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De Interés
El placer de las digresiones
Una entrevista con Javier
Marías
La reciente
publicación de Tu rostro mañana, la
singular meganovela de Javier Marías, es el
pretexto para que el autor explore, en compañía de
Juan Gabriel Vásquez, los meandros y misterios de
su literatura.

Javier Marías se ha ganado cierta
fama de excéntrico, y no es difícil ver por qué. No es
porque su casa de retiro –en Soria, a 230 kilómetros
de Madrid– reproduzca todo lo que utiliza en su
residencia principal, desde la máquina de escribir
hasta la afeitadora; no es porque se haya negado
siempre a usar computadores, ni porque se comunique
con el mundo solo por fax y correo ordinario. Marías
es rey: el rey Xavier I de Redonda. El proceso de su
coronación está explicado en su libro Negra
espalda del tiempo: en el siglo XIX, un magnate
tomó posesión de una isla diminuta e inhabitada del
Caribe y declaró rey de ella a su hijo, que crecería
para convertirse en el escritor de ciencia ficción
Matthew Phipps Shiell, cuyo nom de plume es
M. P. Shiel. Al morir Shiel en 1947, la isla y el
título fueron heredados por el también escritor John
Gawsworth. Varias sucesiones después, Marías, que
había escrito sobre Gawsworth y Redonda en su novela
Todas las almas, recibió un día una llamada
en que Jon Wynne-Tyson, fideicomisario de Gawsworth,
le proponía ser el siguiente rey. La corona carece de
todo valor, pero a Marías le ha permitido, siguiendo
la tradición, otorgar aquí y allá ficticios títulos
nobiliarios. El cineasta Pedro Almodóvar es duque de
Trémula; J. M. Coetzee es duque de Deshonra; Alice
Munro es duquesa de Ontario.
Marías, nacido
en Madrid en 1951, fue un escritor precoz: publicó sus
dos primeras novelas, Los dominios del lobo y
Travesía del horizonte, con 19 y 21 años
respectivamente. Eran textos paródicos, hechos con el
cine norteamericano y las novelas de aventuras que el
joven había consumido con pasión, y que le hicieron
objeto de una crítica que lo acompañaría siempre: ser
poco español. Para cuando apareció El siglo,
en 1983, Marías ya era un escritor hecho y derecho.
Sobre las novelas que siguieron a aquella –El
hombre sentimental, Todas las almas,
Corazón tan blanco, Mañana en la batalla
piensa en mí, Negra espalda del tiempo–
se podrían decir muchos lugares comunes: “le
granjearon un éxito de...”, “le merecieron un lugar
en...”. Yo prefiero señalar que su lectura fue para mí
una epifanía: nunca había escuchado en mi lengua una
voz semejante, y durante varios años la literatura
española después de Franco se redujo para mí a Marías
y otros dos nombres. Deliberadamente híbrida y
desvergonzadamente anglófila, la voz de Marías me
abrió varias puertas y me liberó de varios complejos.
Tuvo en mi caso el mejor efecto que puede tener una
influencia: me permitió hacer cosas que hasta ese
momento había creído prohibidas. Desde entonces he
leído todo lo que Marías ha escrito, e incluso lo que,
habiéndolo escrito él, no ha inventado: la primera vez
que leí El espejo del mar, de Conrad, fue en
su traducción, no en el original.
El novelista es
hijo del filósofo Julián Marías (1914-2005). Después
de la victoria del general Franco en la Guerra Civil
Española, muchos intelectuales de tendencias liberales
sufrieron la persecución del fascismo triunfador.
Julián Marías fue uno de ellos: traicionado por un
amigo en circunstancias confusas, pasó tres meses en
prisión y luego se le prohibió trabajar como profesor
y publicar sus escritos. La traición, ficcionalizada,
es uno de los ejes de Tu rostro mañana, la
singular meganovela de 1.300 páginas que Marías
publicó en tres tomos entre 2001 y 2007. Su narrador,
Jaime o Jacques o Jack o Jacobo Deza (su nombre cambia
durante la narración, según su interlocutor y otras
circunstancias), es un español que ha sido contratado
por el Servicio Secreto británico para formar parte de
un equipo singular: son personas cuyo talento es
interpretar a los otros. Es decir, personas capaces de
saber, mediante el estudio de los gestos y las
palabras de otro, cómo reaccionará en el futuro, qué
probabilidades lleva en su sangre: cómo será su rostro
mañana.
