ORLANDO AROCHA El
director teatral denuncia la precariedad que aqueja al
sector
«El éxito es la enfermedad infantil del
teatro venezolano»
Por Carmen V. Méndez
Para Orlando
Arocha, en las artes escénicas como en la vida, no
existen fórmulas. El fundador y director artístico del
Teatro del Contrajuego considera que la creación sobre
las tablas es cambiante, se reconstruye a partir de la
obra que tiene delante y de los actores que le
acompañan. Lo suyo, dice vía correo electrónico desde
Brasil, es la persecución de un "santo grial artístico",
una misión que no admite la inmovilidad ni un método
único, y menos aún puede ser puesta al servicio de
intereses políticos ni económicos.
--¿Con el montaje de La casa de Bernarda Alba,
actualmente en cartelera, busca revelar los resortes de
las relaciones familiares y del autoritarismo?
--Bernarda es la
dominadora. De allí se desprenden el poder y la
autoridad. Pero Federico García Lorca no habla de
teorías. Al contrario, nos lleva al seno de una familia
en la que cinco mujeres están subordinadas a una madre
castradora que las asexualiza para someterlas. Son
mujeres sumisas que, sin embargo, desde las primeras
escenas comienzan a mostrar una cierta indisciplina. Es
en esa desobediencia en la que nos hemos situado, en la
insurrección que se construye hacia dentro, a partir de
unas canciones románticas cantadas sottovoce. Lorca
muestra que por más enérgico que sea un poderoso, no
siempre será eficaz, porque hay un terreno donde es casi
imposible constituir la tiranía: "dentro de los pechos",
como dice el personaje de Poncia.
--Usted e Iraida Tapias montaron el clásico de Lorca
casi simultáneamente. ¿Cómo encaja la pieza en la
Venezuela actual?
--Siempre he
pensado que uno no escoge las obras que monta sino que
son ellas la que lo escogen a uno. Hay una incomodidad
en el país con el poder, unos aires de autoritarismo que
nadie puede negar. Los que nos dedicamos a la tarea
artística somos esponjas y emisarios de las
preocupaciones, de lo que corroe, hiere o anima los
corazones de los ciudadanos. Nos toca develar esa
incomodidad, pero desde lo metafórico, pues no somos
politólogos, ni políticos, ni sociólogos. Le hablamos al
alma de la gente.
--¿Hay una renovación del teatro, como parecen indicar
los premios que obtuvieron Johnny Gavlovski y Gustavo
Ott?
--Los triunfos
bien merecidos de Gavlovski, Ott y muchos otros no
pueden ocultar la realidad. Hace unos meses leía a un
crítico que los ponía a ambos como ejemplos de lo bien
que le iba al teatro nacional. Fue una terrible
irresponsabilidad con el arte teatral, y viniendo de un
crítico me parece criminal. Echemos un ojo a la enorme
deficiencia de la infraestructura teatral, la realidad
financiera de las agrupaciones, la situación precaria de
los actores, la cantidad de salas cerradas, la escasez
de espacios de ensayo, la pobreza de publicaciones...
La lista sería enorme. Graduamos en nuestras escuelas a
actores y directores, ¿dónde podrán ejercer sus
profesiones? Es angustiante. Creo que incluso a gente
como Ott y Gavlovski no se les ha apoyado lo suficiente.
Por otro lado, el teatro venezolano ha ido perdiendo la
capacidad de sorprender, de lanzarse a una aventura
creativa.
--¿El éxito de una obra lo determina la crítica o el
público?
--El éxito es la
enfermedad infantil del teatro venezolano. Somos "exiteros"
y perdemos muchas veces el objetivo de la creación
artística. Sin ánimos de ofender, afirmo que la crítica
en Venezuela es débil, está llena de vicios y tiene un
aparato intelectual muy pobre, y ello contribuye a la
desorientación de los diversos públicos. También hay que
diferenciar entre lo que es un logro artístico y un
éxito de taquilla. La taquilla suele ser el elemento más
sonado del éxito, pero medir lo artístico a través de lo
financiero me parece aberrante. ¿Cuántas obras no han
fracasado económicamente para abrir nuevos caminos
estéticos? Además, para nadie es un secreto que el gusto
en Venezuela ha sido modelado y empobrecido por la
televisión, y el teatro ha fallado en preservar su
identidad artística. Tal vez en el riesgo está el
verdadero premio de un artista. Estamos acostumbrándonos
a medir todo por el éxito de público y eso me suena muy
parecido al populismo político.
--En 2007 emitió una carta en la que condenaba el veto a
la actriz Fabiola Colmenares. Este año, Unearte intentó
censurar Profundo, de Cabrujas. ¿Está el teatro
constantemente amenazado por quienes deberían
defenderlo?
--Esa carta tuvo
su precio. En el gabinete del Ministerio de Cultura se
me reprochó un acto tan simple como el de solidarizarme
con una compañera del gremio, y hasta se me acusó de
burlarme del Che. El Teatro del Contrajuego fue excluido
de los subsidios. Gracias a un aporte único otorgado por
la Dirección de Teatro pudimos recuperar algo de la
subvención. La amenaza fue más que amenaza. Ya
aprendimos a vivir con ella y comprendimos que más
importante que cualquier subsidio es la posibilidad de
expresarnos libremente. Ya no hay miedo. Pero no
entiendo cómo la gente del gabinete pudo obrar de una
forma tan torpe e injusta. Los hacedores de teatro nos
hemos ganado un espacio y no vamos a renunciar a él.
Merecemos los subsidios porque hemos demostrado en
muchos años de trabajo continuo que sabemos más de
teatro, de solidaridad, de entrega y de cooperación que
muchos funcionarios cegados por una ideología ramplona y
pueril.
--¿Qué papel debe desempeñar el Estado en la promoción
del teatro?
--Nunca censurar,
ni cerrar opciones, ni imponer líneas de pensamiento. La
historia ha demostrado que cuando el Estado quiere
alinear el teatro a sus intereses, éste se escapa y
reaparece con la misma capacidad de crítica por las
zonas periféricas del poder. Desde Edipo rey, el teatro
viene diciendo: cuidado, miren cómo el poder puede
desplomarse en cualquier momento.