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De Interés
"Yo di
los nombres" (I)
Por Ibsen Martínez
(A modo de presentación) En
2002, mientras investigaba en la Biblioteca del Congreso,
en Washington, sentí urgencia de salir a estirar las
piernas y tomar una copa. A la vuelta, entré a curiosear
en una librería y me puse a ojear el número de verano de
la revista británica Granta.
El índice anunciaba una crónica acerca del célebre Hotel
Chelsea neoyorquino, escrita por Arthur Miller.
Había escuchado hablar de ella con mucho encomio y sólo
por eso compré el tomito en que leí por vez primera "Yo di
los nombres", de Adrian Leftwich.
"Yo di los nombres" es el testimonio de un delator,
activista principal de una organización de sabotaje y
propaganda armada en contra del régimen de apartheid
sudafricano. El autor proviene de la minoría blanca de
Ciudad del Cabo y escribió el artículo casi cuarenta años
después de la "escena primitiva" que lo avergüenza.
Al igual que otros compatriotas suyos de la misma o
parecida extracción --blancos de habla inglesa, clase
media acomodada--, Leftwich optó muy joven por una activa
oposición al odioso régimen sudafricano de entonces.
Durante su vida política clandestina, Leftwich dio siempre
muestras de arrojo y astucia.
1
Sin embargo, una vez detenido, su inopinada delación
condujo al desmantelamiento de la organización, al arresto
masivo de muchos de sus compañeros y a severísimas y
prolongadas penas de prisión. La detención de Leftwich
ocurrió justo un mes después de que Nelson Mandela fuese
condenado a cadena perpetua. Las delaciones de Leftwich
fueron obtenidas sin que llegase a ejercerse contra su
integridad física más que una mínima violencia.
"Me ha tomado un largo tiempo poder contemplar lo que
ocurrió e intentar tener algún trato con todo ello.
Ahora que esa obscenidad que fue el apartheid oficial ha
sido formalmente enterrada, quizá haya llegado el momento
de hacerlo. Lo que sigue es no sólo un ensayo acerca de la
política individual del miedo; es también un ensayo en
torno a la política del fracaso y la traición".
2
El texto que Leftwich describe como un testimonio que
linda con el ensayo resultó para mí algo muy diferente:
durante mucho tiempo me tentó poderosamente la idea de
trasmutarlo en monólogo teatral. Una y otra vez su lectura
dejaba en mí la impresión de algo que iba más allá del
atormentado relato de un delator arrepentido o del
valeroso testimonio de una época sudafricana y terrible.
Creo que parte de lo que explica la fascinación que su
texto ejerció en mí está en que, sin mostrar proponérselo,
Leftwich nos interroga sobre muchas inasibles ideas y
emociones que han hechizado y angustiado y sofocado la
vida política latinoamericana --y nuestras vidas
ordinarias-- durante todo el siglo XX.
Una de ellas es el culto al héroe guerrillero, urbano o
rural, de todos los tiempos y las mitologías que rodean al
subversivo latinoamericano. El misticismo moral que hace
del soportar la tortura, o acumular años de vicisitudes
clandestinas, un atributo inmaterial que nos hace mejores
seres humanos e incluso habilita por sí solo para gobernar
mejor a nuestros semejantes menos heroicos.
Según ese misticismo, "Tirofijo" sería siempre mejor
gobernante de Colombia que un buen alcalde de Bogotá. La
voz que habla en el testimonio de Leftwich se sitúa en la
antípoda de ese misticismo que, entre
nosotros, ha resultado catastróficamente descaminador.
Los problemas de
filosofía moral implícitos en "Yo di los nombres" y la
relevancia de lo que Leftwich llama con acierto "política
individual del miedo" y "política del fracaso y la
traición" perturbarían con naturalidad al público de
cualquier sala de Buenos Aires, Ciudad de México, Bogotá,
Santiago de Chile, Caracas, La Paz o Rio. Desde luego,
algún día también de La Habana.
