De Interés

 

El Economista Imaginario y la “Dexiología”

Por Ibsen Martínez

1.-

“Todo lo que hay que saber de economía puede sumarizarse en seis palabras : ‘La gente responde a los incentivos’; lo demás es puro comentario”.

Así se expresaba el economista estadounidense Steven E. Landsburg, en un librito precursor  –“The Armchair Economist: Economics & Everyday Life” –, aparecido en 1993. Sus provocadores ensayos, de estilo juguetón, a pesar de la mucha miga teórica que los sustenta, anunciaban hace tres lustros lo que hoy da en llamarse “economía pop”. y de la que Steven D. Levitt y Stephen H.Dubner, autores de la muy imitada “Freakonomics” (Harper Collins,  2005) son sus más célebres ­ e imitados - epígonos. 

 El compromiso que hoy asumo con los lectores de El Mundo Economía y Negocios es el de constituirme en lo que, desde hace años, he anhelado ser: un economista imaginario –imaginativo, más bien –  que  no imposte jamás la voz de un experto. De la máxima de Landsburg que cito al comienzo me interesará siempre mucho más el comentario que los incentivos.

¿Seguiré, además de una máxima, un modelo personal? Claramente,  y aquí diré su nombre: Gabriel Zaid, fundador de la dexiología, quien no podía ser sino un pensador mexicano,  economista y poeta,  autor de un ensayo extraodinario que atañe a todo latinoamericano : “Para una ciencia  de la mordida”. [i]

2.-

Zaid se propuso, hace más de treinta años, comprender los mecanismos de la corrupción, sin  adjetivarlos demasiado ni moralizar en calzoncillos, como  tanto se ha hecho y se hace en  nuestra parte del mundo. Al hacerlo, sentó las bases de  una disciplina poco conocida entre nosotros: la “dexiología”. Su nombre proviene de la raíz griega “dexis” que significa “mordida”. La mordida es el modismo mexicano del que toda América latina se  ha apropiado para nombrar la corrupción.

Partió de cuestionar el aserto – tan caro a los partidarios del Estado fuerte, de la “sobrelegislación” y de los moralismos de izquierda y derecha – que la  “pureza moral”, la abnegada rectitud – atributos de los que blasona desde 1998 la revolución bolivariana– es el antídoto de la corrupción. ¿Cómo se entiende esa pureza en los regímenes populistas? 

“Como la abnegación total de la propia personalidad en aras del papel que se desempeña–responde Zaid–; la adopción absoluta de la personalidad investida: sofocar los gustos, preferencias e intereses propios; sofocar la vanidad, la pretensión de ser alguien por sí y para sí; negar los vínculos amistosos, de parentescos, locales: imponer la ley impersonal contra la sangre, el terruño, la amistad”.

Esa pureza  es utópica y sólo puede dar lugar a más corrupción; sencillamente  porque exige desvirtuar al ser humano. En especial si la remuneración del funcionario es irrisoria.

“La corrupción original – discurre Zaid – está en negar el ser por cuenta propia; en imponer la investidura, la representación, el teatro, el ser oficial”.

“Afinar todos  los mecanismos revolucionarios para luchar contra la corrupción”. Con variantes semánticas de esta consigna, y desde que el chavismo se ha  hecho hegemónico, sus voceros no cesan de tronar contra la corrupción prospera  en sus filas, amenazan con perseguirla  implacablemente y castigarla como nunca antes se hizo.

Pero la aparición de un mercado del “cuánto hay p’a eso” ha sido más rápida que la revolución. Eso es así porque en un petroestado populista, casi lo único verdadera y clásicamente moderno es el mercado de la corrupción.   Considérese:

a) la corrupción es un mercado eminentemente  monetario

b) la “mercancía” y el pago se intercambian casi siempre de inmediato.

c) la relación tiende a hacerse impersonal.

d) puede haber reventa, mayoreo, menudeo de las concesiones y, en general, todo tipo de intermediación, con porcentajes de comisión, escalas de precio de acuerdo al volumen, tendencia a la centralización de las concesiones, etc. 

3.-

El ingreso al registro de proveedores de Pedeval, participar en  la colocación de  bonos de la estatal petrolera,  la reconsideración de una expropiación de tierras por causa de utilidad pública. ¿Cómo calcular lo que representan los pagos por la concesión de una cualquiera de estas gracias en el producto nacional? Zaid  propone explorar  ¡y normar! la cuestión por vía del mercado.

Para ello es preciso entender la concesión como mercancía: “Estudiando la legislación, los organismos, los puestos, se podría construir un catálogo completo de productos: las mil o diez mil situaciones que se prestan a conceder un favor y una clientela típica en cada caso.”  Un cálculo de las frecuencias y del precio medio por favor conduciría a un estimado bastante fiable del factor corrupción en el producto nacional. 

Para borrarle la sonrisa  a los fundamentalistas de cabeza cuadrada, cuya falsa idea de la mano invisible tanto daño ha hecho en América Latina,  Zaid sugiere aplicar también los mismos cálculos a la corrupción del sector privado.

[i] Gabriel Zaid, El Progreso Improductivo, Siglo XXI, México, 1979.

El Mundo, Economía y Negocios, julio 2010

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