Cuando le pedí
que me recibiera en su estudio de Madrid, fue para
hablar de este libro, que para mí es uno de los
grandes acontecimientos de la narrativa contemporánea
en mi lengua. Lo primero que hizo al recibirme fue
enseñarme sus tesoros conradianos –Conrad es una
pasión que compartimos–: una carta enmarcada y un par
de ediciones autografiadas. Marías es un
coleccionista: tiene una cigarrera que fue de Arthur
Conan Doyle, por ejemplo; tiene, también, un álbum de
cromos de la Liga Española de 1959. Puesto que el
fútbol es otro entusiasmo que compartimos –aunque
desde extremos opuestos de la rivalidad Madrid-Barça–,
convinimos que al final encontraríamos el momento para
hablar un rato de fútbol.
Y luego
comenzamos a hablar de libros.
El
novelista como traductor
Javier,
los lectores de lengua española te deben varias
traducciones extraordinarias. Tristram Shandy,
de Laurence Sterne, El espejo del mar, de
Conrad, Hydriotaphia, de Thomas Browne...
No son pocas las grandes obras literarias que se
pueden leer en español con tus palabras. Como
traductor que eres...
Que fui, más
bien. Hace mucho tiempo que no traduzco nada.
Claro,
pero sigues teniendo sobre un texto la mirada de un
traductor.
Me
preguntaba entonces qué participación tuviste en la
traducción de Tu rostro mañana, y cómo
crees que ha afectado el trabajo de Margaret Jull
Costa la conciencia de estar traduciendo a un
traductor experto. ¿Crees que un traductor pueda
sentir una cierta amenaza al traducir las ficciones
de otro?
Más bien todo
lo contrario: creo que ella agradece la posibilidad
de traducir a alguien que conoce la lengua a la cual
ella traduce, que comprende bien los problemas de
los traductores porque ha sido traductor a su vez, y
que por lo tanto está dispuesto a echar todas las
manos posibles. Claro, cuando yo traducía –hace ya
unos veinte años que no traduzco libros, aunque de
vez en cuando traduzca algún poema suelto, algún
cuento que me gusta–, la mayoría de mis autores
estaban muertos. Y hubo tantas veces en que decía:
“Ojalá pudiera dirigirme a Conrad, o a Yeats, o a
sir Thomas Browne y preguntarle qué diablos quiere
decir esto”. Y evidentemente me las tenía que
ingeniar para resolver las dudas por mi cuenta. Así
que si alguien me viene a preguntar a mí, contesto
siempre. Yo creo que Margaret me ha sentido más bien
como colaborador.
¿Cómo te
sentiste frente al resultado final?
Me parece que
realmente sigue siendo mi libro. Es esa cosa
misteriosa que tiene la traducción, y sobre la que
habló Borges y han hablado tantos otros: cómo un
texto puede seguir siendo el mismo después de perder
lo que lo ha posibilitado, que es la lengua, y de
que ni una sola de las palabras que se encuentran en
el texto traducido sea obra del autor. Y sin embargo
seguimos pensando: “Es el mismo”. Yo me he
encontrado con alguna traducción de un libro mío, a
un idioma que conozco, frente a la cual no me
reconozco. Con las de Margaret, sí.
¿Cómo ha
influido tu trabajo de traductor en tu propia manera
de escribir?
Bueno, a mí
no me parece que haya tanta diferencia entre
traducir y escribir. Evidentemente hay un grado de
libertad menor en la traducción, pero hay siempre
una cierta libertad; y lo que es el trabajo
definitivo, el trabajo sobre la prosa que va a
producir el resultado final, para mí es el mismo.
Esto es algo de lo que soy plenamente consciente
desde no hace mucho: la seguridad que tiene un
traductor –tiene muchas inseguridades, pero tiene
sobre todo una– es la de contar con un texto
original que no tiene que inventar, al cual ha de
intentar ceñirse lo más posible. Al escritor, en
cambio, le puede fallar su propia invención; puede
encontrarse muy desorientado, tener que hacer una
pausa y esperar unos días. La del traductor es una
tarea que se puede comparar con la del intérprete
musical: tiene muchas dificultades a la hora de
interpretar una pieza, pero siempre tiene la
partitura, sabe que la partitura no va a
desaparecer. Así que me he dado cuenta de una cosa
que me ayuda al escribir. Dado que yo soy un autor
que no tiene un trazado de las novelas antes de
empezar, sino que las averigua a medida que las
hace, tener un primer borrador de una página, aunque
sea escrito de cualquier manera, funciona como el
texto original en las traducciones. Si uno tiene un
primer borrador, por malo que sea, a partir de allí
se trata de trabajarlo, de pulirlo, de una manera
muy similar a la traducción. Uno tiene una especie
de apoyatura. Cuanto más trabaja uno sobre ese falso
original, más se va acostumbrando a eso que es
nuevo. Yo necesito, con cada página que escribo,
tomarme el tiempo de asumirla, de acostumbrarme a
ella, de aprobarla. La voy aprobando poco a poco
hasta que digo: “Ya no lo sé hacer mejor”.