Las descripciones que Leftwich hace de lo que todavía hoy
echa de menos de Sudáfrica ¬--"la pluralidad de culturas y
colores, el mar, el sol"-- y de lo que no echa en absoluto
de menos -"la brutalidad de su historia, la crudeza de
distorsiones sociales que aún perduran en ella, sus
abrumadoras desigualdades"-- resultan familiares a un
escritor del Caribe de habla hispana a quien la palabra
Sudáfrica no remite a ningún exotismo. Al contrario,
resuenan como parte de nuestra propia historia, aun
poniendo a salvo el hecho de que nuestros particulares
apartheids no puedan parangonarse con el sudafricano.
Durante las últimas semanas de 2006 traduje, lo mejor que
me fue dado, el texto de Leftwich. Tan pronto pude, le
escribí contándole de mi aprecio por su texto y
solicitando su autorización para hacer del mismo una pieza
teatral.
Leftwich enseña actualmente Estudios Políticos en la
Universidad de York, en el Reino Unido, y es autor de un
libro notable que no vacilo en calificar como un aporte
significativo al debate sobre las teorías del desarrollo
económico1. Se trata de un estudio comparativo que
contrasta la observancia (o falta de ella) de los derechos
políticos en países tan dispares como Botsuana, Perú,
Malasia, Zaire, Filipinas o Mauricio y su estrecha
relación con el desarrollo económico.
Hoy, cuando los libros del antiguo funcionario del Banco
Mundial, William Easterly, cuestionan de modo categórico
las inconsecuentes panaceas que la ortodoxia multilateral
ha defendido desde el fin de la Segunda Guerra, el libro
de Leftwich se acredita aún mejor por su presciencia --fue
publicado en 2000 y es el resultado de años de estudio-- y
por el valor que otorga a la política como factor de
desarrollo.
4
Su
reacción a mi e-mail fue de halagada sorpresa y razonable
cautela: ¿una pieza teatral? No tenía inconveniente en
principio, "pero hábleme un poquito más del asunto". Lo
hice a vuelta de correo, y llevado de mi entusiasmo, lo
hice muy desmañadamente. Desde luego, no me proponía
parafrasear su texto: sólo dislocar el orden de sus
párrafos, podar aquí o allá, aportar una que otra
precisión histórica y geográfica en obsequio del
espectador, proponer lo que creía podían ser económicos
dispositivos escénicos, etcétera.
Lo que siguió fue un largo silencio de parte de Leftwich
que me hizo pensar que quizá había pulsado yo alguna tecla
sensible e inhibitoria por lo dolorosa. Sea como haya
sido, ofrecí excusas por mi avorazamiento inicial y nunca
más se habló de una pieza teatral.
A cambio de ello, Leftwich y yo sostenemos una
cordialísima amistad epistolar. Me gustaría pasar a
saludarlo personalmente en York, si es que mis asuntos me
llevasen allí algún día. He renunciado, pues, a intentar
una pieza de teatro de cámara a partir de "Yo di los
nombres", pero no a difundirlo en el mundo de habla
castellana a mi alcance.
5
En
uno de sus ensayos recogidos en Más allá de la culpa y la
expiación: tentativas de superación de una víctima de la
violencia (Pre-Textos, 2004), Jean Améry, un resistente
belga a la ocupación nazi, aborda el mismo tema de "Yo di
los nombres" con crudeza equiparable a la del sudafricano.
En ese ensayo se lee: "... ignoro si quien recibe una
paliza de la policía pierde la dignidad humana. Sin
embargo, estoy seguro de que ya con el primer golpe que se
le asesta pierde algo que tal vez podríamos denominar
provisionalmente confianza en el mundo".
Améry acabó por quitarse la vida en Salzburgo, en 1978;
Leftwich, al borde ya de la vejez, y tras décadas de
tormento moral, recuerda que muchos años después de
aquellos sucesos de 1964, el disgusto de sí mismo lo llevó
a contemplar ideas suicidas. "La extinción me había
aterrorizado una vez --dice, aludiendo a sus delaciones--;
la extinción por propia mano me aterrorizaba aún más".
Escribir este testimonio fue,
sin duda, una mejor elección.
(Continuará)
Tal Cual,
11 de julio de 2010
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