De Interés

 

Hermano, de Marcel Rasquin

 

Por Cristina Rafalli


En un país distraído de la esperanza, era necesario que Hermano, la ópera prima de Marcel Rasquin, ganara un premio tan importante como el San Jorge de Oro (a la mejor película) en el Festival de Cine de Moscú. Necesario, antes que nada, para que esa tensa distracción, el agobio en que vive Venezuela, cediera espacio en la cotidianidad de los ciudadanos, para animar a un público que persiste en su escepticismo ante la cinematografía nacional.

Llegó a las carteleras con el aval de haber sido elegida como la mejor película de un festival "Clase A", del mismo rango que los de Cannes, Venecia o Berlín.

Ganó por unanimidad de un jurado que presidió nada menos que Luc Besson, uno de los colosos mayores del cine mundial. Por si fuera poca cosa, se llevó también el premio de la crítica y el premio del público.

Así llega Hermano a las salas nacionales.

Lo que era su aval, fácilmente podía convertirse en un revés de expectativas.

Pero ocurre todo lo contrario. La sorpresa es el signo de la película. Fase a fase va creciendo y haciéndose más consistente, planteándose desafíos y compromisos que se van satisfaciendo para sembrar retos nuevos y mayores hacia la construcción de un universo autónomo (toda gran obra llega a serlo) en el que todo fluye a su pálpito: humor, verosimilitud, comprensión de la trama, amor a cada uno de los personajes, sentido dramático, sensibilidad sin sentimentalismo, ausencia total de maniqueísmo. Una visión completamente inédita de la pobreza, de la violencia y de la esperanza. Si el público venezolano ha pasado décadas reclamando al cine nacional el cultivo de un solo tema, aquí encontrará una satisfacción plena, signada por la originalidad.

Hermano prueba que aún había mucho que decir sobre la vida en las ciudades paralelas que son las barriadas caraqueñas.

De Hermano asombra todo. Su ritmo, su estructura sinfónica en la cual cada fragmento tiene vida propia y ocupa un lugar dentro de un todo que lo supera. Un sentido visual que redescubre la topografía caraqueña, no por un embelesamiento en Ávila, consuelo mayor de los capitalinos; no por una evasión embelesada en la luz de este fragmento tropical, sino precisamente porque devela, o mira por primera vez sin condena y sin horror, los vericuetos de ladrillos sin friso y escaleras cerro arriba que la mirada común desea evadir; la marginalidad urbana, aquí, goza de una interpretación sin juicio de valor. El paisaje urbano no es un personaje en este film, sino el magma del que brota la historia, y esa historia reside no en el empeño voluntarioso de un guión, sino en lo más profundo de cada personaje que la carga y la pasea, que la vive, que la padece y la hace goce y sobre todo, que la honra y la transforma con toda naturalidad, porque simplemente le pertenece.

Y para lograr convencer al espectador de que esta historia es patrimonio de sus personajes, hay que saber actuar. Y en esto Hermano cuenta con un recurso artístico que, de nuevo, asombra, exalta, conmueve. El protagonista de Hermano, Fernando Moreno, se estrena en el cine luego de pocos unos años en el teatro. Para Eliú Armas, co-protagonista, ésta es la primera experiencia actoral. Ellos, junto al resto de los actores, junto al director y co-guionista, junto a la profesionalísima producción, ellos, autores de esa forma pura del arte colectivo que es el cine, han logrado una obra en la cual nos hermanamos, mientras tragamos el polvo de las canchas improvisadas de fútbol, mientras reímos e intentamos contener el llanto, mientras sudamos y bailamos en una fiesta de barrio, cómplices de los sueños y de las condenas de cada personaje


 
Tal Cual, 19 de julio de 2010

 

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