Quieres
decir que tu primer borrador es como el texto
original de la traducción, y el segundo borrador es
como la traducción del primero, que vas puliendo y
corrigiendo.
Algo así. Y
me doy cuenta de que trabajo sobre ese primer texto
de una manera bastante similar. Ese borrador me da
seguridad, así como el traductor tiene la seguridad
del original: tiene que esforzarse mucho, pero no en
inventar. En ese sentido, la traducción me ha
influido mucho: me he dado cuenta de que necesito
trabajar de manera parecida a como trabajaba mis
textos de traductor.
Hablas de
borrador. ¿Te refieres a que llegas al final de la
novela y entonces vuelves a la primera página para
comenzar a corregir?
No, nunca.
Cuando hablo de borradores, me refiero a los de cada
página. Yo nunca leo todo mi libro seguido, ni
siquiera cuando lo he terminado. Cuando mando al
editor el manuscrito, lo hago sin haber leído el
libro completo. Ni siquiera fragmentos: “Voy a leer
las primeras cien páginas, o voy a leer lo que
llevo...”. Eso no lo hago. Solo en pruebas llego a
leer el libro entero. Antes, voy haciendo página por
página, y cada página es definitiva: una vez que la
paso a la carpeta, la doy por buena. Así va a ir a
la imprenta.
Quisiera
que hablaras de Sterne, que para mí es, entre los
autores que has traducido, el que está más presente
en tu manera de hacer las cosas.
Sí, es
cierto. De algunos autores aprende uno más que de
otros, lo cual no quiere decir que sean mejores. Así
como hay autores que ayudan al traductor, porque,
aunque sean difíciles, tienen un ritmo, o una
melodía en su prosa; si el traductor logra cabalgar
sobre ella, se produce una especie de contagio. Uno
se instala en esa musicalidad, en esa melodía. Hay
autores que tienen esto y otros que no. Me pasó con
Conrad, con sir Thomas Browne. Pero no con Yeats, ni
con Isak Dinesen. Y del que más he aprendido es
Sterne, a pesar de que lo traduje hace ya más de
treinta años. Salió en 1978, fíjate. Yo tenía 24, 25
años cuando me atreví con ese libro...
En el
prólogo de esa traducción dices que has tenido que
“forzar al máximo la sintaxis”. Forzar la sintaxis
es una descripción bastante precisa, diría yo, de lo
que hacen tus narradores de ficción. ¿Sientes que
traduciendo el Tristram Shandy descubriste
algo acerca de tu propia prosa, algo que acabó
metido en tus novelas a partir, digamos, de
Todas las almas? ¿Sientes que esas frases largas
y llenas de digresiones de tus novelas se deben en
parte a Sterne?
No sé si lo
podría cifrar así. Esa traducción fue importante,
claro, porque además me llevó tiempo y conviví con
ella dos años durante los cuales no escribí nada
propio. Mira, la palabra “estilo” cada vez se usa
menos y cada vez está más desdeñada: como no es
científica... Pero a mí me parece una palabra muy
útil y además, aunque no sea fácil de definir, creo
que el estilo existe. Eso sí, cada vez existe menos:
si uno pilla una película de Hitchcock en la
televisión, bastan tres planos para decir: “Esto es
de Hitchcock”. Lo mismo con John Ford, con Orson
Welles... Y en cambio yo no sé si eso sucede mucho
con los cineastas actuales. En literatura, quizás yo
no esté muy al día de lo que se ha escrito en los
últimos diez años, pero también tengo la sensación
de que empieza a haber autores que no tienen mayor
interés en tener una voz reconocible. A mí me gusta
que haya una voz reconocible. Me gusta que las
películas de Hitchcock se parezcan a Hitchcock. Y si
hay una que se parece menos, pues me gusta menos. Lo
mismo me sucede con Conrad o con Henry James, por
mencionar dos autores cuyo estilo es
instantáneamente reconocible. Pues bien, el estilo
de cada autor se va configurando a través de muchos
elementos, de muchas lecturas, y las influencias que
uno recibe son múltiples. En el caso de Sterne, yo
soy muy consciente por la simple razón de que lo
traduje, y por tanto lo reescribí.
“I
progress as I digress”, decía Sterne. Y es en
Tu rostro mañana donde usas la digresión con más
osadía.
