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De Interés
La
muñeca que se ganó a Ibsen
El autor noruego va contra las
convenciones que otorgan a las mujeres roles específicos
en la sociedad o que las hacen imágenes de los deseos
masculinos
Por Michelle Roche
La primera edición de Casa de
Muñecas, uno de los dramas capitales del universo
literario de Henrik Ibsen, apareció en Copenhague en
diciembre de 1879, unas semanas antes de que comenzara a
representarse en el Teatro Real de esa misma ciudad y
causó polémica por apoyar la independencia de la mujer,
que el escritor la asumía como un aspecto crucial de la
reforma social que debía emprenderse en Europa.
“Creo
que ante todo soy un ser humano, igual que tu… o, al menos
debo intentar serlo. Sé que la mayoría de los hombres te
darán la razón, y que algo así está escrito en los libros.
Pero ahora no puedo conformarme con lo que dicen”, es la
máxima feminista que la protagonista apunta en el último
acto.
En
Casa de muñecas el autor noruego muestra la relación
matrimonial entre Nora y Torvaldo Helmer cuando se
descubre que la mujer había falsificado la firma de su
padre para pedir a Krogstad un préstamo que le permitiría
costear un oneroso viaje con su marido para Italia, donde
él se recuperaría de una enfermedad. Frente a este secreto
el esposo, en lugar de ocuparse de salvar a su mujer del
prestamista o siquiera reparar en su sufrimiento, se
enfurece porque este hecho mancharía su imagen pública.
Allí ocurre la epifanía de Nora, cuando por fin se da
cuenta que ha vivido una mentira.
“He
esperado durante ocho años con paciencia. De sobra sabía,
Dios mío, que los milagros no se realizan tan a menudo.
Por fin llegó el momento angustioso, y me dije con toda
certeza: ‘ahora va a venir el milagro’. Cuando la carta de
Krogstad estaba en el buzón, no supe ni aun figurarme que
pudieras doblegarte a las exigencias de ese hombre. Estaba
firmemente persuadida de que le dirías: ‘vaya usted a
contárselo a todo el mundo’”, le dice a su esposo,
también, en el tercer acto antes de señalarle que lo
abandonará, dejando su estado pasivo dentro de la casa
para construirse a sí misma, como un ser humano. En el
personaje de Torvaldo, Ibsen expone la falsa moral
victoriana y su manipulación de la opinión pública y
parece preguntar qué son las normas, las tradiciones y las
convenciones, sino hechuras del pasado y son esos
fantasmas del imaginario colectivo los que tenían que
exorcizar por medio de una reforma social en la cual todos
los miembros de la raza humana trazaran sus propios
destinos.
Más
adelante, la misma Nora le dice a su esposo: “Tú no
piensas ni hablas como el hombre a quien yo pueda unirme.
Cuando te has repuesto del primer sobresalto, no por el
peligro que me amenazaba, sino por el riesgo que corrías
tú; cuando ha pasado todo, era para ti como si no hubiese
ocurrido nada. Volví a ser tu alondra, tu muñequita (…)
Torvaldo, en ese mismo instante me di cuenta de que había
vivido ocho años con un extraño. Y de que había tenido
tres hijos con él”.
De esta
forma emerge como una mujer independiente y, más
importante en el credo social de Ibsen, como un ser humano
autónomo que rechaza la rutina que la sociedad le impone y
para lograrlo debe asumir el control su propia vida en una
época cuando las mujeres carecían de poder.
Por
esta razón, la imagen más importante de la obra teatral es
al que le otorga su título: Casa de muñecas. Y el
juguete, qué duda cabe, es la misma Nora Elmer, que
primero perteneció a su padre y luego a su esposo: “He
sido muñeca grande en esta casa, como fui muñeca pequeña
en casa de papá”, apunta.
Como
alegoría la muñeca es bastante reveladora en su simpleza
de figura femenina que sirve de juguete o en su definición
como maniquí para elaborar trapos de mujer, porque en
todas sus acepciones representa a un objeto inanimado que
está sujeta a la voluntad de alguien más para moverse: “Tú
me formaste a tu gusto, y yo participaba de él… o lo
fingía… no lo sé con exactitud, creo que más bien lo uno y
lo otro”, le reprocha Nora la esposo.
Nora
fue una hechura de Torvaldo, su muñeca que no pensaba,
juzgaba ni contrariaba sus designios; una abstracción
psicológica construida por el marido para complementar a
la otra abstracción ideológica que era su propia figura
pública de abogado virtuoso. Así su mujer era la metonimia
de sus deseos masculinos; de la misma manera que la figura
retórica transfiere el significado de una palabra a otra,
la mujer se convierte en el reflejo de un ideal del
hombre. La esposa perfecta es la metáfora del hombre
honrado que la comunidad debe ver en el abogado Helmer;
así Nora no existe sino como una idea asociada a su
esposo, sólo cuando abandona la casa (de muñecas) por sus
propios pies nace como un ser humano autónomo.
Con
esta manera de pensar, Ibsen se adelantó más de medio
siglo a los postulados de Simone de Beauvoir en El
segundo sexo (1949), libro en le cual la autora
asegura que el rol de la mujer está marcado por lo
masculino.“Una mujer no nace, sino que se hace”, escribe
en esta obra capital del feminismo francés, con lo que
quiere decir que el comportamiento femenino está tan
reglamentado por las convenciones sociales que ninguna es
esencialmente una mujer, sino que convertirse quiere decir
ser adoctrinada por la sociedad para comportarse de cierta
manera, como una muñeca que la sociedad viste según el
trabajo que le tiene destinado.
En el
universo de Casa de muñecas y la época que
representa la mujer era un constructo cultural que sólo
existe para llenar un papel específico — esposa o madre,
en la mayoría de los casos— y se convierte en el “otro”
del hombre, nunca su igual. Esta es la posición que
desafía Nora al salir de su casa y anunciar un mundo nuevo
en el cual la mujer tiene tanto derecho como el hombre a
trazarse su propio destino.
Prodavinci, 8
de julio de 2010
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