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De Interés
“I’m
running this place”
Crónica de Derek Walcott en el Celarg
(26 de mayo 2010)
Por Agustín Silva-Díaz
Con
algo más de una hora de retraso comenzó en el Celarg la
charla “La realidad del colonialismo en su poesía” con el
premio Nobel Derek Walcott. Poco más de cuarenta personas
esperábamos la apertura de la sala y la llegada del gran
poeta.
Walcott
entró con el aplauso emocionado de los pocos privilegiados
que sorteamos el acertijo oculto de la programación del
VII Festival Mundial de Poesía —la comunicación menos
directa, como si el responsable de publicitar el esfuerzo
fuese el Góngora de Las soledades—. Entró
enfundado en un chaqueta clara, el más elegante Caribe,
escoltado por el poeta y traductor jamaiquino Keith Ellis
y una joven y sonriente intérprete que contagiaba la
sonrisa al poeta.
Walcott,
luego de la presentación del presidente del Celarg,
Hernández Montoya, agradeció el privilegio de estar ante
tan exigua audiencia, y en un tono algo más verde, la
belleza de su joven intérprete. Obviamente estaba
complacido con la compañía que le habían asignado los
organizadores.
La
charla propuesta por Walcott giró —o al menos era su
intención— en torno a Caliban, el único de los
representantes de los “pueblos originarios” con cuerpo de
La tempestad de Shakespeare, anagrama de
“canibal” y esclavo de Próspero. Es sin duda uno de los
personajes más intrigantes y atractivos de la enorme
contribución de Shakespeare de personajes inolvidables.
Caliban es deforme y malvado pero habla con extraordinaria
belleza. Caliban es el poeta de la obra, y es el poeta en
lengua ajena que la usa como instrumento para mostrarse.
Walcott
trató de aproximarse a este complejo personaje que se
apropia de la lengua
You taught me language, and my
profit on’t
Is, I know how to curse. The red plague rid you,
For learning me your language!
con el
beneficio de poder maldecir a su amo en la lengua
aprendida.
Walcott
pronunciaba con cuidado cada oración para dejar
inmediatamente la pausa que debía aprovechar la
traductora. Estaba, la hermosa niña de la sonrisa
contagiosa, en una situación nada fácil. Debía traducir al
momento a un consagrado poeta precisamente hablando de
poesía y lenguaje. Es un compromiso que alarmaría al más
experimentado. Su primera traducción fue un piropo que el
octogenario le dirigía públicamente y que no supo bien
como comunicar al resto. “Se encuentra muy feliz de tener
a alguien tan hermoso que le sirva de voz. Se refiere a
mí” confesó con la sonrisa algo más tensa. La joven
intérprete se vio sobrepasada por la circunstancia. No
conozco la experiencia —ni siquiera sé su nombre, no lo
dijeron nunca— de esta intérprete, no sé si tiene
formación en literatura, si conoce la literatura del poeta
o de otros poetas caribeños similares. Lo cierto es que
las palabras de Walcott se veían constantemente alteradas
en nuestra lengua. Negaciones que olvidaba incluir
invirtiendo el sentido de la frase, acotaciones que eran
descartadas por un criterio sintético algo radical,
confusiones de palabras básicas entre palabras como
“World” o “Word”, palabras que hacen mundos de diferencia
entre lo dicho y lo interpretado. A las pocas oraciones el
traductor y poeta Keith Ellis comenzó a hacerle
correcciones al oído a nuestra intérprete. Algunas
oraciones más, y el poeta jamaiquino desesperado le quitó
el micrófono a la traductora. Keith Ellis es un buen
traductor pero el español no es su lengua y la labor de
intérprete requiere de un automatismo que es una habilidad
más fácil de desarrollar en la lengua materna. Al poco
rato, Roberto Hernández Montoya estaba contribuyendo en la
traducción. Walcott veía mal que le enmendaran la plana a
su hermosa compañía e hizo gestos para que le devolvieran
el micrófono. Algunas oraciones más consiguió traducir al
público la joven intérprete sin poder evitar las
acotaciones de los otros poetas. Cuando el jamaiquino
decomisó de nuevo el micrófono a la vez que el público
hacía su propia traducción participativa —a gritos—
Walcott dijo que no podía tener tres [o en realidad
decenas de] traductores. Ellis le devolvió a disgusto el
micrófono a la intérprete pero era muy tarde: el público
se había envalentonado y quería meter su cuchara en esa
morada traducción. Voces exaltadas proponían adjetivos más
o menos precisos como alternativas a las elecciones de la
traductora. A mi lado una profesora de Idiomas Modernos de
la UCV no podía con la pena ajena y me garantizaba que esa
no había sido alumna suya. Walcott miraba boquiabierto
como apenas unas sencillas frases había causado tan
improductivo debate y detuvo sus reflexiones, seguro que
con mucho más en el tintero, para invitar a los presentes
a dialogar acerca del tema propuesto.