Una vez,
hablando de tu novela, mencionaste la escena del
caballero vizcaíno en Don Quijote como
ejemplo de osadía en la suspensión de la acción:
Cervantes hace que Don Quijote se enfrente con un
caballero, y justo cuando ambos tienen las espadas
en alto interrumpe la acción, termina abruptamente
el capítulo y se va a otra cosa. Y en Tu rostro
mañana hay varios momentos semejantes. Pienso en
una de mis escenas favoritas. Ocurre en el baño de
la discoteca. Tupra saca de su abrigo una larga
espada antigua y la deja caer varias veces sobre el
cuello de un personaje antipático sin llegar a
tocarlo. Esa escena dura apenas unos pocos minutos,
pero tus digresiones hacen que se extienda a lo
largo de muchísimas páginas que son a la vez
desopilantes y llenas de suspenso.
Bueno, sí.
Esto, lo del tiempo, es probablemente la mayor
enseñanza que he recibido del Tristram Shandy.
Pero eso mismo lo encuentras en Cervantes, que por
supuesto influyó a su vez en Sterne. Yo estoy
consciente de que el tratamiento del tiempo lo
aprendí de él, en todo caso, y es cierto que en este
libro lo he puesto en práctica en mayor medida que
en otros, también porque la propia extensión del
libro me lo permitía.
¿Pero
tenías en mente el Quijote, la escena del
caballero vizcaíno, al escribir la escena del baño
de la discoteca?
No sé si la
tenía en mente o si la recordé tras escribir la mía.
En mi escena, efectivamente, un individuo saca una
espada en pleno Londres del siglo XXI, en el lavabo
de minusválidos de una discoteca, y amenaza con
decapitar a otro. Lo normal, claro, es que el lector
quiera saber si lo hace o no. En vez de contar eso
hay una serie de digresiones sobre la espada, el
significado que la espada ha tenido a lo largo de la
historia y por qué una espada, hoy en día, nos da
más pavor que un arma de fuego... Luego, si no
recuerdo mal, la acción vuelve atrás, y se recuerdan
unas conversaciones entre el narrador y su padre...
su padre le cuenta al narrador una escena atroz de
la Guerra Civil Española, una escena en la cual
interviene una espada, porque se trata de un
individuo al que torearon literalmente... En fin,
pueden ser unas 70 páginas hasta que la escena,
finalmente, se resuelve.
Y no es
la única vez que manipulas el tiempo así. La noche
en que termina el primer volumen, por poner un
ejemplo cualquiera, no se completa hasta el tercero.
El narrador llega caminando a casa y una mujer con
un perro lo ha venido siguiendo. Llaman al timbre,
el narrador contesta, pero no sabe quién es esa
mujer. Y ahí termina el libro.
Alguna gente
me dijo: “Es un cliffhanger”. Yo no lo veo
así: no hay peligro, no hay amenaza, hay simplemente
la duda de quién está llamando al timbre...
¿Pero
cuál es tu intención al manipular el tiempo de esta
manera?
No es irritar
al lector, desde luego. Habría dos intenciones:
cuando abro una digresión, por larga que sea, mi
desiderátum es que, aunque en un lector convencional
pueda haber un momento de irritación (“pero dígame,
¿le corta o no la cabeza?”), la propia digresión
tenga el suficiente valor y la suficiente fuerza
como para que también sea interesante. Es lo que
sucede en El padrino II, ¿no? Es una
película extraordinaria: uno va viendo la parte del
presente, con Al Pacino como Michael Corleone, y en
determinado momento eso se corta y nos llevan a los
comienzos de Vito Corleone, con De Niro. Y luego lo
mismo, pero al revés. Cada vez que se hace uno de
esos cambios, uno está tan interesado en lo que está
viendo que detesta que lo saquen de allí. Yo
quisiera que se produjera eso con mis digresiones:
que al final resulten tan interesantes como la
historia principal, y cueste salir de ellas.
Ésta
sería tu primera intención.
Sí. Y la
segunda es ésta: yo creo que la novela es el género
literario –e incluso el arte– que mejor permite la
existencia del tiempo que en la vida real no tiene
tiempo de existir. Existe la dimensión objetiva del
tiempo: un minuto siempre tiene sesenta segundos.
Pero en otra dimensión, las cosas tienen diferente
duración subjetiva aunque la duración objetiva sea
la misma. Lo que realmente uno recuerda de una larga
noche en que abandonó a su pareja, o fue abandonado
por ella, puede ser un solo gesto, una frase, una
mirada, y a uno le hubiera gustado que el tiempo se
detuviera. Eso es lo que permanece en la memoria. Mi
intención en las novelas es que las cosas tengan la
duración que nunca tienen al suceder pero que
siempre tienen después de haber sucedido. En la
novela se puede conseguir eso. Hacia el final de la
escena de la discoteca, el narrador cifra incluso la
duración de la escena: dice que debió durar ocho a
diez minutos. Sin embargo, ha ocupado un montón de
páginas, porque para mí ésa es la duración real.
