Los mejores días
del presidente Hugo Chávez parecen haber quedado
atrás.
Por
Boris Muñoz
I.
"¡Uh, ah, Chávez no se va! ¡Uh, ah, Chávez sí se va!",
gritó el hombre mientras atravesaba un costado de la
Plaza Bolívar en el centro de Caracas. Hace cinco años,
en este mismo lugar, que representa para muchos el
corazón simbólico de Venezuela, ni siquiera los más
desprevenidos espectadores hubieran permanecido
indiferentes a consignas de adhesión o repudio al
presidente. Llevados por el impulso ciego de la
polarización, que ha desgarrado a la sociedad
venezolana, habrían tomado automáticamente partido a
favor o en contra. Pero esta tarde de principios de
noviembre nadie hizo el más mínimo gesto. Los viejos
continuaron en los bancos viendo pasar el tiempo. Los
novios siguieron comiéndose a besos como si fuera la
última vez. Los padres vieron jugar a sus hijos con una
pelota. E incluso los militantes chavistas, uniformados
con camisetas rojas, permanecieron conversando sus
asuntos sin prestar atención al hombre que siguió
cruzando la plaza mientras gritaba lo que ya se oía como
desvarío: "¡Uh, ah, Chávez no se va! ¡Uh, ah, Chávez sí
se va! ¡Uh, eh, Chávez ya se fue!".
Pese a lo corto de mi visita a Caracas, había apartado
unas horas para visitar el centro. Diez días antes, la
noche de mi llegada desde Cambridge, Massachusetts,
donde vivo actualmente, asistí a una cena en casa de un
amigo. Entre los comensales se encontraba un encumbrado
funcionario de la alcaldía del municipio Libertador,
comandada por el alcalde chavista Jorge Rodríguez.
Comentó lo difícil que era mejorar la calidad de vida en
ese municipio del oeste de la ciudad, donde vive cerca
de un tercio de la población y que tiene algunas de las
barriadas más populosas. En una redistribución de
competencias, el alcalde había sido despojado de
autoridad para intervenir en problemas cruciales como la
seguridad pública y el transporte. Le pregunté entonces
en qué destacaba la gestión del alcalde. "Podemos decir
que hemos rescatado los espacios públicos para
devolvérselos a la gente —aseguró rotundo—. Si no me
crees, date una vuelta por el centro para que veas que
no lo reconocerás".
Le pedí a mi amiga la poeta Nidia Hernández que me
acompañara. En el trayecto en metro pude comprobar que
el hacinamiento que se vive no es una metáfora. Ni
siquiera en el subterráneo de la ciudad de México había
visto tal nivel de apretujamiento. En el corto viaje
recordé aquello que, en referencia al metro del DF, el
cronista postapocalíptico Carlos Monsiváis calificaba de
álgida lucha por el oxígeno y el centímetro.
Ciertamente, el centro ha mejorado. Hace cinco años se
encontraba en franca ruina y parecía el escenario de una
película apocalíptica, atestado por vendedores
informales, con paredes cariadas por la suciedad y los
grafitis políticos, vitrinas rotas, fachadas
desvencijadas, una sólida hediondez a orina y heces, en
tanto que omnipresentes adictos al crack mendigaban la
próxima dosis gesticulando con sus dedos quemados y sus
negras encías. Ahora se advierte que las fachadas de los
edificios históricos han sido refaccionadas y pintadas
de colores llamativos. Los cafés, que habían
desaparecido para dar lugar a tugurios de apuestas, han
vuelto a algunas esquinas, y con ellos un aire a
normalidad y vida urbana. Incluso hay unas sencillas
chocolaterías donde se vende muy buen chocolate
socialista. Lo evidente, en todo caso, es que el trabajo
es todavía muy elemental para cantar victoria sobre la
barbarie que reina en Caracas desde hace dos décadas.
Pero había ido a la Plaza Bolívar también para tomarle
la temperatura a la situación política. Traté de sacarle
conversación a algunas personas sin mucho éxito. Todas
parecían querer evitar que la realidad saboteara el
disfrute de su tiempo. Al fin Nidia y yo nos sentamos en
un largo banco junto a un grupo de mujeres que
conversaban. Tanteé a la mujer a mi lado. Su nombre era
Tibisay Ochoa y había trabajado en un banco de vivienda
durante veinticuatro años. Dijo estar esperando a su
hija, que estaba en clases de catecismo en la iglesia de
Santa Capilla, situada en la esquina norte de la plaza.
Iba vestida con jeans y camiseta fucsia.
