Siete
realizadores que dieron que hablar con sus primeras
películas se enfrentan al reto más difícil: la
segunda. De Borja Cobeaga a Nacho Vigalondo.
¿Cumplirán las expectativas? Superada la novedad, se
sienten observados con lupa.
El plano dura
diez segundos, pero llevan casi una hora intentando
grabarlo. Exige máxima coordinación: cuando Unax Ugalde,
el protagonista, apoye el pie sobre lo que parece una
piscina congelada, el hielo falso -de resina- debe
resquebrajarse suavemente. Pero el técnico de efectos
especiales se adelanta una décima y la grieta surge
antes que la pisada del actor. Toca repetir.

Eugenio
Mira prepara una escena con Eduardo Noriega y Bárbara
Goenaga
Otros directores
perderían la paciencia. Borja Cobeaga no. Ni un grito,
ni una cara larga. Sale de su puesto de mando (una
especie de tienda de campaña con ordenadores), da
algunas instrucciones y regresa a su silla. Son las dos
de la madrugada. Les quedan cuatro horas hasta que
amanezca. Cada minuto es oro. Han cumplido la cuarta
semana de rodaje -el ecuador- de No controles, su
segunda comedia tras Pagafantas (una de las
producciones españolas más vistas de 2009). Se
desarrolla en el hotel de un aeropuerto cerrado por un
temporal. La nieve artificial cubre los árboles de un
set a las afueras de Madrid.
Si la próxima
toma, la sexta, vuelve a fallar, Cobeaga (San Sebastián,
1977) tendrá que esperar otro cuarto de hora: lo que
tardan los especialistas en que la resina sobre madera
parezca una superficie de hielo intacta. La película
debe estar lista en diciembre. Pese a las prisas, no van
a matacaballo. Algunos compañeros ven al cineasta más
seguro y paciente. "Disfruta más de los planos y se ríe
más". Él no lo desmiente: "En Pagafantas tenía
más cambios de humor". Da fe su productor, Tomás
Cimadevilla, que comenta: "Trato de cuidarlo más; pero
siempre intentando que, por tener más medios, no pierda
frescura".
Cobeaga se
enfrenta, como varios cineastas de su generación, a su
segundo largometraje. Acaso el más difícil. El que,
según el tópico del mundillo, hay que saltarse para
rodar directamente el tercero. Atención al dato: desde
julio de 2009 hasta este mes se estrenaron en España 120
producciones nacionales. De estas, 37 eran primeras
películas. ¿Y segundas? Sólo cinco.

Nacho
Vigalondo, cineasta
¿Tan difícil
resulta repetir? A priori, no. Al menos
económicamente: una segunda cinta opta a las mismas
ayudas que un debut, ya que el Ministerio de Cultura
considera "nuevo realizador" a quien ha dirigido menos
de tres obras. En cambio, los productores coinciden en
que se nota más presión: "Es proporcional al éxito de la
primera", señala José Antonio Félez, productor de El
bola o Azuloscurocasinegro. Y va más allá:
"Los autores suelen ser más ambiciosos, se lo ponen
ellos mismos más difícil".
Tal vez sea el
caso de Rodrigo Cortés (Ourense, 1973), que ambienta
Buried (Enterrado) dentro de un ataúd... donde un
hombre despierta con un mechero, un cuchillo y un
teléfono móvil. En el festival de Sundance causó
sensación, y la revista Variety ha incluido a
Cortés entre los "diez directores a los que seguir la
pista". Y eso que se rodó en Barcelona con un único
protagonista, Ryan Reynolds (X-Men Orígenes:
Lobezno). La estrella no condicionó el presupuesto
(apenas dos millones de euros), aunque sí los plazos: 17
días. Cortés la montó en seis semanas, casi sin dormir.
El realizador disfruta de un control inusual de su obra,
más aún considerando que la anterior, Concursante,
recaudó por debajo de lo esperado. Aquello le enseñó a
"no desistir... y rebajar las expectativas".
Para Gabriel
Velázquez (Salamanca, 1968), el éxito no tiene que
ver con la taquilla. Su vara de medir son los
festivales. Amateurs participó en San Sebastián;
espera poder repetir con Iceberg, que está
montando estos días en un búnker al abrigo del
asfalto madrileño. Doce horas al día puliendo detalles
en el programa Final Cut. "A ver cómo aligeramos esto...
corta ahí, justo antes de que se lave la pierna". Se ven
manchas de sangre en el muslo de una niña que ha sufrido
su primera experiencia sexual. Velázquez aborda el
despertar a la adolescencia. Escogió a los cuatro
chavales protagonistas entre 4.000 candidatos. No
aparece ni un adulto en todo el metraje; sí algún perro
(ni caso al consejo de Hitchcock).