Claro, Cervantes es más osado: en el capítulo del
caballero vizcaíno, la acción se interrumpe con las
espadas en alto. Y uno cree que va a volver a la
escena, pero no. No vuelve. Esas espadas llevan 400
años en alto y no van a bajar nunca.
Tu rostro
mañana es para mí una especie de finale
exacerbado de lo que comenzaste con Todas las
almas. Todo lo que tú eres está ahí, solo que
agrandado. Me parece tu novela más
sterniana, claro, pero también la más conradiana, en
el sentido de El corazón de las tinieblas:
la contaminación del mal.
Sí, no está
mal visto. Yo pienso a veces que esta novela podría
haberse llamado Mi rostro mañana... Jacobo
Deza es un hombre que no se para a pensar demasiado
en la tarea que le han asignado: colaborar en esta
especie de grupo que se atreve a ver lo que la gente
encierra, que se atreve a interpretar a la gente.
Pero a él no le interesa demasiado interpretarse a
sí mismo, y hay un momento en que encuentra una
ficha sobre sí mismo en los archivos de este lugar y
no le interesa. Al final acaba contaminándose, se le
acaba inoculando un cierto veneno y empieza a
comprender y a aceptar que ciertas actitudes son
como mínimo útiles: infundir miedo, por ejemplo. Hay
una escena en que Deza –que por otra parte es una
persona más o menos normal, un hombre de paz,
digamos– descubre que el español que ha estado a
punto de ser decapitado le tiene miedo. Descubre
esto con sorpresa, con un cierto horror... y también
descubre que le gusta. Le gusta generar miedo. Y el
capítulo termina con el narrador diciendo que esa
sensación le gusta y le repugna al mismo tiempo. Eso
es muy conradiano, en efecto: la convivencia de
cosas contrapuestas, disfrutar algo y al mismo
tiempo sentir repugnancia.
Deza
tiene dos conflictos. Por un lado, incurre en un
acto de violencia; por otro, descubre que ha sido,
sin saberlo, instrumento de otro. Una idea que
propuso en su trabajo ha resultado en la muerte de
un tercero, el repugnante artista llamado Dick
Dearlove. Pero es muy elocuente el orden en que se
resuelven los dos conflictos. En una novela más
convencional, creo yo, se contaría primero la
violencia que uno genera involuntariamente, y luego,
como clímax, como contaminación definitiva, la
violencia voluntaria de la cual uno tiene perfecta
conciencia. Tú has decidido invertir ese orden.
Lo que me
interesa a mí es que haber sido violento le causa
menos pesar que haber causado involuntariamente una
muerte. Hay esa frase en la novela: “Nunca hay
repugnancia enteramente sincera hacia uno mismo, eso
es lo que nos permite hacer todo, según nos vamos
acostumbrando a las ideas que nos surgen”. Bueno,
pues aquello que uno decide hacer, aunque sea algo
que uno reprueba, es más fácil de aceptar y asumir
que las cosas que suceden por causa de uno sin que
uno lo quiera. Porque uno metió la pata, fue
indiscreto, dio una mala idea, denunció a alguien
sin querer. Y ésa es una de las excusas más
socorridas: “Fue sin querer”. Lo que le pasa a
Jacobo Deza no es natural: de hecho, la capacidad de
las personas para justificarse por cualquier
descuido, negligencia o careless talk es
extraordinaria. Y la novela hace hincapié en lo
contrario: precisamente lo que se hizo por descuido,
por negligencia o careless talk es lo que
menos se puede perdonar Jacobo Deza. Vivimos, me
parece, en una sociedad que no asume responsabilidad
ninguna, que todo lo relativiza. “Esto ha sido
porque tuve una infancia infeliz”, o “porque la
sociedad me ha hecho así”, o porque “el gobierno no
me impidió delinquir”. Yo escribí una columna sobre
una noticia que encontré en la prensa
norteamericana: un hombre entró a un parking, robó
un coche y salió a toda velocidad, con el resultado
de que se estrelló contra un árbol. Tuvo que pasar
dos meses en el hospital, con fracturas y demás...
Así que este hombre demandó al parking por no haber
tenido la suficiente vigilancia para impedirle robar
el coche. Y la demanda fue aceptada a trámite.
