco era capaz
de huir demasiado lejos. La noche en que se estrenó su
obra Square Root of Wonderful, ella esperó
afuera, vestida con un antiguo traje chino, caminando
por la calle, de un lado a otro, administrando su
ansiedad en cada paso. De repente, observa que una
pareja se sale del teatro antes de que termine la
función.
Una de las diferencias fundamentales, al menos para los
escritores, entre un libro y un espectáculo es la
rapidez con que llega la reacción del destinatario. Un
lector es siempre una soledad que mira un libro. No es
un público, en plural y en movimiento.
El espectáculo exige otro tipo de participación. El
auditorio, siempre, de alguna manera, completa la obra,
aunque sea aportando un ambiguo silencio. La literatura
tiene otro tiempo, otro tipo de regresos. No cuenta con
esa combustión instantánea, con la respuesta inmediata
ante el texto.
Ese sábado en la noche, Mario Vargas Llosa también fue
público. En ese instante, quizás, el autor era parte de
la invención, un escritor imaginado, fugado detrás del
escenario, mientras él sólo era un espectador, atento a
la versión de la obra que proponía el director Héctor
Manrique. Al final, de pie sobre el escenario, Vargas
Llosa se confesó conmovido y sorprendido, maravillado,
ganado por el asombro de quien se redescubre en el
milagro de la ficción.
Nada mejor, entonces, para celebrar los 25 años del
Grupo Actoral 80, fundado por Juan Carlos Gené y
dirigido hoy por Manrique, que se ha empeñado durante
todo este tiempo en hacer del teatro venezolano una
experiencia exigente, profunda y diversa. Nada mejor
para celebrar esa otra vida que –como escribe Vargas
Llosa– podemos "sólo soñarla gracias a las esplendorosas
mentiras de la ficción".
El Nacional, 24 de agosto de 2008
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