Al principio de la conversación Tibisay se mostró tímida
pero receptiva. Para ella, Chávez ha mostrado un gran
espíritu de lucha desde el anuncio de su enfermedad. "Es
bastante dedicado al país, a pesar de sus cosas. Mi
mamá, que no es chavista, lloró al oír la noticia y
ahora simpatiza más con él". Tibisay vive en La Pastora,
el sector más antiguo de Caracas, donde aún hay casas de
zaguán y altos techos de caña brava que datan de la
Colonia. Chávez también ha significado un cambio
positivo en la vida de los pastoreños. "Uno que viene de
tiempos atrás ha visto con él progreso e igualdad. Veo
en La Pastora que gente que antes no tenía oportunidades
y educación ahora las tiene".
Tibisay es parte de una familia de once hermanos.
"Algunos trabajan en el gobierno sin ser chavistas",
aclara. Hace una mención oblicua a su filiación
política. "Ni siquiera soy del otro lado", dice
refiriéndose a la oposición. A estas alturas doy por
descontando que Tibisay es chavista. Sin embargo, un
momento después de hablar de los logros en educación
dice que lo más negativo de Chávez ha sido la
inseguridad y el alto costo de la vida, "que no perdonan
a nadie".
A diferencia de mucha gente que he entrevistado sobre la
situación política en Venezuela durante la última
década, Tibisay emplea un tono realista, pero sosegado y
sereno, para nada militante ni teñido de la furia
política, la rabia contenida o la alegría resentida, que
han sido el pan de los venezolanos en los trece años del
gobierno de Chávez. Al escucharla, juraría que llevaba
siglos sin hablar con un compatriota de política sin esa
vehemencia capaz de arruinar celebraciones familiares y
acabar con amistades de toda la vida.
Cuando comenzamos a desandar el camino hacia el metro,
le comento a Nidia que una de las cosas que he sentido
durante este viaje con respecto a los tres anteriores de
este año es que ha bajado el nivel de crispación entre
la gente. No sé si es resignación, conformismo o
esperanza, le comento. O que estoy viendo el mundo al
revés. Nidia suele tener una visión espiritual de la
vida que siempre me ha gustado mucho. Le pregunto cómo
ve todo ella: "La enfermedad del presidente —me dice—,
ha enfriado las pasiones como si les hubieran echado un
cubo de granizo. Unos respiran aliviados, otros
contienen el aliento. A los que lo detestan pero no le
desean el mal les ha enseñado que también para él existe
la muerte, que existe el fin. Él dibujaba lo contrario
con su alharaca de estar en el poder hasta 2021 o hasta
2025, que para muchos no era otra cosa que la
eternidad".
II. UN COMPÁS SE ABRE
Hace cinco años, Hugo Chávez llegó a la cúspide de su
poder al ganar las elecciones presidenciales del 3 de
diciembre 2006 con 63% de los votos escrutados. Era la
culminación de un ciclo de relegitimación que se había
iniciado el 14 de abril de 2002, con su casi milagroso
retorno a Miraflores después de un golpe de Estado
chapucero, perpetrado por la cúpula empresarial y
algunos barones de los medios privados de información. A
fines de aquel año, Chávez sobrevivió un paro petrolero
comandado, esta vez, por la fuerza combinada de la
gerencia insubordinada de Petróleos de Venezuela y los
mismos empresarios y medios que habían intentado
derrocarlo ocho meses antes. Gracias al fuerte apoyo de
los militares leales, Chávez superó esa nueva prueba. El
país, sin embargo, quedó sumido prácticamente en la
quiebra.
La oposición vio otra oportunidad de salir de él por la
vía de un referendo revocatorio que, de ser ganado, lo
deslegitimaría, obligándolo a renunciar. En aquellos
días, una amiga que luego sería ministra me comentó que
el círculo interno de Chávez le había recomendado
enérgicamente que abortara el referendo, pero que él,
desafiándolos a todos, les había jurado aplastar a la
oposición en las urnas. Chávez creó una estrategia a la
que llamó la Batalla de Santa Inés, inspirándose en un
episodio de la guerra federal de mediados del siglo XIX,
en el que el caudillo Ezequiel Zamora, uno de sus
héroes, atrajo al enemigo al campo de batalla haciéndole
creer que huía en desbandada para luego cercarlo y
rematarlo en una carnicería sin cuartel. Así fue. Chávez
salió victorioso con 61% de los votos, un resultado que
fue protestado como fraude, pero esta hipótesis nunca
fue probada.
En marzo de 2007 hablé con la historiadora del siglo XX
venezolano, Margarita López Maya, sobre la acumulación
de poder de Chávez. Era evidente que, tras ganar en
2006, el presidente había iniciado una radicalización
rápida y furiosa para acumular control y poder por todas
las vías posibles. López Maya todavía era una de las
intelectuales cercanas al chavismo, pero ya estaba
preocupada por la galopante pérdida de pluralismo. De
hecho, un furibundo Chávez había regañado a López Maya
por televisión: cambie sus lentes, señora, para que vea
que aquí nunca había habido tanta democracia. La
intolerancia del presidente, puesta de manifiesto en las
excomuniones televisadas de los antiguos compañeros de
viaje, era un pésimo anuncio del porvenir de la
democracia. López Maya me dijo que Chávez aspiraba a
liquidar el pluralismo liberal. Era cierto, pero se
equivocó pensando que las luchas soterradas del chavismo
crearían una alternativa al caudillo o servirían de
influencia moderadora a sus impulsos autocráticos. A lo
largo de los años, Chávez ha devorado a todos aquellos
que han pretendido estar a su altura siguiendo un curso
ciego hacia el poder absoluto. Al terminar de conversar,
López Maya no se mostró pesimista. "La sociedad
venezolana cuenta con reservas democráticas para
sobrevivir este envión".