Otro de
tus rasgos que aparecen llevados al extremo en
Tu rostro mañana es ese sistema de resonancias
que tienen tus novelas desde Corazón tan blanco,
y que se ha vuelto uno de tus sellos
característicos. ¿Puedes explicar cuál es el
objetivo de esa estrategia?
Son frases
que vuelven a aparecer, ligeramente cambiadas o en
distinto contexto, varias veces en una novela. Para
mí el efecto de las resonancias debe ser sobre todo
emotivo: debe suceder lo que sucede cuando uno,
escuchando música, se encuentra con la misma
melodía... “Esto sonó al principio, pero lo tocaba
solo el violín”, te dices, “y ahora lo toca la
orquesta entera”. Y cuando funciona, produce una
emoción muy intensa, por lo menos a mí me la
produce.
Pues eso
funciona en Tu rostro mañana de manera
exponencial. Ya no es, como en tus otros libros, una
frase que regresa a lo largo del libro: en este
libro se repiten todas las frases que se repetían en
todos tus libros. El narrador recuerda la cita de
Corazón tan blanco, la de Mañana en la
batallapiensa en mí, la de Negra espalda
del tiempo (que también aparecía en Mañana
en la batalla piensa en mí)...
Son como una
resonancia de la resonancia, quieres decir.
Efectivamente. Y es una manera de vincular todos
esos libros... Yo no sé si con este libro habré
cerrado un ciclo, porque no preveo lo que voy a
escribir con posterioridad, y ni siquiera sé si voy
a escribir otro libro cuando acabo de terminar uno.
De todas maneras, hace falta tener memoria y haber
leído todos los libros, y no sé si sea el caso de la
mayoría de los lectores... Ni siquiera yo tengo tan
buena memoria.
Bueno, yo no
tengo ordenador. Escribo a máquina, siempre lo he
hecho. Y eso me obliga a ejercicios de memoria que
otros autores no tienen que hacer, porque no puedo
recuperar lo que he dicho en cualquier momento. Y
eso hizo que Tu rostro mañana fuera
particularmente difícil, sobre todo con respecto al
tema de las resonancias. Yo nunca había hecho una
novela con la cual tuviera que abarcar en mi memoria
tantas páginas.
¿Te
refieres a saber en dónde has usado tal o cual
frase?
Sí. Todos los
apuntes que existen de esta novela, de los tres
volúmenes sumados, caben en una página doblada en
dos. Mira, es ésta. La he hecho a medida que
avanzaba, no antes: no es un plan. Cuando ocurre en
el libro una frase que tal vez será utilizada como
resonancia, la anoto con el número de volumen y
página. Tengo buena memoria, pero no tanto como para
recordar en qué página y contexto de una novela tan
larga he utilizado determinada frase. Hay incluso
una página en la novela que existe por culpa de un
error de memoria. En un momento se dice en la novela
que Valerie Wheeler murió durante la Segunda Guerra,
y no: fue después. Y entonces hay media página del
tercer volumen en que el narrador le reclama a
Wheeler ese error: “¿Pero no me había dicho usted
que ella había muerto durante la guerra?”. Y Wheeler
le responde: “Lo dije en sentido figurado: quise
decir she was dead en el sentido de she
was doomed”. Y el narrador se queda tan
tranquilo. Absurdo, pero solo para mí. El lector no
tiene por qué darse cuenta.
Tratándose de una novela que publicaste en varios
tomos, con tres años entre ellos, tú podías, igual
que Cervantes tras la publicación de la primera
parte, asistir a las reacciones que tu ficción
provocaba. ¿Modificó eso tu escritura?
Yo he dicho
que esta novela no es una trilogía, como se le ha
llamado impropiamente. Es una novela publicada en
tres volúmenes. Y sin embargo, lo cierto es que para
mí, desde el punto de vista de la escritura,
funcionaron como tres novelas distintas. Es decir
que el esfuerzo que yo he debido hacer al comienzo
de cada volumen ha sido equivalente al esfuerzo que
uno hace cada vez que empieza una novela nueva. A mí
el principio es lo que más me cuesta, y luego llega
un momento en el cual uno nota que va cuesta abajo.
Y esto no me ha ocurrido al pasar la mitad del
total: ha sido como si cada vez tuviera que hacer el
esfuerzo de empezar una nueva novela, aunque no
fuera nueva. Una de las cosas que hice, sin embargo,
fue prevenirme un poco: cuando publiqué el primero
–y aún creía que iban a ser solo dos– me planteé si
leer o no las críticas que salieran. Si las leo y
son buenas, pensé, corro el peligro de pensar que
esto está hecho. Y si son muy negativas, eso me
puede desalentar, o hacerme cambiar el proyecto.
