¿Hay diferencia
entre abandonar un hamster en plena vía pública y
defender a una empresa que produce un fármaco, cuyos
efectos secundarios causan estragos en la población?
¿No es lo mismo un niño africano de ocho años
empuñando un rifle que uno venezolano comandando una
banda de azotes de barrio? ¿Acaso hay distinción entre
dos parejas francesas discutiendo por sus hijos y dos
bandos políticos insultándose en la plaza de Altamira?
Para Yasmina Reza, autora de Un Dios salvaje,
hay un solo ser humano gobernado por una fuerza que lo
hace capaz de autodestruirse. La dramaturga parte de
un episodio "infantil" para abordar un complejo
conflicto del género "pensante". Mas no es fácil la
tarea...
En Art puede ser condescendiente con los tres
hombres que casi se matan por un cuadro en blanco.
Cualquiera pudiera aceptar como amigo a alguno de
ellos. Pero en Un Dios salvaje no puede ser
piadosa. Los personajes son repugnantes. Se revuelcan
en sus propias heces. El vómito en escena delata la
sensación que le producen los casos que presenta. Pero
es tan brillante la creadora que todos ríen al verse
reflejados en el estercolero.
El Grupo Actoral 80 -al que le fue arrancado el apoyo
estatal- presenta su versión de una pieza premiada
internacionalmente, que se torna universal al mostrar
al ser humano en todo su esplendor y decadencia.
Héctor Manrique dirige a Carlota Sosa, Martha Estrada,
Iván Tamayo y Basilio Álvarez en esta ácida comedia.
Un niño le sacó dos dientes a un compañero con un
palazo. Los padres del "agredido" han invitado a su
"hogar" a los padres del niño "agresor" para tratar de
solucionar "civilizadamente" la situación. Lo que
comienza como un cordial encuentro se va tornando en
una batalla campal que deja al descubierto la miseria
humana de cuatro individuos en conflicto consigo
mismos, con sus parejas y con la humanidad.
Paulatinamente van saliendo los demonios del hombre
vulgar, que aplaude que su hijo, el "agredido", lidere
una pandilla, y avala que haya llamado "soplón" a su
compañero; el abiertamente salvaje, refugiado en un
teléfono celular, que ve en el hijo su más vivo
reflejo y justifica el batazo; la "perfecta",
preocupada por la humanidad, que no se da cuenta de
que tiene un incendio en casa; y la mujer tímida,
sumisa y aparentemente culta y educada, que se
vulgariza con unos traguitos de coñac.
Con fino humor negro, Reza muestra la fragilidad de
las relaciones y las lealtades, con alianzas fugaces
entre personajes inconsistentes, la incapacidad para
autoevaluarse y asumir responsabilidades, la miopía
que genera el egocentrismo, el materialismo...
Si Invictus, de Clint Eastwood, es una película
necesaria en una Venezuela obligada a reencontrarse
con los conceptos de reconciliación, tolerancia y
auténtica política, Un Dios salvaje es una obra
de teatro imprescindible en un país enceguecido por la
polarización.