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De Interés
Mendel
de los libros
Por Héctor Abad Faciolince
No sé por cuál curiosa constancia de la memoria —o de la
realidad— hay un nombre judío que yo asocio con la bondad
y con la pasión por la música y los libros: Mendel.
Música, libros, judíos de Europa oriental y del Imperio
Austro-húngaro de la primera mitad del siglo XX. Y una
gran ciudad donde todo esto se origina: Viena.
Los dos
primeros momentos de mi memoria son dos recuerdos de
personajes librescos, es decir, imaginarios. Sus autores
fueron un par de escritores inmensos y dos grandes amigos:
Joseph Roth y Stefan Zweig. Hace poco El Acantilado
publicó la magnífica correspondencia entre ellos, donde
uno puede leer la angustia y la desesperación de Roth ante
el ineluctable crecimiento del nazismo en los años 30 del
siglo pasado.
El
primer Mendel de mi historia es Jacob Mendel, protagonista
de un cuento extraordinario de Stefan Zweig, publicado por
primera vez en alemán en 1929. El título del cuento lo
dice casi todo: “Buchmendel”. Buch, en alemán, es “libro”,
por lo cual la palabra creada para el cuento es algo así
como “Mendel de los libros”, o, literalmente, Libro-Mendel.
No quiero contarles la historia, para que la lean, pero
todo se desarrolla en un pequeño café de Viena, donde este
sabio librero despachaba, y donde es acusado (por judío)
de traición a la patria y enviado a un campo de
concentración donde todo lo pierde (la memoria y los
libros), en tiempos de la Primera Guerra Mundial.
El
segundo Mendel es Mendel Singer, el protagonista de una de
las novelas que a mí más me han conmovido desde que estoy
leyendo: Job, de Joseph Roth, publicada inicialmente en
1930. Este Mendel es un hombre pío que abandona a su hijo
enfermo en un remoto poblado de Europa oriental y se va a
buscar fortuna en Nueva York, donde no encuentra más que
desgracias. No les diré tampoco el desenlace hermoso de
esta historia, pero puedo anticiparles que tiene que ver
con la música y con canciones infantiles que este padre
adolorido le cantaba a su hijo enfermo antes de
abandonarlo a su destino.
El
tercer Mendel es real y vine a conocerlo apenas esta
semana en la revista Dinero. La persona que más sabe de
libros viejos en Colombia se llama Mauricio Pombo. Lo poco
que yo sé sobre libros viejos a él se lo he aprendido.
Buchpombo, digámosle así, cuenta la tristísima historia de
un judío vienés que vivió 24 años en Colombia: Bernardo
Mendel. Su pasión eran la música y los libros. Este Mendel
nuestro consiguió reunir la mejor biblioteca del país y
antes de morir quiso donarla a la Biblioteca Nacional. Así
lo cuenta Buchpombo: “Hace cincuenta años, el país se negó
a recibir en calidad de donación una de las más
importantes y valiosas bibliotecas privadas del
continente: la colección del arriba mencionado señor
Mendel. No estoy exagerando: Colombia se negó a recibir en
donación uno de los más grandes tesoros bibliográficos de
América Latina y se negó a ello con una argumentación
digna de entrar en los anales como summa cum laude de la
oligofrenia universal”.
Más que
oligofrénica, es una historia infame y deben leerla
completa en el relato de Pombo. Les cuento el desenlace:
dos mediocres que han pasado a la historia colombiana como
grandes intelectuales, Germán Arciniegas y Enrique Uribe
White, se negaron a aceptar esta donación porque el judío
Mendel pedía que ese fondo llevara su nombre. Y un nombre
judío como Mendel no podía manchar las paredes de la
Biblioteca Nacional. Hoy el Fondo Mendel es el orgullo de
la Lilly Library en la Universidad de Indiana, y la
historia de este Mendel real es tan triste y aleccionadora
como la de esos otros dos Mendel literarios.
Por
esos años Colombia también vivió, a su medida, ese
ambiente antisemita que se vivió en Europa. Cuando Stefan
Zweig, desesperado, se quitó la vida en Petrópolis, ese
otro prohombre colombiano tan amado por Fernando Vallejo,
Laureano Gómez, escribió que el suicidio era el destino
natural de esa raza infame, la judía, y que bien había
hecho Zweig en eliminarse a sí mismo, ahorrándoles el
trabajo a la razón y a la fuerza.
Prodavinci, 5
de julio de 2010
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