Muchas cosas pasaron aquel año, entre otras el cierre
del canal Radio Caracas Televisión, el más antiguo y de
más alcance en el país. Chávez parecía ciertamente
invulnerable e imbatible. Pero su derrota en el
referendo consultivo para la reforma constitucional de
2007, en que, entre más de medio centenar de artículos
en debate los electores dijeron NO a la petición de
prolongar el periodo presidencial de seis a siete años y
también a la controversial reelección indefinida, lo
hizo estrellarse contra su propia ambición. López Maya
tenía, a fin de cuentas, la razón. Al aceptar su
derrota, el indómito Chávez dejó, sin embargo, en el
aire su famoso comodín: "Por ahora…", como anunció que
no aceptaría el NO como definitivo.
En esta ocasión quise ponerme al día con su opinión
sobre cómo había cambiado el cáncer de Chávez el paisaje
político que había descrito casi cinco años antes.
"Chávez se ha vuelto terrenal. Hasta hace poco era un
titán, con una energía desbocada y desproporcionada,
todopoderosa e infinita, que parecía no tener límites
físicos ni temporales. Hoy todo eso ha quedado en el
pasado, lo que permite un gran reajuste en el juego
político. Ahora todos los competidores son más o menos
humanos. En la medida en que los venezolanos tengamos
más clara la magnitud de su enfermedad, la dimensión
humana tendrá cada vez más peso".
Hasta ahora, la enfermedad de Chávez ha sido manejada
desde Cuba como un secreto de Estado, mientras los males
que afligieron a dignatarios latinoamericanos como
Fernando Lugo y Dilma Rousseff —y actualmente al ex
presidente Lula—
se han ventilado públicamente.
Más allá de si le quedan dos años o veinte, el secreto
en el caso de Chávez sugiere que se trata de una
enfermedad difícil de sobrevivir. Para López Maya,
Chávez debe mucho del repunte en popularidad que vive
desde junio al manejo mediático que se ha hecho del
cáncer. "No se sabe si el presidente trabaja una, cinco
o doce horas al día. Lo cierto es que su tiempo es
administrado milimétricamente en función de crear la
ilusión de que está trabajando: hace tres llamadas
telefónicas, pone tuits,
y hace transmisiones en cadena nacional en
Aló Presidente.
Sin embargo, por las declaraciones que da, pareciera no
estar tocando tierra totalmente". López Maya se refiere
al tono grandilocuente con que el presidente asegura que
Venezuela está en ruta al autoabastecimiento agrícola,
cuando es justo lo contrario. O a las felicitaciones que
ofrece a la ministra de Servicio Penitenciario, Iris
Varela, mientras se producen motines y reyertas
carcelarias con numerosos heridos y muertos. "Me queda
la duda de si está un poco desprendido de la realidad".
Nadie en su sano juicio diría que Chávez está acabado.
Sin embargo, las alternativas en su camino político son
cada día más exiguas. "Cuando ganó en 2006 tenía dos
grandes opciones. Él podía haber razonado: ‘Tienes la
legitimidad que confiere el apoyo popular y puedes
seguir con el proyecto de la democracia participativa
descentralizada'. Era el momento de tender puentes,
acabar la polarización y consolidar el camino del primer
gobierno". En otras palabras, López Maya piensa que
Chávez pudo profundizar la democracia para convertir
gradualmente a Venezuela en una sociedad descentralizada
y participativa, e incluso al socialismo, sin
divorciarla de las corrientes globales ni aniquilar el
pluralismo, como estaba expresado en la Constitución de
1999.
"Él no tomó esa opción —prosiguió la historiadora—.
Dijo: ‘Ahora que tengo todo el poder, no se trata del
proyecto anterior sino del que yo digo'. Ése es un
proyecto centralizador, regido por una sola persona, sin
alternancia democrática ni independencia de poderes
públicos, que ha podido ir avanzando gracias a la
concentración de dinero, poder y popularidad. Pero no
hay que olvidar que la reforma constitucional de 2007,
que según Chávez mismo salió de su propio puño y letra,
fue rechazada por los electores. Y cuando algo de esa
magnitud es rechazado queda herido sin remedio".
