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De Interés
Petroleros suicidas y
la historia que estamos esperando
Por Alonso Moleiro
Haber visto hace algunos meses
Petroleros Suicidas, la inteligente obra de teatro de
Ibsen Martínez, me dejó una sensación que me permitió
extraer dos reflexiones.
La primera tiene un rasgo con sus aditamentos anecdóticos
de carácter personal: haber visto una pieza tan venezolana
y al mismo tiempo tan universal, que resistiría un
análisis en cualquier otro contexto, en la cual queda
expuesto con tanta claridad el lento pero continuo proceso
de decadencia de este país. Sentí una sensación muy
especial cuando, otra vez, como sucedía antes, me pude
sentar en una butaca a consumir un producto cultural hecho
acá, tan acabado y agudo, dirigido por el unánimemente
aclamado Héctor Manrique y representado por un elenco de
actores de primer orden.
La voz interpretativa de Ibsen, muy especialmente en sus
obras de teatro y en sus ensayos, lo reconcilia a uno con
alguna sensación perdida de orgullo ciudadano
fundamentado.
La segunda conclusión, consecuencia de la primera, me
sirvió para echarle una mirada al quehacer cultural actual
en el país. La valiente y descarnada aproximación de Ibsen
al desarrollo de los traumáticos episodios vividos en
Venezuela en la década recién concluida permite advertir
al que quiera verlo que, salvo lo que recoge la
ensayística, y alguna que otra excepción diseminada, el
grueso determinante del entramado artístico nacional, su
narrativa, su música, sus películas y contenidos
televisivos, sus comedias de situación y sus montajes,
están asombrosamente de espaldas, ausentes, distantes,
renuentes a enfrentar y recrear nuestra atormentada
realidad cotidiana con alguna propuesta en particular.
Vamos a hablar en castellano. No estamos viviendo en
absoluto un momento normal. No hemos llegado a vivir las
dolorosas historias de Colombia, de Centroamérica, del
Caribe y el Cono Sur, pero sí se nos ha ido intercalando
en nuestras vidas un corrosivo ligamento autoritario de
carácter posmoderno, peligrosamente extendido en el
tiempo, que relajó todas nuestras formas civiles y
ambienta una cotidianidad que, en muy buena medida, es
casi insoportable.
Bien vistos, los años de la década anterior son un
corolario acumulado de hipérboles imposibles: un
presidente dispuesto a romper cualquier límite existente
de la extravagancia, que trabaja duro para tener frente a
sí a una sociedad arrodillada; vidas cegadas en la
violencia callejera y ruinas consolidadas de la noche a la
mañana. Procesos judiciales amañados. El futuro de todos
en veremos. Una suerte de terrorismo de Estado en dosis
administradas. La historia de una nación maniatada, que
tiene un pañuelo en la boca que no quiere asumir,
súbitamente empobrecida, en la cual buena parte de sus
cuadros más calificados está imaginando que el futuro
queda en otra parte.
El país, entretanto, vive metido en un curioso festín de
petardos evasivos, con un público necesitado a toda hora
de cambiar de tema. Una secuencia interminable de cánticos
al "yo no sé", que ha hecho de la mimesis una forma de
vida. Algunas de sus expresiones más visibles se han
especializado en desplazarse con una pericia florentina
entre la sociedad y el Estado para no incordiar a nadie y
robarse el aplauso de todos.
Los casos más paladinos defienden su pacto con el poder
político con un argumento que pretende ser un
salvoconducto: "yo no soy político". Una especie de mantra
que configura una curiosa forma de evadir
responsabilidades ciudadanas para obtener provechos y
recursos. Películas, montajes y conciertos concebidos para
agradar el oído del poderoso, ejercicios de adulación en
regla de tres, con cierto carácter cortesano, que
pretenden hacerse pasar por inocentes.
Personalmente creo que se equivocan y que la historia en
algún momento se los va a hacer saber. El hecho artístico
queda bastardeado cuando la política y la cultura se
divorcian en entornos tan problematizados: las expresiones
más completas del devenir humano tienen lugar cuando el
hombre se apropia con dignidad de los elementos del
entorno. No hay forma más acabada de aproximarse al hecho
cultural que una correcta interpretación de la política y
no hay concepto que le rinda tributo al arte con mayor
dignidad que la palabra libertad.
Echemos una mirada al entorno próximo. Cuántas películas,
y cuántas historias que recrean pequeñas tragedias y
glorias personales, pueden recogerse en el auge y el ocaso
del pinochetismo; en el sandinismo nicaragüense; en la
Cuba del exilio; en las juntas militares de Argentina y
Uruguay, en los múltiples capítulos de la violencia en
Colombia. Cabrera Infante; Adiós Muchachos, de Ramírez;
los dramas de Norma Aleandro; Isabel Allende; las
conmovedoras historias de Héctor Abad Facciolince.
Se dirá que la historia que estoy describiendo cursa un
proceso que aún no concluye y que buena parte de las
expresiones artísticas a las que aludo están infectadas
por el virus de la censura impuesta. Proceso éste que
tiene sus expresiones concretas en el estancamiento de la
mayoría de las expresiones culturales tradicionales en el
país.
Esa es una verdad a medias. Y por lo tanto, se parece
mucho a una excusa. Necesitamos perspectiva y ánimo
sereno, pero también posiciones, testimonios, coraje
cívico, posturas con pretensión de permanencia.
Necesitamos olvidarnos de los aplausos y contarnos lo que
nos ha sucedido a través de historias individuales. El
venezolano promedio no se puede pasar la vida rindiendo
tributo exclusivo a la tentación recreativa. El que quiera
evadir la taquilla de la censura y asumir las
consecuencias de su valor civil todavía puede hacerlo.
Cierto: el hecho creativo es una responsabilidad
personalísima. En lo personal, con las excepciones
aludidas, yo estoy muy orgulloso de nuestro estamento de
intelectuales y artistas. Sus posturas en los momentos
decisivos están a la vista de todos. Un ochenta por ciento
de ellos militando en la causa de la Constitución:
escritores, poetas, músicos y pintores, presentes en el
país, enfrentados a la sordidez y al abuso de poder,
consecuentes con la palabra empeñada. Han alzado su voz y
han hecho público su compromiso con la libertad cuando ha
sido preciso.
Sus posturas, precisan de un respaldo: el país necesita
verlas volcadas en sus obras. Ahí están, esperándolos, las
historias de los Semerucos, la violencia del 11 de abril,
la lista de Tascón, la muerte de Maritza Ron; los
comisarios; los insultos presidenciales, los hackeos de
cuentas personales, la diáspora migratoria y los sabotajes
orquestados a la UCV. Historias y dramas personales para
ser contados a las generaciones que vienen detrás.
Tal
Cual, 3
de diciembre de 2011 |