Veía peligro en ambos casos. Y descubrí que se puede
estar perfectamente sin leerlas, sin saber. En
cuanto a las reacciones de los lectores, no, no creo
que me hayan hecho cambiar el proyecto. En fin: si
esta novela cuenta con algún mérito, es el de tener
las dimensiones de una novela río, siendo todo menos
una novela río. A mí me parece muy fácil hacer una
novela muy larga cuando hay muchos acontecimientos,
muchos personajes, cuando la acción transcurre a lo
largo de varias generaciones. Si esta novela se
puede leer hasta el final, es sin recurrir a ninguna
de esas cosas. La novela transcurre en un plazo de
tiempo que nunca se establece con claridad, pero que
es de un par de años. Y en realidad esos años se ven
reducidos a unas cuantas noches, a un período breve
en Madrid, y ya está. Tampoco hay muchos personajes.
Alguien me dijo que eran 26; las tres partes suman
más de 1.600 páginas. No son muchos personajes por
página, ¿verdad?
En el
libro hay dos personajes especialmente relevantes:
el padre del narrador y Peter Wheeler. Están
ostensiblemente basados en tu propio padre y en uno
de tus amigos de Oxford, sir Peter Russell. ¿Cómo
fue el proceso de transformar a esos dos modelos
originales en personajes de ficción? Tuviste mucho
contacto con ellos durante la escritura del libro,
¿no?
Sí. Mi padre
murió en 2005 y Russell, unos seis meses después.
¿Qué
porción del libro alcanzaron a conocer?
Los dos
alcanzaron a ver el segundo volumen. Estaba
escribiendo el tercero cuando murieron.
Así que
tuviste tiempo de compartir con ellos mientras los
convertías en personajes de ficción. Mi pregunta es:
¿cómo modificó el contacto con ellos lo que ibas
escribiendo? ¿Los utilizabas como fuentes
deliberadamente, ibas a ver a tu padre con la
conciencia de que usarías lo que te dijera para la
novela?
No, en
absoluto. Incluso las conversaciones que hay entre
Jacobo y Juan Deza, su padre, no tienen una base
real. Son conversaciones que yo habría podido tener
con mi padre, y digamos que la tonalidad del padre
de Deza es la de mi padre, pero no necesitaba
renovarla estando con él. Ni tampoco iba a hablar
con él con el propósito de nutrir la novela. No me
gusta hacer eso. Pero sí, nunca en mi carrera
literaria lo había hecho de manera tan clara y tan
abierta. Y además les pedí permiso, lo hice con su
consentimiento. En el caso de Russell, le pregunté
inicialmente si podía usar para este personaje su
biografía somera, solamente lo que uno puede
encontrar en el Who’s Who o en una
enciclopedia donde esté la entrada P. E. Russell. Lo
que no hice fue sonsacarlo, ni intentar que me
contara cosas. A partir de los datos que estaban al
alcance de cualquiera, yo podía fabular. Él, como el
personaje de la novela, sirvió en el Servicio
Secreto durante los años de la guerra, el MI5 en su
caso. Lo que no hice nunca fue preguntarle qué había
hecho, qué pasó... En la novela se cuentan algunas
cosas que coinciden con su experiencia, pero no las
supe a través de él, sino de textos de terceras
personas, cosas que ya eran públicas. No me gusta
tratar a las personas con vistas a un
aprovechamiento. Los novelistas nos nutrimos de
cosas reales, claro. Pero no me gusta que mi trato
con las personas sea utilitarista.
Tampoco.
Nunca quise preguntarle sobre la traición de que fue
víctima –que se traspone en la novela, ésta sí, de
forma literal–, cómo fue delatado... No, nunca lo
aproveché para eso: fabulé a partir de los datos que
yo tenía.
¿Pero
cambió la construcción de los personajes el contacto
sostenido con ellos mientras escribías?
A Russell no
lo veía mucho, teníamos un contacto epistolar. A mi
padre sí, evidentemente. Pero la realidad sí que
influyó en otra cosa, y es que si ellos no hubieran
muerto cuando murieron, probablemente yo no los
hubiera hecho morir en la novela: una especie de
superstición. Hubo un período durante la agonía o el
empeoramiento de mi padre, que duró unos meses hasta
que él finalmente murió, en el cual estuve ocupado
con... bueno, ya sabes. En ese tiempo paré de
escribir. Y recuerdo que alguien tuvo la curiosidad
de preguntarme: “¿Sabes dónde estabas en el libro
cuando murió tu padre?”. Y yo se lo pude decir
exactamente, porque tengo la costumbre de anotar en
mi agenda las páginas que llevo, cuándo me
interrumpo, cuándo reanudo. Y se lo dije: “Iba en la
página tal”. Había interrumpido el libro tantas
semanas antes de que mi padre muriera, ya un poco
previendo que estaba en su fase final, y luego tardé
unos veinte días en ponerme ante la máquina. “Pues
no se nota nada”, me dijo esta persona. Y yo me
digo: ¿por qué habría de notarse? Uno cuando escribe
está fingiendo. Por mucho que se base en cosas
reales, o sienta muy profundamente lo que está
escribiendo, en el fondo siempre está fingiendo. Su
voz es siempre impostada.
