Juan Antonio Coderch de Sentmenat (1913-1984) fue
uno de los grandes arquitectos europeos del siglo XX.
Quizá por elitista, quizá por conservador, quizá porque
era un caballero de los que aún hablaban del honor, ni
él ni su obra son hoy tan famosos como merecen. Poseía
una virtud no muy abundante en el ramo de la
arquitectura, el sentido común, y decía verdades tan
obvias como aplastantes. En el libro Conversaciones
con J. A. Coderch de Sentmenat, de Enric Soria, se
incluye esta frase: “No hay nada peor que un
imbécil culto y realizado”.
Es una frase que
siempre tengo presente. Sabiendo que, como la mayoría,
tiendo a la imbecilidad, procuro culturizarme lo mínimo
y mantener mi vida cerca de la orilla del fracaso.
Confío en que no
parezca demasiado oportunista hablar en estos momentos
de
Raymond Domenech. No hay más remedio que hacerlo.
Recuerden que el periodismo es básicamente oportunismo y
unas cuantas cosas más que ahora no recuerdo.
Y subrayo que no tengo intención de hacer leña del árbol
caído. Hago notar que considero a Domenech
un hombre culto y realizado; en pocas crónicas
sobre él encontrarán hoy dos elogios tan rotundos.
También le considero, por supuesto, un imbécil.
La imbecilidad, insisto, es una cualidad muy frecuente
entre los hombres. Y, en principio, del todo respetable.
Domenech fue un
jugador vulgarote y muy leñero. Hasta aquí, ningún
problema. Pero se dejó crecer un mostacho espectacular
y, con el fin de intimidar a los adversarios, decidió
adoptar una personalidad futbolística inspirada en el
actor
Charles Bronson: ¿observan el inconveniente de
mezclar la imbecilidad con la cultura, aunque sea
cultura barata?
Fue
jugador-entrenador del modestísimo Moulhouse y en 1989
asumió la dirección técnica del Olympique Lyonnais, un
club de Segunda. Domenech suele presumir de que en su
primera temporada logró el ascenso y en la segunda
clasificó al Lyon para la Copa de la UEFA. Desde
entonces se considera un técnico consumado. Es decir, un
hombre realizado personal y profesionalmente, poseedor
de las claves del éxito. Conviene señalar, sin embargo,
que en 1989 el Lyon había sido adquirido por el magnate
Jean-Michel Aulas, y que, con el presupuesto que tenía a
su disposición, lo menos que podía conseguir Domenech
era lo que consiguió.
Sustituido a los
dos años por Tigana, que lo hizo mejor, Domenech se hizo
cargo de la selección francesa sub-21 entre 1993 y 2004.
Alcanzó la final de la Eurocopa 2002, pero la perdió.
Luego se hizo cargo de la selección absoluta.
El popularísimo
periodista radiofónico Eugène Saccomano lanzó en su
momento una voz de alarma: “Va al cine, lee
libros, hace teatro, hay un intelectual al frente de la
selección”.
Ser culto o
incluso intelectual no es, reinsisto, un problema en sí
mismo. Guardiola, por ejemplo, es un tipo culto, pero
antes de que el Barça saltara al césped para disputar la
final de Roma, enardeció a sus jugadores con unas
imágenes de
Gladiator. Domenech, en cambio, preparó a sus
jugadores de la sub 21 (chavales llamados Zidane, Thuram
y Makelele) para un partido trascendental llevándoles a
ver la trepidante obra teatral Endgame, de
Samuel Beckett. Les hago una brevísima sinopsis de
Endgame: son cuatro personajes, uno inválido, otro
que no puede sentarse y dos sin piernas que viven entre
basuras; la frase esencial de la obra es “no hay nada
más divertido que la infelicidad”. ¿Captan la diferencia
entre el culto inteligente y el culto imbécil?
Domenech debió
recordar eso de que la infelicidad es divertida
en 2008, cuando, tras la miserable eliminación de
Francia en la Eurocopa, dedicó la conferencia de prensa
final a pedir públicamente a su novia que se casara con
él. Ya ven, un hombre emotivamente realizado.
Prefiero no hacer
comentarios sobre los criterios astrológicos por los que
Domenech excluía de la selección a los de signo
“escorpión” y evitaba alinear en defensa a los de signo
“leo”. Cada uno cree en lo que le da la gana.
Tampoco comentaré
la conmovedora aparición de la señora madre de Domenech
en la televisión francesa, sintiéndose aludida por las
palabras de Anelka sobre su presunta laxitud moral.
Cuando a un profesional que en su día imitó a Charles
Bronson tiene que salir a defenderle la madre, no hay
mucho que comentar.
Resulta
fascinante que Raymond Domenech haya durado tanto tiempo
como seleccionador nacional francés. Incluso
considerando el subcampeonato de 2006, logrado, dicen
los propios futbolistas, gracias a la autogestión de la
vieja guardia dirigida por Zidane y Henry. Domenech
habrá durado tanto por aquello de que en el fútbol todo
es posible. Afortunadamente.