Pero, ¿por qué era tan decisivo ese voto? En mi opinión,
simplemente porque hubiera dado a Chávez la legitimidad
de reelegirse indefinidamente. Y aunque lo logró en el
Referendo Aprobatorio de la Enmienda Constitucional de
febrero de 2009, la forma de lograr la aprobación de la
reelección presidencial continua fue extenderla a todos
los cargos de elección popular. Pero la logró a costa de
perder su invicto electoral en 2007, cuando, de paso,
despreció la voluntad popular expresada en el NO,
calificándola como "una victoria de mierda". Desde
entonces, Chávez está atrapado en un laberinto. En 2008,
a consecuencia de la caída de los precios del petróleo,
se inició una recesión económica en la que, pese a la
recuperación del precio, sólo ha comenzado a superar
este trimestre. El estancamiento económico, sumado a la
terrible inseguridad que se vive a todo nivel, los
cortes eléctricos en las principales ciudades del
interior, la escasez de vivienda y la precarización del
empleo, han hecho que Chávez pierda parte de su
magnetismo.
Lo más grave es que la radicalización hoy sólo motiva a
muy pocos. A lo largo de este año, los estudios de
opinión han mostrado que la gente no quiere más
polarización, está cansada de la diatriba incesante
contra la riqueza y no cree que las confiscaciones y
expropiaciones solucionen sus problemas. Hasta los que
apoyan a Chávez y viven de subvenciones directas
demandan trabajo formal, en tanto se quejan de la
corrupción y de la
dolce vita que ostentan los jerarcas del
gobierno. López Maya reflexiona: "Cuando Chávez insiste
tanto en radicalizar, me queda la duda de si la
propaganda no ha creado para él una realidad virtual o
si tiene real capacidad de tocar tierra".
Tuve, además, la oportunidad de reunirme con una
corresponsal extranjera que cubrió Venezuela durante los
últimos cuatro años. Había regresado a Caracas para
terminar un libro de crónicas sobre el socialismo del
siglo XXI. Le pregunté cómo resumía ella su vivencia:
"Creo que la gran frustración de Chávez es que a pesar
de su gran popularidad no ha podido sembrar su proyecto
en el corazón de sus seguidores. ¿Quién quiere realmente
el socialismo? Éste es un país consumista y eso no ha
cambiado con Chávez, sino que se ha acentuado. Él lo
sabe y le produce gran frustración. Por eso ha caído en
el juego de sobornar a sus seguidores". Pese a lo que
les dé no los hará socialistas, pero si sabe seducirlos
puede continuar en el poder.
III. CHÁVEZ FÉNIX
Todo esto es profundamente paradójico. Porque, pese a
todo, Chávez continúa representando la esperanza de los
humildes, que lo ven como una figura protectora que los
ayudará a salir adelante. De acuerdo con todas las
encuestas creíbles, Chávez sufría un declive leve pero
sostenido hasta justo antes de la enfermedad. En mi
visión, eso se debía al agotamiento de su propuesta y al
mal gobierno. El cáncer le dio una tregua. Su aprobación
supera en estos días 50%, lo que resulta prodigioso
después de trece años ejerciendo el poder sin nunca
sacarle el cuerpo a la fricción. Ese porcentaje asciende
a 60% en los sectores más humildes, en los que se le
percibe como un gobernante experimentado. Pero esos
mismos votantes piensan que su vida está igual o peor
que hace seis años. Siguen creyendo que podrían mejorar
en los próximos dos años, si Chávez resuelve. ¿Es esto
posible con un presidente cuya salud, pese a que él jure
estar curado, es un secreto de Estado?
La pregunta más importante es si Chávez puede resurgir
de su enfermedad y, pese a su discurso gastado, renovar
la ilusión. O si, por el contrario, la oposición puede
llegar a encarnar la esperanza necesaria para que los
electores decidan finalmente probar algo nuevo. Para eso
tendrían que morder la mano que les ha dado de comer
votando por un futuro distinto en las elecciones
presidenciales del 7 de octubre de 2012, para muchos la
encrucijada en la que se jugará el destino de la
revolución bolivariana.
Lo que es evidente es que no se trata del mismo juego de
las elecciones de 2006. Entonces la oposición apenas
podía sostenerse en pie después del periodo
autodestructivo 2002-2005. Manuel Rosales, el candidato
opositor, fue elegido por un acuerdo interno, labrado a
pulso por el veterano político de izquierda Teodoro
Petkoff, quien declinó su propia candidatura para forjar
una unidad centrista. Pese a sus exitosas gestiones como
alcalde de Maracaibo y gobernador de Zulia, Rosales era
identificado como un representante de la vieja política,
llamada por Chávez la IV República, contra la que el
hombre fuerte había arremetido al refundar la nación.
