De Interés


Teatros sí, pero de operaciones

Por Ildemaro Torres

En este país de excelentes dramaturgos, directores, actores y agrupaciones teatrales, el comandante gritó: "¡Fuera el teatro!", y las bestias corrieron a complacerlo. Pero el telón es terco y no cae.

El teatro, clara evidencia de la sensibilidad artística humana, por siglos ha revestido el carácter de fundamento o de razón por la cual a determinados países ­Grecia es un bello ejemplo- se les ha considerado cultos o cuna de cultura.

Aquiles Nazoa, amante del teatro, su historia y su vigencia, afirmaba que de todas las artes es "la que más intensamente nos comunica sensación y emoción de vida, porque su medio de expresión es la persona humana"; consideraba como una sabia definición del teatro y su significado en la vida de cada uno de nosotros, la que nos legara Shakespeare al llamarlo "Espejo de la naturaleza humana", encargado de mostrarle "a la virtud su verdadero semblante, al vicio su propia imagen, y a cada época y al cuerpo del tiempo su forma y su trasunto". Y para Mario Vargas Llosa es "el mejor simulacro que existe en la vida, el que se le parece más".

Isaac Chocrón, en su libro de ensayos "Tendencias del Teatro Contemporáneo" de 1973, señaló como "elemento constante de todo gran teatro y en realidad, de toda obra artística: un testimonio no sólo de haber vivido o de estar viviendo sino un testimonio vivo, un testimonio vibrante, un testimonio compuesto de innumerables nervios diferentes"; y aclaró que publicaba sus notas con fines didácticos e informativos, aquí "donde los que estamos comprometidos con el teatro sentimos la constante responsabilidad de compartir nuestros conocimientos y experiencias".

Existe entre nosotros una documentación al respecto, de apreciable calidad por la seriedad investigativa, las vivencias registradas y la riqueza de sus aportes; tenemos así, para citar sólo algunos ejemplos, los trabajos que por décadas ha realizado y publicado Leonardo Azpárren; el "Estudio Crítico y Longitudinal del Teatro Venezolano" de Rubén Monasterios, de 1974, en que habla de la primera obra teatral escrita en el país, los primeros teatros de Caracas y otros temas; ensayos de acuciosos críticos y directores; la "Historia y Crítica del Teatro Venezolano Siglo XIX" de José Rojas Uzcátegui, de 1986.

De Erubí Cabrera tenemos "Nicolás Curiel Tiempo de Teatro", recuento vital de tan célebre figura y del muy recordado Teatro Universitario de la Universidad Central de Venezuela, que él dirigiera y donde a muchos nos llevó de la mano al encuentro de ese mundo que nunca ha dejado de fascinarnos; la recién aparecida biografía de Juana Sujo, escrita por Miriam Dembo; la notable obra editada por el Espacio Anna Frank de título "Una Huella en el Teatro Venezolano", junto con una exposición que muestra esa historia de la contribución de gente talentosa venida de otras naciones a conferirle, con su generoso trasiego de conocimientos y experiencia, una jerarquía mayor a nuestro quehacer teatral, hasta alcanzar a ser el país un punto de enfoque internacional.

Pienso que la lectura de éstas y otras referencias nos haría bien a todos, en cuanto a refrescar conceptos y disfrutar revelaciones acerca del teatro en Venezuela.

Asimismo pero en especial, les haría un gran favor de higiene cerebral y espiritual a los matones que en función de gobierno, insisten en arrasar ciencia, educación y cultura, y hoy arremeten brutalmente contra el teatro, sus sedes y sus cultivadores, pretendiendo destruir cuanto ha sido erigido por años y con incansable tesón.

El Nacional, 26 de octubre de 2009

 

 

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