De Interés

 

El cargo habilita

Por Ibsen Martínez


Se cuenta: Corrían los años de la dictadura de Perón y "el Jefe", en trance de designar a un ministro de Comunicaciones, hizo saber que pensaba hacer recaer tan alta responsabilidad en un sindicalista que había ganado su buena voluntad a punta de adulación y obsecuencia.

A decir verdad, el sindicalista no era tal. O mejor dicho, sí era sindicalista pero no había nunca trabajado de firme en oficio alguno, si bien estaba afiliado a lo que por entonces era un nutrido e importante gremio: el de los ferrocarrileros.

Bien vista, esta digresión es innecesaria a los ojos de un lector latinoamericano porque es cosa sabida que se puede descollar en el sindicalismo sin haber dado nunca golpe.

El caso es que a nuestro hombre, ficha sindical del justicialismo, se le describía en algunos círculos como un "chanta" desvergonzado y palabrero con ilimitadas ambiciones de hacer valer su lealtad al general. ¿Quiénes tenían tan mala opinión del nuevo ministro? Una cohorte de chantas igualmente desvergonzados y palabreros, cada quien con ilimitadas ambiciones de hacer valer su lealtad al jefe y asegurarse así un futuro.

Antes de seguir adelante me apresuro a informar que "chanta" es un argentinismo que significa literalmente "fantasma" y nombra coloquialmente a quien dice ser lo que no es y que, muy a menudo, se lo cree verdaderamente.

Como suele pasar en toda autocracia, la opinión del colectivo no pesaba en absoluto: el Jefe quería nombrar ministro al chanta que se apoderó primero que todos lo demás de su apéndice auricular. Pero, tal como suele ocurrir en algunas autocracias ­no en todas desde luego: la nuestra se ha ganado el derecho a ser considerada una excepción en casi todos los terrenos­, Perón quiso aparentar que trataba magnánimamente los asuntos de Estado con sus colaboradores más allegados y consultó con un puñado de ellos qué tal parecía nombrar al Fulanelli ministro de Comunicaciones.

En un primer momento, todos se mostraron remisos a responder; ninguno quiso adelantar una opinión: lucía como una maliciosa "concha de mango". Pero, al cabo, hubo un avorazado que, sencillamente, no pudo más y formuló la objeción de peso: --Con todo respeto, mi General: el compañero Fulanelli... es decir, Fulanelli es un compañero valioso, sin duda, pero no tiene experiencia ministerial.

--Y menos en el rubro Comunicaciones ­añadió otro que vio abierta la brecha para malquistar al jefe con el aborrecido rival.

--Yo iría más lejos ­terció otro­, y me perdonan. Fulanelli dice ser ferroviario, pero nadie lo vio nunca subido a un vagón.

--Y sí: es, si se quiere, un paracaidista­ soltó uno que no las pensaba.

Llegados ya al terreno de las caracterizaciones morales, ninguno quiso callar ante la mirada atenta del General.

¡Quizá no fuese demasiado tarde y era posible quitarle al Jefe la idea absurda de nombrar ministro a Fulanelli! --Un paracaidista y una chanta ­apuñaló uno que hasta ese momento había callado­.

Un hijo de puta, no sé si me explico.

--Che, pará, pará, pará ­reclamó, airado el que había hablado primero­.

El Presidente no quiere escucharnos hablar así de un compañero. No se trata de hacer un retrato moral, ¡y menos con expresiones tan descomedidas!, sino de ayudar a mi general a hacerse un juicio sobre la competencia del compañero Fulanelli.

Y dirigiéndose al Máximo Líder, tartajeó: --Compañero Presidente: saludamos que se nos consulte y en aras de la brevedad, diré que el consenso acá es que el compañero Fulanelli no está habilitado para desempeñar el cargo. El Jefe ya había escuchado bastante; la farsa de la "consulta" debía terminar: No importa: el cargo habilita.


2 "El cargo habilita": he ahíuna de las leyes de composición de todo gobierno colectivista-caudillista, categoría en la que caben los de Cuba, el de la Argentina peronista y, desde luego, el de la Venezuela "protosocialista" de Hugo Chávez.

En los regímenes como el nuestro no es crucial que el Ejecutivo se nutra de los mejores y los más despiertos, basta con que sean ciegamente leales. Con todo, queda espacio para especular sobre qué pudo haber llevado a Jorge Giordani a ser el planificador mayor de la economía bolivariana: ¿Lo "habilita" para el cargo solamente una especial disposición aduladora que se remonta, según la historia oficial, a los días de Yare? ¿O, en verdad, y tal como afirman muchos analistas, la catástrofe de nuestra economía es producto de un madurado plan de destrucción del aparato productivo, concebido por este Doctor No salido de las zahurdas del Cendes, en procura del control estatal absoluto de nuestras vidas? Esta última posibilidad viene abonada por declaraciones que en el pasado, acaso desprevenidamente, formulara Giordani. Una es especialmente iluminadora: aquella en la que el ministro de Planificación bolivariano dijo que el socialismo no se construye desde la abundancia.

Un viejo dicho español sugiere que no hay que atribuir a malicia lo que la simple ineptitud explica suficientemente.

De ordinario me inclino por la sabiduría convencional implícita en los refranes castellanos, pero ante la crisis económica sin precedentes que hoy sacude a Venezuela cabe aventurar que se trata de ambas cosas: ineptitud y malignidad; suprema incompetencia adornada por una superlativa, infamante perversidad.

El dogmatismo, la ignorancia, el odio, la malignidad, el resentimiento y la rapacidad, unidos todos en una empresa de destrucción de lo institucional y de lo material.

Para hacerse de unas comisiones no era preciso comprar alimentos al borde de la descomposición. Pero desentenderse por completo de la mercancía una vez consumada la multimillonaria operación, sin ni siquiera intentar cubrir las formas amagando al menos con distribuirlas, es añadir una vesánica iniquidad que hiere al país de todos.

Incluso el igualitario y "redistributivo" país de pesadilla soñado por Jorge Giordani, a quien, pese al desastre y la ignominia, el cargo habilita para llamarse planificador económico.


 
Tal Cual, 21 de junio de 2010

 

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