En la visión de López Maya, 2012 es un escenario
bastante nuevo. "Todo indica que los electores tienen el
deseo de superar las confrontaciones y la polarización
con políticos que no sean una referencia directa al
pasado medio siglo", alega López Maya. Esto ya se ha
empezado a sentir con la competencia por la candidatura
unitaria de la oposición. De los cinco precandidatos,
cuatro tienen menos de cuarenta y cinco años. "No son
caras exactamente nuevas, pero es difícil decir que
Leopoldo López, Pablo Pérez, María Corina Machado o
Henrique Capriles Radonski son el pasado, por más que
cada uno tenga un pasado".
El juego electoral de 2012 será muy cerrado. Chávez no
retrocederá en su discurso a menos que sea
indispensable. Eso le hará muy difícil ofrecer algo
distinto. "Salvo la Misión Gran Vivienda, este año ha
lanzado varios nuevos programas sociales que son más de
lo mismo".
Pero esto no es tan simple como un asunto de discurso.
El presidente ofrece ciento cincuenta mil casas
equipadas que otorga por medio de un censo de vivienda.
Quizá sólo pueda construir treinta mil, pero las
familias que las habitarán transmitirán la ilusión de
que más vale tarde que nunca: el presidente les ha
cumplido.
Sea quien sea, el candidato opositor caminará todo el
trayecto hasta las elecciones del 7 de octubre sobre una
cuerda floja. Por una parte, deberá continuar el
paternalismo y el clientelismo de Chávez, sin renunciar
a la búsqueda de una sociedad integrada, igualitaria,
inclusiva y productiva. Por el otro, tendrá que crear
una visión creíble de un futuro próspero muy diferente
al socialismo del siglo XXI, pero también al pasado
previo a Chávez. Ésa es una ecuación compleja. Porque
Venezuela es un petroestado.
Remplazar el socialismo del siglo XXI implicaría un alto
grado de compromiso de muchos factores políticos y
económicos en un país acostumbrado a la molicie por la
renta petrolera. Tal vez el comandante no ha logrado
sembrar el socialismo en el corazón de los venezolanos.
En cambio, ha logrado intensificar una huella
preexistente en la cultura nacional: el mito de que los
venezolanos se merecen todo y de que el petroestado
puede garantizárselo.
IV. UNA NUEVA ESPERANZA
Por ahora, no obstante, es claro que los vientos de
cambio empiezan a soplar. Unos días antes de mi partida,
me senté a tomar un trago solo en la terraza del hotel
donde me quedaba. Mientras lo paladeaba, fui sorprendido
por un grupo de amigos que andaba de parranda con el
escritor colombiano Santiago Gamboa. Un poco más tarde
bajamos todos a su cuarto, donde había una botella de
whisky Ballantine's colocada en una mesa junto a la
infinidad de libros que le obsequiaron en su visita.
Entre trago y trago nos pusimos a hablar sobre sus
impresiones. Miembro de una ilustre estirpe de
intelectuales latinoamericanos trashumantes, Gamboa
abandonó Bogotá en 1992, cuando la ciudad se encontraba
sitiada por la violencia del narco. Era la cuarta vez
que estaba en Caracas, si bien sólo en esta ocasión se
había quedado tiempo suficiente para observarla. Elogió
la vitalidad de la multitud de pequeños emprendimientos
editoriales y culturales. Un trago más adelante, le pedí
que compartiera qué concluía sobre la situación
política: "El proceso tiene el sol en la espalda. Y eso
significa que hay una nueva esperanza", me dijo.
Esto puede ser verdad. El 14 de noviembre los
precandidatos opositores se reunieron a debatir sus
propuestas. En cualquier país, hubiese sido un evento
importante pero normal. En Venezuela, sin embargo,
suscitó la expectativa de una gran novedad, como si
hubiese entrado un viento fresco en una habitación mucho
tiempo cerrada. Aunque yo me encontraba en Cambridge de
vuelta, vi el debate por internet. Desde Caracas me
contaron que la ciudad estaba callada. Mucha gente se
quedó en su casa a ver la transmisión.
En la víspera, Chávez, en su primera larga cadena
nacional desde la enfermedad, le restó total importancia
y calificó a los precandidatos de "jinetes del
Apocalipsis". En Twitter la oposición celebró el talante
civil del encuentro en el que los aspirantes intentaron
diferenciarse unos de otros.
El cáustico articulista Ibsen Martínez resumió con
lucidez un nuevo espíritu de los tiempos que puja por
conformarse:
"¿Fue realmente un debate? No; no lo fue, pero resultó
ser algo mucho mejor: una especie de ejercicio coral
animado por el gesto y la emoción de una genuina
confrontación democrática. Algo que hace tres lustros no
veíamos ni de lejos. No fue un debate porque, en rigor,
los candidatos no escrutaron las ideas de cada quien con
ánimo de hacer valer razonadamente las suyas propias…,
pero, sin duda, en una Venezuela acostumbrada al
monólogo opresivo, ampuloso, ignorantón y desdeñoso de
las ideas ajenas —única oferta cuartelaria de Hugo—, la
experiencia fue mucho más que refrescante: mostró,
incluso a los más desasidos, que la oposición cuenta con
un elenco —con ‘profundidad de banca', diría un
comentarista de futbol— y que, sin que difieran en mucho
sus pareceres sobre los tópicos que les fueron
ofrecidos, quien desde ya está en aprietos, no sólo
oncológicamente medicamentosos, sino comunicacionales y
mediáticos, es el Gran Patán, el Enfermo Insustituible".
