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De Interés
La
encuesta electoral: género literario de ficción
Por Ibsen Martínez
1.
El peor incordio que nos hace padecer la morralla de
insufribles "demoscopas" venezolanos en este trance "presocialista"
es su presuntuosa jerga.
Transcribo ahora lo que de la jerga tuvo que decir la
inolvidable Marthe Robert, intelectual genuina, ella sí,
que en una de sus obras anotó esta fulminación de la jerga
como instrumento de oscurecimiento y, por ello, de
manipulación; como "vocabulario del poder", diría un
posmoderno. Dice la Robert: "Toda jerga supone una
ideología que, por una u otra razón, teme dejarse ver con
demasiada claridad. El saneamiento y la liberación del
pensamiento pasan, pues, necesariamente por un rechazo
crítico de la jerga, ya sea escrita o hablada».
La encuesta electoral como género ancilar de la industria
de la opinión merece un lugar destacado en el panteón de
los lenguajes del poder, aunque más no sea en la medida en
que mucho de lo que ella ofrece no es más que jerga. Jerga
de truchimanes que especulan con la ansiedad del público,
digámoslo todo.
Entre nosotros la encuesta electoral ha dejado ya de ser
un método de exploración y ha ido mucho más allá de lo que
siempre se le ha criticado, con razón o sin ella: que se
trata, con frecuencia, de un instrumento de deliberada
obnubilación del electorado.
Lo que se echa de ver últimamente es que se ha convertido,
no sólo también en un agente envilecedor del lenguaje y la
escritura algún domingo hemos leído a un demoscopa
escribir «hacen años» por «hace años», y eso es sólo un
ejemplo, sino en una engalanada martingala que al cabo
viene a decir : «no tengo la menor idea de lo que piensa
la gente allá afuera». Lo que sigue es un pequeño organón
del perfecto embaucador perdón: encuestador electoral.
2.
Para alcanzar el sublime fracaso de los encuestadores al
no decir nada pareciéndolo, el demoscopa debe aportar
páginas enteras de jerga validadora: «universo de estudio
», "estratificado", "semi-probabilístico", "polietápico y
aleatorio", «error muestral», etcétera.
Luego conviene un exordio «contextualizador» que, bien
visto, a pesar de sus horrores sintácticos, no es más que
la cascada de opiniones personales acerca de la llamada
«coyuntura».
En esta sección conviene verter nunca «vertir», como
suelen escribir algunos demoscopas-columnistas en láminas
de Powerpoint, leyenditas que sumaricen las premisas del
demoscopa sobre la coyuntura. Se sugiere el uso prolífico
de expresiones tomadas de la geometría analítica, del
álgebra lineal, y del cálculo diferencial: «asintótico»,
«vector», «escalar», «punto de inflexión». También de
cierta sicología social pop, hecha para andar por casa :
la voz «estigmatización» luce siempre muy bien. De la
politología conviene echar mano a palabrejas como
«deslegitimación».
No olvide la expresión «costo político». Y de la jerga de
las ONG, nada más prestante que los horrísonos vocablos «empoderamiento»
y «gobernabilidad» que traducen mal los originales «empowerment»
y «governance». ¡Nunca, jamás, debe escogerse correctas y
elocuentes formas castellanas tales como «investir de
poder» y «gobernanza»! Una vez cumplida esta etapa, se
pasa a la sección de sondeo, o de «percepción». Se
recomienda calurosamente el uso del anglicismo «issues».
En esta sección es de suma importancia el fraseo de las
preguntas.
Como la idea es demostrar que ¡ahora sí ! todo el mundo
está en contra del gobierno, el demoscopa debe preguntar
por los pareceres de la muestra respecto de a) el
desempeño económico de Chávez, b) su política exterior, c)
la inseguridad, d) recolección de basura, e) los apagones,
f) el escandaloso affaire de la comida descompuesta, g) la
profanación de los restos de Bolívar y, last but not least,
preguntar también si la culpa es: a) del Presidente, b) de
«su entorno», c) del PSUV,
e) de la oposición, e) de
Globovisión, f) la
FIFA, y así sucesivamente. De superlativa relevancia
preguntar si se está de acuerdo con a) el socialismo, b)
el comunismo, c) cualquier otra forma de colectivismo
estatizante.
En el rubro ilustraciones, no deben olvidarse las
coloridas tortas y los planos cartesianos de coordenadas y
abscisas. Todo, absolutamente todo, debe conducir a pensar
que el 90% de la población ha llegado a tales niveles de
hartazgo que va a dar cuenta definitiva de Chávez y el
chavismo en las elecciones parlamentarias de septiembre.
El alivio dramático, la repentina caída de potencial que
debe acompañar el final de toda literatura de suspenso, se
condensa en la pregunta de las sesenta y cuatro mil lochas
: «si este domingo fuesen las elecciones, ¿cómo quedaría
la cosa?» En la respuesta le va la vida al demoscopa,
verdadero oráculo mediático y profesional de la tribu
porque si dice que gana la oposición por paliza, corre el
riesgo de que un nuevo revés de aquella que la MUD y los
estudiantes no logren movilizar a los indiferentes, por
ejemplo acabe con su reputación de sabelotodo. Aquí está
en juego su fama y su pertinencia.
Y es aquí donde debe, aun a riesgo de contradecir todo el
aparato crítico anterior, afirmar que la vaina está 49,45%
a 51,2%, que se trata de un «empate técnico » y no se debe
adelantar un resultado, que en las semanas que faltan para
el cotejo «cualquier cosa puede pasar».
No tema recurrir a fórmulas manidas tales como: a) "Los
resultados demuestran a las claras que hay
posibilidades y probabilidades: todo es
posible, pero hay algunas cosas más probables que otras",
b) "Las tendencias muestran unos vaivenes esquizofrénicos"
y c) una muy socorrida: "las encuestas son como una foto
que se toma en un momento específico. Estos datos
responden a la foto que se tomó el xxx (fecha del
levantamiento de campo), por ello se entiende que los
resultados varíen".
Si alguna reportera o columnista le hiciese preguntas
impertinentes, encastíllese usted en su superior jerarquía
intelectual y propínele a la infeliz una conferencia
magistral sobre estadística inferencial, Paul Lazarsfeld o
George Gallup y remítala a la lectura de Noelle Neumann y
su teoría de la «espiral del silencio». Cualquier cosa,
menos, tal como dicen en España, «perder el tipo» y
defraudar a la clientela.
La verdad, me quedo con Omar Lares.
Tal Cual,
25 de julio de 2010
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