Si todas estas
películas (salvo No controles) han recibido
subvenciones, para Velázquez las ayudas suponen la mitad
del presupuesto. Y aun así arriesga mucho de su
bolsillo. De ahí que haya trabajado con solo 12 personas
(y algún becario). Nada de vestuario ni maquillaje. ¡Hay
que ahorrar! "Eso puede limitarte, pero agudiza tu
ingenio. Te obliga a una planificación sencilla, cámara
al hombro. Aunque tuviese el triple de dinero, la
rodaría igual". Sólo le agobia "negociar con todo el
mundo".
La mayoría de los
directores de ficción suele repetir, según fuentes de
Cultura y el ICAA. Los documentales son otro cantar.
Pero Santiago Zannou (Madrid, 1977) siempre ha peleado a
la contra. Tras El truco del manco (Goya al
director novel) se ha reafirmado en un cine "visceral y
comprometido". En "dar voz a los que no la tienen, como
los inmigrantes".
Eligió la
historia de su padre, que hace 38 años se marchó de
Benín. Su patria, a la que ahora regresa. Zannou se
trasladó a África para asistir al reencuentro, que
titula La puerta de no retorno. "Allí las
carencias logísticas se compensan con esfuerzo humano.
Cuando tocaba arrancar el camión, lo empujábamos entre
todos". De vuelta a Barcelona, "con la mirada menos
manipulada que antes", se ha recluido para el montaje...
con ocasionales pausas y alguna cerveza fría.
Ninguno de estos
autores emergió como un número uno, como Amenábar
o J. A. Bayona (que tras el éxito de El orfanato
rueda este agosto con Naomi Watts). Aun así, el mercado
tiende a encasillarlos en el género de su primer largo,
como explica Juan Gordon (productor de Celda 211):
"Parece que quien hizo terror no tiene derecho a
rodar una comedia". Se refiere al giro radical del
sevillano Paco Cabezas: de Aparecidos al humor
negro de Carne de neón. Ojo al argumento: un
joven (Mario Casas) regala un prostíbulo a su madre, ex
presidiaria.
Elías
Querejeta lanza una reflexión: "El debutante siente
incertidumbre, mientras que en su segunda experiencia
toma decisiones más inmediatas". Cabezas, sin saberlo,
lo ilustra con un ejemplo: en el rodaje, en Buenos
Aires, un día se puso a diluviar. Un novato habría
suspendido la jornada; él rodó el chaparrón. "Quedó
maravilloso. ¡Imagina lo caro que habría sido con lluvia
falsa y grúas!". De formación autodidacta (igual que
Velázquez y Cortés) y "fan de las segundas películas,
como Taxi driver", defiende "rodar con riesgo,
como si cada plano fuese el último".
Rondan la
treintena, pero no comparten orígenes, estilos o gustos.
A estos realizadores solo los une la edad... y la
espera. Todos han sufrido retrasos. Nacho Vigalondo
(Santander, 1977) primero vio postergarse el estreno de
Los cronocrímenes. Y en 2010 sus dos proyectos en
Los Ángeles van tan despacio que le ha dado tiempo a
sacarse de la manga un tercero que satisfaga su
"necesidad visceral de rodar": Extraterrestre,
con un único escenario (un piso en Tirso de Molina).
Vigalondo relata la trama: "Es una especie de La
guerra de los mundos, pero como si Tom Cruise, en
vez de estar en el ojo del huracán, viviese al otro lado
de la ciudad y le pillase de rebote".
Hay otro punto
en común: la cautela. Después de críticas
excelentes, Cobeaga o Vigalondo se temen lo peor.
Productores como Félez se lo advierten: "La novedad
ponía a los medios a su favor; las facturas se pasan con
la segunda obra". Quien no va a tener ese problema es
Eugenio Mira (Alicante, 1977): su primer largo, The
Birthday, nunca llegó a estrenarse después de
sorprender en Sitges. "El productor se quedó sin dinero;
así de simple", resume Mira. Instalado en el piso de J.
A. Bayona ("un templo a Superman" en el Eixample
barcelonés), compone la partitura del melodrama
Agnosia. La va a grabar con orquesta sinfónica.
Lógico que se sienta privilegiado: 3,7 millones de
presupuesto, un reparto con Eduardo Noriega, decorados
de la Barcelona del siglo XIX, 300 extras... El cine
español, con sus defectos, "permite segundas
oportunidades", afirma Paco Cabezas: "En EE UU los
ejecutivos te cortan el cuello si fracasas a la primera.
Aquí se premia una mirada personal".
Noche cerrada
en el hotel de No controles. "Silencio,
atentos". El equipo está expectante. Se respiran algunos
nervios. No de Cobeaga: como sus colegas, ha aprendido a
esperar. Ya no cuenta con "el beneficio de la duda que
avala el debut", como dice Gerardo Herrero. El director
ha llegado lejos y quiere seguir. Fija la mirada en la
pantalla. Ve que Unax Ugalde pisa por sexta vez el hielo
artificial. Los diez segundos de plano se hacen eternos.
Al fin, la grieta aparece a tiempo y con la intensidad
perfecta; resulta creíble. Aplausos. Cobeaga sonríe:
"Justo has venido en el día más tenso". Quién lo diría.