Desde luego que a Chávez no le hizo ninguna gracia el
debate. Al día siguiente, en otra maratónica transmisión
en cadena nacional, tuvo una de sus típicas salidas de
macho alfa: "[M]ás nunca me van a sacar del gobierno.
Ahora no me voy en el 2021, sino en el 2031, diez años
más, y si siguen con su jurungadera me les voy pal'
2041".
¿Qué puede ofrecer la oposición para contrastar estas
bravuconadas? Mucho se avanza con una actitud diferente.
Sin embargo, eso no es todo. Un buen amigo, fanático del
béisbol y agudo observador de la dinámica política, me
ha dicho que de acuerdo con sus encuestas personales en
el estadio, la oposición todavía no logra alcanzar la
velocidad de escape para vencer al chavismo. "Lo que te
puedo decir se sintetiza en una frase: la oposición ha
sabido sacarle partida al mal gobierno, pero todavía no
enamora". Hay otro problema, de acuerdo con otro amigo
periodista: "La oposición no ha hecho una evaluación
seria de la década de Chávez, tampoco ha hecho una
ruptura real con el periodo de la IV República. Recuerda
la consigna chavista: ‘No volverán'. Hasta el sol de
hoy, la oposición no puede decirle al país que ellos no
son lo anterior ni lo traerán de nuevo".
Teodoro Petkoff, veterano de mil batallas, reconoce que
esa ruptura es uno de los principales problemas
políticos de la oposición. A sus ochenta años sigue
siendo uno de los analistas más lúcidos del país y la
conciencia moral de quienes se oponen a Chávez. Fui a su
oficina en el diario político
Tal Cual, donde
me recibió con los pies sobre el escritorio, como hace
cuando está en confianza para contrarrestar una vieja
dolencia de las rodillas. Para Petkoff, el asunto más
importante es construir una unidad sólida y
preferiblemente inclinada a la centro izquierda. De
hecho, aunque no es candidato a ningún cargo, ha
recorrido el país una y otra vez abogando por una
oposición unida.
Cuando le pregunto quién representa mejor la unidad que
él avizora, dice que es Pablo Pérez, actual gobernador
del Zulia y precandidato por los partidos de la
socialdemocracia, Un Nuevo Tiempo y el histórico Acción
Democrática, a quien Petkoff ve como de centro
izquierda. "La lucha es por cinco o seis puntos
electorales que separan a Chávez del candidato de la
oposición. Ese candidato no puede ser de derecha o
centro derecha, porque es más difícil que los indecisos
le nieguen el respaldo a Chávez por alguien de derecha".
Como argumento, recuerda la transición de Chile de la
dictadura de Pinochet a la democracia, a principios de
1990. "Ricardo Lagos había forjado la Concertación
—alianza de los partidos socialistas con los
democratacristianos—, pero que, personificando a la
izquierda, no podía ser su candidato. Tuvo que cederle
la oportunidad a los democristianos que estaban más a la
derecha. Si Pablo Pérez no es el candidato este país
está jodido".
V. SANGRE NUEVA
El primer debate sirvió para recordar a los venezolanos
que las buenas maneras y el diálogo de altura son un
sustrato tan indispensable al paisaje civilizado como
las constituciones y los derechos civiles. Diego Arria,
diplomático de las Naciones Unidas y hombre de el ancien
régime, a quien Chávez humilló despojándolo de su
pequeña hacienda, fue el único que recurrió a la
polarización, prometiendo llevar a Chávez a la Corte
Penal Internacional de la Haya, lo que le ganó la
simpatía instantánea de los opositores más rabiosos. En
teoría, los candidatos jóvenes tienen perfiles políticos
e ideológicos diferenciados. Henrique Capriles Radonski:
progresismo; Leopoldo López: la mejor Venezuela; María
Corina Machado: capitalismo popular, y Pablo Pérez:
nuevas oportunidades y futuro seguro para Venezuela. En
realidad todos coinciden en impulsar el desarrollo
combinando, la plataforma del Estado con la inversión
nacional y extranjera y el emprendimiento privado. Todos
afirman que para que Venezuela progrese, se haga menos
dependiente del petróleo y participe en la
globalización, necesita educarse, desarrollar la
competitividad y crear empleo decente.
Pese a su poder y control sobre el Estado, Chávez ha
mostrado ser mortal. Eso ha abierto aún más las
oportunidades. El candidato será, por consiguiente,
quien capte la empatía de la franja de 20% de votantes
llamados no alineados que históricamente ha favorecido a
Chávez. Pero para ganar necesitará conjugar el
descontento, la credibilidad personal y un programa que
le dé un fuerte empujón a la idea del cambio.
