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De Interés
J. C. Gené, Verónica Oddó y Bodas de
sangre. Un cuento para cuatro actores
“Uno inventa, aun cuando crea que está
diciendo la verdad”
El actor, director y dramaturgo, junto a la actriz
y coreógrafa, dan cuenta de un Lorca fiel a su esencia,
pero permeable a una suerte de síntesis de la memoria. Y
destacan: “Lorca es el gran dramaturgo que toma la cultura
popular y la eleva a alturas inigualables”.
Por Hilda Cabrera
“Tenía yo cinco años: no recuerdo nada
de eso. Es un mito familiar. Un mito. Un relato con
abundancia de leyenda y de verdades transpuestas que
fundamentan existencias.” El actor, director, dramaturgo y
docente Juan Carlos Gené ingresa a Bodas de sangre, de
Federico García Lorca, desde sus recuerdos de infancia,
“confusos”, admite. En su dramaturgia, adosa un subtítulo:
Bodas de sangre. Un cuento para cuatro actores. El estreno
se produjo en el Celcit, y es –a su manera– rescate de la
memoria de un niño desconcertado ante la violencia
ejercida sobre un ser que se le antojaba cercano. La
versión de Gené apunta a lo esencial de Bodas..., drama
representado en los teatros del mundo, como otras
creaciones del poeta asesinado en la madrugada del 19 al
20 de agosto de 1936, en Viznar (Granada), poco después
del levantamiento del 17 de julio, liderado por el general
Francisco Franco. Fecha en que otro militar, Gonzalo
Queipo del Llano, se hacía eco de la arenga del general
Millán Astray: “¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!”.
Bodas... le fue inspirada a García
Lorca por un suceso que tuvo lugar el 24 de julio de 1928,
en Níjar (Almería): la historia de la joven Francisca
Cañada Morales (Paca, la coja), quien el día de la boda
huyó con un primo hermano del cual estaba enamorada. Este
personaje es “la Novia”, en Lorca y en la puesta de Gené,
quien a su vez abrevia secuencias del original, cuidando
de no restar potencia al texto. En diálogo con Página/12,
junto a la actriz, directora y coreógrafa chilena Verónica
Oddó, Gené señala recortes en “el cuadro que corresponde
al casamiento, que es coral y con muchísima gente, y en
algunos intermedios poéticos, que son lindos –dice–, como
la nana del caballo negro, presagio de muerte, pero, por
lo demás, la obra está entera”. La versión mantiene un
ritmo interesante, ágil, más allá de los reparos de Gené
respecto de su evocación: “Soy muy desconfiado de la
memoria, y recomiendo a todo el mundo que lo sea”.
–¿Se refiere a una memoria desdibujada
o al recuerdo que otro desmiente?
Juan Carlos Gené: –Uno inventa, aun
cuando crea que está diciendo la verdad. En los encuentros
con uno de mis hermanos hablábamos de nuestra casa de la
infancia y comprobábamos que no habíamos visto lo mismo.
¿Quién mentía, o quién tenía razón? Nos asombrábamos de
las diferencias. En relación con García Lorca, hubo
cuestiones muy decisivas para mí. Empieza por ser cierto
que al enterarme de su asesinato, me sobresalté. Lo supe
por las conversaciones de mis tías en la casa de mi
abuelo. Lorca había estado en Buenos Aires en 1933, y mi
familia hablaba de esa visita. En mi cabeza infantil
estaba el asesinato de la historia sagrada, el de Abel por
Caín, pero eso era para mí una leyenda. No imaginaba
asesinos en la vida real.
–¿Era muy niño entonces?
J. C. G.: –Tenía cinco años cuando
desembarcó Lorca, y ocho cuando lo mataron. Las cuestiones
relativas a su visita no las recuerdo, pero constituían un
mito familiar. Mi generación está muy signada por la
Guerra Civil Española, que comenzó en el ’36 y terminó en
el ’39. En un hogar de ascendencia catalana como el mío,
tuvo una presencia absoluta. Salvo los enfrentamientos
bélicos, todo lo demás parecía que sucedía acá. De modo
que en mi versión estoy refiriéndome a un mito, a
cuestiones legendarias y otras que desconozco en su
alcance y verdad, pero sé que mi existencia se fundamenta
con lo sucedido en aquellos años de la infancia.
