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Juego de dados
Chávez quiere más. Siempre.
No le basta la Asamblea, las instituciones, Pdvsa, la
Fuerza Armada Nacional...
Quiere más
Por Alberto Barrera Tyszka
abarrera60@gmail.com
En 1935, Charles Darrow, un
desempleado más de la gran depresión económica en
Estados Unidos, patentó Monopoly, un juego de mesa que,
según el libro Guinness de los récords, para 1999 ya
había sido jugado por cerca de 500 millones de personas
en todo el mundo.
Nuestro país, por supuesto, no escapa a esas cifras. El
juego, que consiste en lanzar dados, manejar dinero,
comprar y negociar con propiedades y bienes, aplastar
sin piedad a los otros contrincantes hasta dejarlos sin
nada, es una fórmula recreativa del mercado salvaje;
capitalismo puro, envasado al vacío. Cualquiera que viva
en Venezuela hoy en día tiene la firme sospecha de que
Hugo Chávez pasó su adolescencia jugando febrilmente
Monopolio.
Ya se sabe: la memoria es flexible y caprichosa. A veces
tiene más deseos que recuerdos. Puede estar más cerca de
la ficción que de la historia. Tal vez la juventud del
Presidente está más llena de operaciones bursátiles que
de escenas revolucionarias. Por lo que estamos viendo
ahora, quizás resulta más verosímil imaginarlo en el
patio de su casa, lanzando dados y comprando hasta el
tablero del juego, que leyendo sesudamente el Mani
fiesto Comunista o la Carta de Jamaica.
Chávez quiere más. Siempre.
No le basta la Asamblea, las instituciones, Pdvsa, la
Fuerza Armada Nacional... Quiere más. Quiere decidir
sobre las regiones. Quiere una reserva militar que
dependa directamente de su mando. Quiere que todo sea
público, por tanto, que todo esté a su disposición.
Quiere un satélite. Quiere controlar Internet. Quiere
tener casas del ALBA en todo el continente. Lanza de
nuevo los dados. ¡Siete! Mueve la ficha. Un, dos,
tres...¡Honduras! ¡La compro! Chávez busca más poder.
Siempre. Aunque diga lo contrario. Aunque cante la
balada de la brizna de paja en el viento del pueblo.
Porque las razones no importan. No importa si quiere ser
rey o si desea construir un paraíso autogestionario en
la tierra. No importa el para qué se busca más poder.
Los motivos no son parte del debate. El Presidente puede
tener o no las mejores intenciones del mundo. Puede
invocar la pobreza, la injusticia, la desigualdad. Nada
de eso está en discusión. Demasiado le costó a la
humanidad superar el horror de un mundo gobernado por
iglesias y por dioses. Gracias a Marx, justamente,
sabemos que la historia no se mueve a cuenta de la
supuesta buena voluntad de un hombre. Si seguimos así,
en las próximas elecciones, la Virgen del Valle, vestida
de rojo, será la nueva candidata oficial a la
Gobernación del estado Nueva Esparta.
Pero más allá de los discursos, más allá de esta
dinámica religiosa, de este juego histriónico donde el
líder que acumula poder se presenta como un santo
desprendido y asceta, la realidad funciona de otra
manera, más cercana a los diablos del mercado. Lo
ocurrido en las Olimpíadas es un ejemplo perfecto.
Retrata a un gobierno que piensa que a punta de billete
todo se puede lograr. Lo indignante no es la actuación
de nuestros atletas sino la manera en que el gobierno
los usó políticamente. Sin haber ni siquiera competido,
se aprovechó de ellos en una campaña multimillonaria. Lo
trascendente no eran los competidores, ni el deporte, ni
siquiera el país.
Lo único trascendente era la comparación con el pasado,
destacar la "revolución deportiva". Una revolución que,
al parecer, sólo existió en la publicidad, en las cuñas
de Movilnet.
Dalia Contreras, ganadora de nuestra única medalla,
ofreció una declaración fantástica a su llegada al
aeropuerto de Maiquetía. Quiero mi casa. La casa que me
prometieron hace años. La quiero ya. El Gobierno debería
escucharla con atención y con respeto. Ahí está una de
las más importantes y sólidas definiciones de socialismo
que tiene el pueblo venezolano. Es eso, justamente, lo
que hace el comandante cada vez que se siente obligado a
promover su proyecto. Esa es la idea que vende cuando
reparte tractores y dice "esto es el socialismo". Esa es
la imagen que nos da cuando viaja por el mundo regalando
obras y dinero. La utopía bolivariana está repleta de
dólares.
Tal vez nuestra naturaleza no ha variado demasiado.
Seguimos siendo los "ta’ barato, dame dos". Chávez
ofrece a nuestros vecinos energía para cien años. Chávez
compra deudas. Chávez compra siderúrgicas y cementeras.
Chávez compra satélites y submarinos. Sigue lanzando los
dados. Camina feliz sobre el tablero. El mundo es un
mall gigantesco. El socialismo del siglo XXI se parece
más al juego de Mono poly que a las venas abiertas de
América Latina. Todo se puede comprar, incluso una
revolución.
El Nacional, 31 de agosto de 2008
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