-No he venido aquí a dar una
conferencia. El grupo que me escucha debe ser de colegas
escritores o de aficionados a la literatura. Prefiero el
diálogo, así que los invito a partir de mis comentarios
iniciales a hacer los suyos o bien sus preguntas.
La
primera pregunta fue interesante. ¿Es usted Caliban?
Walcott dijo que todos los escritores del Caribe son
calibanes pero que era mucho más complejo que eso.
Cuando iba la cosa a ponerse más interesante justamente
para abordar esa complejidad y aprovechando una de las
pausas producidas por otro desacuerdo lingüístico entre la
traductora y el poeta Keith Ellis, se acercó al micrófono
un poeta boliviano que inició una larga y disparatada
introducción. Nos hizo saber, para los que no lo sabíamos,
que había ganado con sus versos el premio en los juegos
florales. De verdad. Mientras al oído, la traductora
trataba de convertir el revolucionario discurso del poeta
boliviano para que Walcott siguiera la intervención, vimos
como las cejas del poeta del Caribe se arqueaban. “Your
question, please” interrumpió la avalancha. Pero el poeta
boliviano sentía que tenía todavía mucho por decir “No,
no. Por favor permítame terminar la idea…”. La traductora
seguía pegada al oído de Walcott y la cara del poeta era
de furia. Gritó con furia “No! You shut up! I’m running
this place!”. Al poeta del altiplano florido no le quedó
más remedio que hacer una pregunta que mantuvo el
sobresalto del de Omeros. “¿Calibán será Satán?
Así al menos lo vemos en Bolivia.” Walcott miró con
desconfianza a su traductora, con incredulidad. Juntó los
labios con fuerza y miró a Ellis con la esperanza de que
hubiese algún problema de traducción. Ellis no dijo nada.
Walcott
volvió a La tempestad y repasó el tema de la
belleza de las palabras de Caliban, muy superiores a las
de su maestro y amo Próspero. La naturaleza del poeta.
Entonces se arriesgó a abrir de nuevo los micrófonos a la
audiencia. Un caballero de edad provecta mostró una
agilidad inusual en alcanzar el micrófono. “Vivimos en un
mundo sometido por la tecnología. La nueva ciencia lo
abarca todo. ¿Ud. cree que la poesía es una ciencia o que
la ciencia es poesía?”. Los labios de la traductora se
seguían moviendo cerca del oído de Walcott cuando su cara
mostraba unos ojos muy abiertos y una quijada que no podía
mantener cerrada. Miró a la traductora con la convicción
de que debía ser un problema de interpretación. Ellis
miraba a piso. Hizo una pausa y sólo comentó: “No sé qué
entiende Ud. por ciencia”. Una última pregunta,
comprometida con el poseso, intentó buscar su opinión
acerca de los eventos que como ese significaban una
revolución cultural. Walcott agradeció la invitación con
el deseo de que este tipo de esfuerzos se dieran en otras
partes del mundo (quizás precisamente en otras partes del
mundo). Ellis tomó el micrófono para convertir las
palabras agradecidas en una loa desatada a lo que sucede
en nuestro país. Decidió el poeta Walcott que sería mejor
que leyeran un poema suyo, en la traducción y voz de Keith
Ellis y que luego él lo leería en el original. Escogió
“Names” que leyó sin mucha intensidad el poeta jamaiquino
en nuestra lengua y no mucho más metido en personaje un
agotado Walcott. No hubo más preguntas. El Nobel se negó
rotundamente a decenas de solicitudes de entrevistas
personales. La sala vacía igual se negaba a vaciarse
enteramente y las pocas decenas de curiosos y periodistas
de Telesur rodeaban al poeta que obviamente lo que quería
era huir de la escena del crimen. Al día siguiente supimos
que estaba de reposo con una infección respiratoria.
(Quizás precisamente esa fue la explicación, o al menos me
gustaría creerlo, para que nunca encendieran el aire
acondicionado de la sala cerrada. O quizás parte de la
escenografía para sentirnos más Caribe.)
Obviamente que las críticas a este encuentro no parten de
la elección del tema, que no por manido deja de ser muy
interesante y menos en las manos de un gigante como
Walcott. Tampoco es mi intención detenerme en lo poco
popular que fue el evento presenciado por los periodistas
de Telesur y unos pocos afortunados más. Sino en la
organización y los problemas que trae la improvisación.
¿Cómo es posible que el “Festival MUNDIAL de Poesía” no le
preste importancia a la elección de los traductores
encargados de ser las voces de los invitados? El esfuerzo
de tener a Walcott destruido por la improvisación y falta
de cuidado. Un encuentro sobre literatura requiere de
expertos, de curtidos traductores, de intérpretes rodados
y que compartan el gusto por la palabra poética. Otra
oportunidad perdida, por el público que no pudo
aprovecharlo y por la comunicación interrumpida. Ojalá
Walcott ya esté bien. El famoso octogenario ya se debe
haber ido con sus versos a otra parte, a donde esos versos
encuentren lugar.
Prodavinci, 7
de junio de 2010
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