–¿Cuando la última gran inmigración
era un fenómeno reciente?
J. C. G.: –Eran los años de la Guerra
Civil y la Segunda Guerra Mundial. Mi familia era radical
yrigoyenista y muy librepensadora, por lo tanto se tomaba
partido por lo que sucedía. Ahora bien, los límites entre
el recuerdo, los relatos familiares y mis invenciones no
son exactos. Borges decía que nuestros recuerdos datan de
la última vez que los hemos contado.
Verónica Oddó: –Una hace síntesis de
la memoria. Lo que ha quedado de Lorca en nuestra memoria
son tres o cuatro imágenes que “aluden a Lorca”. Son
indirectas, y una las resume como si hubiera tenido una
única ocasión de recordar.
J. C. G.: –Verónica tiene la foto de
un tío, fallecido cuando era chiquita, una imagen que para
ella era la de Lorca.
V. O.: –No sé cómo lo mezclé, pero ahí
está todavía la foto de mi tío en la casa de mi padre, en
Chile, que ahora es mi casa. Quizá lo asocié porque
también murió muy joven y de una manera espantosa. Además,
se le parece. Mucho de lo que supe de Lorca fue “heredado”
de un par de señoras amiguísimas de mi abuela que en 1939
llegaron a Chile como refugiadas, en el Winnipeg, un barco
bastante viejo cargado de españoles que habían cruzado la
frontera y se hallaban en Francia, muchos de ellos
hacinados en unos campos. Estaban desesperados. El poeta
Pablo Neruda –que había sido cónsul de Chile en España–
realizó gestiones para que se aceptara el traslado.
Algunos de esos refugiados fueron alojados en la casa de
mi familia. En mi imaginario, Lorca era el tío ausente de
la foto, y además poeta, como mi abuelo materno.
–¿Cómo les impactó saber que fue
fusilado?
V. O.: –No podíamos imaginarlo, porque
eso era como matar a un ser alado, fusilar a una mariposa.
J. C. G.: –Entonces no se hablaba
todavía de fusilamiento. No se sabía cómo había sido, ni
siquiera había una aceptación oficial de la noticia: el
bando franquista decía que era mentira. Mi padre y mi
abuelo eran argentinos, y mi bisabuelo catalán. En mi casa
se hablaba catalán. Mi padre fue dos veces presidente del
Centre Catalá, que en 1941 se fusionó con el Casal de
Catalunya. Uno entraba al edificio de Chacabuco al 800 y
lo primero que encontraba era el busto de Lluis Companys,
el presidente de la Generalitat de Catalunya fusilado en
1940 por el régimen franquista. Todo eso estaba en la
historia de mi familia.
–¿La intención es fundir experiencias?
J. C. G.: –Por ahí cuento un episodio
de confusión que viví al enterarme de qué cosas pasaron
durante la Guerra Civil. Cuando finalizó, empezaron a
desembarcar los refugiados. En 1940 llegaron exiliados el
poeta Rafael Alberti y su mujer, la escritora María Teresa
León. Ellos hacían un programa por Radio Argentina, Por
los caminos de España; y ahí empecé a escuchar
conscientemente los poemas de ese señor Lorca.
–Poemas que rescataron para el
teatro...
V. O.: –Con Verónica presentamos
varios espectáculos sobre Lorca: Cuerpo presente entre los
naranjos y la hierbabuena; Memorial del cordero asesinado;
Las delicadas criaturas del aire; Yo tenía un mar; Aquel
mar es mi mar y ahora Bodas... Antes trabajamos sobre
fragmentos de textos y poemas. Esta es la primera vez que
lo hacemos sobre una obra.