Actualmente, todas las encuestas dicen que Henrique
Capriles Radonski, gobernador de Miranda, se encuentra
en la mejor posición para lograr la candidatura
opositora. Miranda es el segundo estado más poblado, y
forman parte de él tres municipios de Caracas. Se puede
decir que es uno de los más difíciles, porque gran parte
de su población vive en barrios, algunos de los más
grandes de América Latina, en condiciones deplorables.
Hace poco más de un año recibí una invitación suya a un
almuerzo informal, con su equipo de trabajo, en su
oficina en el este de la ciudad. En medio del almuerzo,
que consistió en una sencilla comida árabe, le pregunté
qué era lo esencial de su gobierno. Me explicó que había
iniciado un agresivo programa educativo para dotar de
escuelas y maestros a los barrios. "En lo personal,
siento que la gente quiere cariño y yo les estoy dando
cariño".
El jueves 10 de noviembre hablé con él finalmente por
Skype. Lo saludé preguntándole cuál ha sido el impacto
del cáncer del presidente en los venezolanos.
"Solidaridad. La gente le ha mostrado una tremenda
solidaridad. Personalmente, tengo la impresión de que el
presidente está bastante recuperado. La enfermedad le ha
permitido comprar tiempo y que los venezolanos no sean
severos con las promesas incumplidas". ¿Es un presidente
listo para la batalla electoral? "El presidente hace
rato que dejó de visitar barrios y pueblos. Llevo cuatro
años recorriendo mi estado como nadie lo había hecho y
ésa ha sido una de las razones de nuestro éxito".
Cuando le pregunto cómo se diferencia del populismo de
Chávez, saca a relucir la gran inversión educativa en
Miranda. Sin embargo, está consciente de que sólo la
educación no soluciona los problemas. Su idea de un
Estado eficiente está inspirada en el Brasil de
Lula. "Tenemos
un programa llamado Hambre Cero, pero el hambre termina
con un empleo decente. ¿Es eso populismo?".
Como buen aspirante a un alto cargo de elección popular,
no es tímido para ensalzarse hablando a través de un
nosotros mayestático, pero su precandidatura ha logrado
calar con un discurso y una imagen sencillos. De hecho,
sus expresiones y entonación son más parecidas a las de
la calle que a la del resto de los candidatos.
Sin embargo, por su filiación al partido conservador
Primero Justicia y su proveniencia de una familia de
empresarios, una buena parte de la población lo
identifica como miembro de la derecha, lo que en
lenguaje chavista se expresa como la élite burguesa. ¿Es
posible una transición del chavismo desde la centro
derecha? "Lo que pasa es que hay grupos que se creen una
élite y representan determinados intereses. Es la gente
que cree que los barrios hay que desaparecerlos, y
probablemente eso tú lo conceptúes como derecha".
Capriles Radonski cree que la falta de buenos empleos y
la inflación golpean a los venezolanos, incluso más que
la criminalidad desbordada. Esos flagelos representan
una debilidad del gobierno que no hay que desaprovechar.
"El gobierno podrá darte una lavadora o un televisor,
pero no te dará un empleo, porque la economía no puede
generarlos en los meses que quedan. El sector privado no
invertirá. Venezuela tiene la más baja inversión
extranjera en la región".
Más adelante da un giro: "Yo soy más fuerte entre los no
alineados y los simpatizantes del gobierno de lo que son
las otras opciones. De hecho, me quieren hacer ver como
otro Chávez por populista y estatista. No soy como
Chávez. Tengo una gran diferencia conceptual con él. No
creo en un modelo estatista, sino en uno progresista… Me
acusan de que no abriré la economía al mercado. No les
hago caso porque mi competencia no es con ellos, sino
con el gobierno, para hacerle ver a los venezolanos que
con este modelo el país no va a mejorar".
VI. ¿CÓMO VAMOS A HACER?
Desde que se supo del cáncer de Chávez, el rumor de
cambios inminentes es vox pópuli dentro y fuera de
Venezuela. En septiembre estuve en Washington en una
reunión de analistas sobre el futuro de América Latina.
Desde el balcón seguro de las instituciones regionales,
la situación venezolana se ve con alarma, pero no porque
Chávez represente una amenaza para la estabilidad
hemisférica. Por el contrario, muchos elogian la
incidencia positiva de iniciativas como Unión de
Naciones Sudamericanas (Unasur) el Banco del Sur. Sin
embargo, en los pasillos, los ministros comentaban que
los presidentes amigos de Chávez que lo han visitado
tras la enfermedad le habían recomendado un cambio
inmediato de curso, diciéndole incluso que el socialismo
del siglo XXI no lo conducirá a ninguna parte, sino al
colapso.
