De Interés

 

"Yo di los nombres" (II)

Por Ibsen Martínez

Adrian Leftwich
(Versión de Ibsen Martínez)


 

En julio de 1964, cuando tenía veinticuatro años de edad, mi vida en Suráfrica tocó a su fin. Los acontecimientos que condujeron a ello fueron por completo hechura mía. A nadie más pudo culparse. Fui yo quien se precipitó al abismo que se abrió entre mis posibilidades y mis límites, entre mis saberes y lo que de mí mismo ignoraba, entre mis fantasías y mis capacidades. Lo ocurrido no transcurrió en privado, sino públicamente, a la vista de todos quienes me conocían. Aquellos sucesos hicieron añicos un patrón de vida que, hasta aquel momento, había sido activo, prometedor y comprometido.

Por razones que todavía no alcanzo a comprender por completo, intenté hacer cosas que estaban lejos de mi alcance y fracasé. Intenté cambiar el mundo que me rodeaba, pero en el proceso destruí el mío propio y traicioné a mis amigos y compañeros. Dañé la causa en que creía y por la que había trabajado. La mayoría de la gente que hasta entonces me había respetado y se había fiado de mí, me consideraba ahora con desprecio.

Otras personas, en el gobierno y los servicios de seguridad, que habían llegado a ver en mí a un activista radical de cuidado, estaban ahora al tanto de mi fractura; sabían a ciencia cierta que estaba acabado. Cuando, seis meses más tarde, abandoné el país, nada quedaba de la vida que había llevado hasta comienzos de aquel año.

Me ha tomado un largo tiempo poder contemplar lo que ocurrió e intentar tener algún trato con ello. Pero ahora que esa obscenidad que fue el apartheid oficial ha sido formalmente enterrada quizá haya llegado la hora de hacerlo. Lo que sigue es no sólo un ensayo acerca de la política del miedo en lo personal; es también un ensayo en torno a la política del fracaso y la traición.

En el Cabo de Buena Esperanza, en la Provincia Occidental de Suráfrica, llueve en invierno. De vez en cuando las montañas que bordean la península del Cabo muestran su cima cubierta de nieve y, en ocasiones, hasta la Montaña de la Mesa se viste de una delgada capa blanca, pero jamás cae nieve en los pueblos o suburbios.

Con sus hermosas montañas, su clima templado y sus largas costas, el Cabo era un lugar maravilloso e inocente donde crecer entre las décadas de 1940 y 1950. Provengo de una familia de profesionales liberales judíos. Mi padre era un médico apacible, sumamente querido.

Ocasionalmente mi madre daba lecciones de piano, participaba en obras de caridad y jugaba al bridge.

Fue una niñez maravillosa, muy en especial porque el Cabo parecía estar exento de los extremos del clima y la política que caracterizaba al resto del país.

Yo solía viajar a Johannesburg, al norte, a pasar las vacaciones invernales en casa de mis primos.

Ya en mis años de adolescencia, las fuerzas políticas, cuyo origen estuvo en aquellas provincias septentrionales de Transvaal y del Estado Libre de Orange, se habían puesto en marcha hacia el sur.

En aquel tiempo se apoderó de mí un sentimiento de ultraje ante el modo en que mis compatriotas surafricanos eran tratados por el apartheid. Hacia el final de mi adolescencia di en escribir una iracunda poesía de asunto político. Supongo que fue inevitable que, tan pronto ingresé a la universidad, me involucrase tanto en la política estudiantil como en la nacional.

El 4 de julio de 1964, fui despertado al amanecer por la policía política. Mi novia se hallaba conmigo en el apartamento. Fue una invasión repentina y ominosa. Tras los golpetazos en la puerta, en menos de un minuto pasé de un sueño profundo a ver el pequeño apartamento lleno de agentes de seguridad. Abrían gavetas y armarios, echaban abajo los libros de sus estanterías, escrutaban mis archivos, examinaban mis papeles, leían mis cartas, revisaban mis libretas de direcciones y teléfonos, se encaramaban en la terraza y hurgaban en las macetas.