J. C. G.: –Hay otra razón por la cual
relaciono a Bodas... con mis recuerdos. Se debe a que los
dos actores jóvenes que nos acompañan, Camilo Parodi y
Violeta Zorrilla, empezaron a hacer unos trabajos sobre
Lorca, muy atractivos. Hace años que se entrenan con
nosotros. Los conocemos desde muy chicos. Con el tiempo,
esos trabajos crecieron, y ahí surgió la idea de esta
obra. También por el deseo de que Verónica regresara como
actriz con un clásico, con un papel para su temperamento y
condición.
V. O.: –Camilo y Violeta hallaron una
forma diferente, profundamente motivadora. Sin ellos tal
vez esto no se hubiese dado, o se hubiera dado otra cosa.
J. C. G.: –La otra razón por la cual
dije “esto es lo que queremos presentar” fue el sedimento
que lleva uno respecto de Lorca, y no sólo por cuestiones
sentimentales y por cómo uno se ha ido formando en
relación con ciertos valores, sino porque creo que no hay
ningún autor moderno español –desde el Renacimiento para
acá– que tenga un sentido de lo clásico más cercano a la
tragedia clásica. Y todavía más: pienso que es difícil
hallar un autor de teatro europeo con igual fuerza
trágica, reveladora hasta su asesinato. Aun los más
grandes de entonces están en otro campo. Lorca es el gran
dramaturgo que toma la cultura popular y la eleva a
alturas inigualables.
–¿Diría que transmitió sin miedo
“pasiones elementales”?
V. O.: –Justamente, creo que le
cobraron su arrojo; ese coraje que expresó entre múltiples
dones, como el dibujo y la música. Cuando tocaba el piano
hacía bailar hasta un ministro. Poseía una vitalidad
increíble. En su viaje por América del Sur estuvo en
Buenos Aires y asistió a las representaciones de La
zapatera prodigiosa y Bodas..., por la compañía de Lola
Membrives. De esa época es Yerma, estrenada en 1934 por
Margarita Xirgu, en Madrid. Había que tener coraje... Sus
textos me recuerdan aspectos de las historias de nuestros
países: la violencia, las divisiones en una misma
familia... ¿Cómo íbamos a imaginar los chilenos que en un
paisito como el nuestro, que por su geografía parece que
se está cayendo al mar, se produjera tanta violencia
interior?
J. C. G.: –Hay una diferencia.
Nosotros vivimos una dictadura y España, una guerra civil.
En una guerra civil el ejército se divide. En España hubo
una guerra, con una resistencia muy fuerte, es cierto, y
una matanza.
–¿Cómo fue la experiencia respecto del lenguaje?
J. C. G.: –Los rioplatenses tenemos
grandes contradicciones con el idioma, en parte por las
diferentes corrientes inmigratorias. De modo que abordar
un texto de Lorca, con todo su vuelo poético, es un reto,
un trabajo técnico que debemos manejar sin perder la
esencia.
V. O.: –Ese reto es “decir” el texto
como si fuera propio.
–¿Qué significa actuar nuevamente
juntos?
V. O.: –Para mí, ser feliz, porque
durante mucho tiempo esto no era concebible. Pasé años muy
duros con mi enfermedad de laringe, y regresar ahora con
una obra de García Lorca, y con Juan en el escenario, es
muy emocionante. En Chile sigo dando clases en una escuela
de teatro de Santiago y he presentado algunas obras con
apoyo del Fondo Nacional para el Desarrollo de las Artes,
hoy, la única manera de hacer en mi país el teatro que una
quiere.
* Bodas de sangre. Un cuento para
cuatro actores. Dramaturgia de Juan Carlos Gené sobre
Bodas de sangre, de Federico García Lorca (1898-1936).
Actúan Verónica Oddó, Juan Carlos Gené, Violeta Zorrilla y
Camilo Parodi. Escenografía y vestuario: Carlos Di Pasquo.
Dirección de Juan Carlos Gené. En Celcit, Moreno 431, los
sábados a las 21 y domingos a las 19. Entrada: 40 pesos.
Estudiantes y jubilados, 25 pesos. Reservas: 4342-1026.
Página /12,
Argentina, 26 de julio de 2010
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