Desde su incorporación a la escena política el 22 de
septiembre, luego de finalizar la quimioterapia en La
Habana, y hasta los primeros días de noviembre, el
maratónico Chávez se había mantenido de bajo perfil,
vistiendo mayormente de civil en sus esporádicas
apariciones públicas, en las que se daba a invocar
vírgenes y deidades de la santería. Cambió la consigna
"¡Patria, socialismo o muerte!", por "¡Viviremos y
venceremos!". Y bajó la intensidad de sus arengas. Esas
novedades generaban la impresión de que algo en él se
había apaciguado. Pero el efecto del balde de granizo
que, de acuerdo con mi amiga Nidia, trajo la enfermedad,
puede haber desaparecido tan de improviso como llegó.
Ante la movilización de los competidores, Chávez ha
tenido que dejar claro que sigue siendo el jefe de la
manada. Lo primero que hizo fue sacar del clóset el
uniforme militar, y con él al hombre fuerte desapacible
y capaz de rudezas desproporcionadas. Pero también firmó
leyes fulminantes para las libertades económicas y la
movilidad social: la ley del trabajo, una ley de control
de precios, una nueva ley de arrendamiento. Y no dejó
para después una reforma temeraria a la Ley de Ejercicio
de la Medicina, aprobada sin la debida consulta con los
gremios y academias médicas. Estas medidas perfilan aun
más una sociedad controlada por el Estado —lo que he
llamado una autocracia electoral— y señalan con certeza
que ante el repunte de su popularidad en las encuestas,
ha decidido volver por sus fueros y apostar todo una vez
más al radicalismo.
Ansiados por muchos venezolanos, los cambios que activen
la producción y el trabajo decente, con un gobierno que
controle el desastre de la inseguridad, son más
necesarios que nunca, independientemente de quién gane
las próximas elecciones.
López Maya, quien ha estudiado los movimientos sociales
y las protestas en Venezuela, cree que se están
acumulando condiciones de descontento que pueden llevar,
dentro de un par de años, a una crisis social. "Chávez
puede ganar en 2012, pero no creo que pueda gobernar
hasta ‘. Las condiciones económicas son muy graves. El
país se sostiene por un barril a más de cien dólares,
pero el endeudamiento crece sin medida hipotecando
nuestro futuro. Encima de eso, no hay criterios
profesionales de gestión pública, porque en el gobierno
hay un profundo desprecio por la educación formal y la
clase media profesional. Esos ingredientes sumados son
explosivos".
Otros analistas coinciden en que el país está siendo
hipotecado a acreedores como China. Creen que el bolívar
fuerte será devaluado —la tercera vez desde 2005—
después de las elecciones, seguramente a principios de
2013. De aquí a diciembre de 2012, no obstante, se puede
prever la danza electoral de los millones con un
incremento brutal del gasto público de hasta 25%. De
hecho, a mediados de noviembre, Chávez anunció con
bombos y platillos que la economía había crecido 4% en
el último trimestre, dejando atrás la recesión de los
últimos tres años. Un amigo me dijo: "¿Cómo van a votar
contra Chávez si es el único que puede ofrecerle a los
pobres una casa equipada con televisor y nevera, un
carro iraní comprado sin intereses, educación gratuita,
dinero en efectivo, alimentos por debajo del costo de
producción?".
Sin embargo, Chávez no las tiene todas consigo. Como el
capitán Garfio, archirrival de Peter Pan, Chávez es
perseguido por un cocodrilo desde cuyo vientre se
escucha un incesante tictac. Ese saurio que hace tictac
representa, por supuesto, tres cosas: el tiempo, la
enfermedad y la muerte que no puede conjurar ni dejan de
acecharlo. Hay indicaciones muy creíbles de que el gran
secreto que rodea su enfermedad, cuyo diagnóstico nunca
ha sido divulgado, es que el cáncer que padece es grave
y de mal pronóstico.
López Maya concluyó nuestro encuentro de aquel sábado en
la mañana con una súbita pregunta retórica: "¿Cuántos
años más puede aguantar un país de treinta millones de
personas con un Estado que hace todo improvisadamente
con un criterio de pulpería?".
Su pregunta se quedó en mí todo el día acompañándome por
la tarde hasta la Plaza Bolívar. Sentado en el banco
junto a Tibisay, escogiendo con cuidado cada palabra
para no romper el hechizo de nuestra conversación, por
fin me atreví a preguntarle: ¿Crees que el presidente
deba permanecer por un nuevo periodo? "No veo un
remplazo todavía. Leopoldo no está listo. Mi mamá dice
que Pablo Pueblo es el hombre. Se ve fuerte físicamente,
pero eso no es suficiente. Y a mí no me convence. Sin
embargo, creo que Chávez ya cumplió y que hay que dar
paso a otro presidente". Al decir esto, Tibisay se
despidió diciendo que ya había terminado la hora de
catecismo y debía recoger a su hija.