El allanamiento era apenas uno de los muchos que aquella misma mañana se llevaban cabo a todo lo largo y ancho del país. La policía política había venido en procura de material incriminador que pudiese relacionarme con cualquiera de las organizaciones políticas proscritas, o con alguna actividad política ilegal. Hasta donde yo sabía, aparte de unas cuantas revistas académicas y algunos libros probablemente prohibidos, el apartamento estaba "limpio". Pero me equivocaba: había cometido un error fundamental que puso en marcha la serie de acontecimientos que habría de seguir.

Unos dos años atrás, yo había sido reclutado por una pequeña organización que llegó a ser conocida como Movimiento de la Resistencia Africana (MRA), aunque originalmente se llamó Comité Nacional para la Liberación (CNL).

Meses antes de aquel allanamiento matutino, el hombre que había estado entrenándonos en el uso de explosivos me dio a leer un documento. Según recuerdo, no serían más de dos o tres páginas. En términos generales, el documento versaba sobre los pasos a dar una vez se identifica y se pondera un blanco posible, y sobre cómo atacarlo. Muy bien podría haber sido tomado de un manual militar sumamente elemental.

Su tono general era a la vez inocente y comprometedor. Yo lo había ocultado dentro de un libro que coloqué en una estantería y me había olvidado por completo de él. Había muchísimos libros en el apartamento, y fue pura casualidad el que un agente tomase en sus manos aquel libro en particular. Lo estuvo hojeando, dio con el documento y lo entregó al teniente Van Dyk, quien estaba al frente de la operación.

Van Dyk era un muy conocido --y temido-- miembro de la Sección Especial de la policía de Ciudad del Cabo. Yo lo había visto en varias ocasiones, vigilando las manifestaciones y los mítines de protesta, siempre tomando notas. Hombre delgado, Van Dyk te miraba a través de lentes de montura negra y podía pasar rá
pidamente de un perceptivo interrogatorio, conducido con modales corteses, a todo un arrebato de ira. Él y "Spyker" van Wyk, un paniaguado suyo, más violento, a quien yo habría de conocer más tarde, hacían una pareja formidable.

Van Dyk echó un vistazo distraído al documento y no pareció interesarse en él.

Desde donde yo estaba sentado, no podía ver qué documento podía ser aquel, así que procuré mostrarme despreocupado.

Los hombres juntaron un montón de papeles, informes, libros y un disco de larga duración (LP) que iban a llevarse para un examen ulterior. Entonces Van Dyk me alcanzó el documento y me preguntó muy quedo qué era aquello. Cuando vi de qué se trataba, una oleada de miedo me inundó por completo, para luego disiparse.

Hubo un instante, empero, en que sentí que todo mi mundo estaba a punto de llegar a su fin. No puedo recordar con precisión lo que respondí. Es probable que haya tratado de transmitir desenvoltura, tartajeando que seguramente era algo que había encontrado casualmente, o me había sido dado, pero que no podía recordar dónde o cuándo, puesto que no me parecía de importancia.

Repentinamente tuve consciencia del frío. Hacía frío dentro y fuera de mí. Comencé a tiritar y me acerqué a la estufa eléctrica. "Frío, ¿eh?" ­dijo van Dyk­; veo que tienes frío", y había amenaza y comprensión en sus palabras. Los hombres como él, cazadores de hombres, parecen capaces de oler el miedo.

Yo había estado involucrado en la importación de explosivos plásticos, en la voladura de torres del tendido eléctrico y de cables de señalización ferroviaria.

También en el intento de destruir una radioemisora. Ser hallado culpable de ese tipo de sabotaje entrañaba una sentencia obligatoria mínima: no menos de cinco años de prisión. Más probablemente, diez o veinte años; posiblemente cadena perpetua y, concebiblemente, la muerte en la horca: estaba en serios problemas.

(Continuará...)


 
Tal Cual, 18 de julio de 2010

 

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