Hay en la
novela una preocupación consciente por la
desaparición de una generación de gente más
respetable, más decente de la que tenemos ahora. El
padre del narrador y Peter Wheeler son lo más
evidente, pero también hace su aparición Francisco
Rico, amigo tuyo y también miembro de la Academia de
la Lengua. Hay un elemento casi de nostalgia de la
sabiduría, la experiencia de una generación
anterior.
Sí, nostalgia
de una manera de estar en el mundo, si quieres.
Cierta caballerosidad... En la última escena en que
aparece –es uno de los Adioses de la novela–, el
padre del narrador tiene como gran satisfacción la
certeza de que nadie ha salido perjudicado por algo
que él haya dicho. El narrador, como hijo de su
tiempo, se muestra levemente escéptico ante esta
afirmación: no hay manera de saber nunca estas
cosas. Para él no podemos estar en paz con nosotros
mismos por mucho cuidado que hayamos puesto en
nuestras vidas en no hacer daño, no perjudicar, no
comportarnos de una manera vil. Pero lo importante
es que este hombre mayor, el padre, tiene a gala
eso. También en el caso de Wheeler. En la última
conversación que sostiene con el narrador, éste le
pregunta por qué le ha contado ciertas cosas. Y
Wheeler responde diciendo que a su edad, la de un
hombre ya mayor, hay cosas que desaparecerán si no
se cuentan. “Por lo menos así seguirán flotando”, es
la frase que usa. No las cuenta para que otro las
cuente a su vez, pero sí para que no desaparezcan
del todo. Es como la mancha de sangre que constituye
uno de los pequeños misterios del primer volumen:
las cosas, una vez son canceladas o borradas o
silenciadas, es como si nunca hubieran existido. Las
cosas existen mientras se resistan a ser olvidadas,
como el cerco de la mancha de sangre, que es lo más
difícil de borrar. Pero una vez desaparecen, es como
si nunca hubieran sido.
Siempre
te ha preocupado mucho el asunto de si las cosas
deben ser recordadas o no.
Me ha
preocupado mucho en las novelas y en mi vida. No soy
un escritor, o no lo soy desde hace muchos años, que
ande buscando temas: escribo sobre lo que
me importa en mi vida. Y nunca he visto resuelta mi
incertidumbre hacia ninguno de los dos lados. Creo
que hablamos de cosas duras, de cosas atroces, y no
deben quedar como si no hubieran existido; por otro
lado, si se perpetúa ese conocimiento... hay en otro
libro mío esa frase que dice que tal vez haya
historias que uno podría ahorrarle al mundo, o algo
así. Yo mismo, cuando escribo, tengo a veces ese
conflicto moral. En Negra espalda del tiempo,
recuerdo que hay una idea que me pareció horrible al
momento de escribirla. Y acto seguido pensé que yo,
como todos los escritores que vivimos la vida del
creador de ficciones, que no estamos de paso, de
visita, como sí lo está un lector, estoy conviviendo
constantemente con esas profundidades. Uno sale del
cine conmocionado –me ocurrió a mí al ver The
Dead, de John Huston–, pero han sido dos horas,
el efecto durará unas cuantas más y eso es todo.
Pero uno está escribiendo algo y son días y años
conviviendo con eso sin descanso. Bien, en eso
consiste en parte el trabajo del escritor. Y
entonces a veces pienso que tengo la suerte o la
mala suerte de que se me ocurren estas cosas, estas
ideas; pero ¿qué derecho tengo yo de metérselas en
la cabeza a nadie más, estas cosas que a mí mismo me
parecen desoladoras y horribles, aunque sea
temporalmente? Esa especie de tensión, de
contradicción entre lo que se le deja al mundo y lo
que se le puede ahorrar al mundo, entre no causar el
sufrimiento y no propiciar la impunidad de los
verdugos, es la tensión de todo escritor. De todo el
que cuenta. Esto afecta directamente la índole de
nuestro oficio.
Es la
primera frase de Tu rostro mañana: “No
debería uno contar nunca nada...”.
Fíjate que
ahí hay una referencia a la ficción: “Ni dar datos
ni aportar historias ni hacer que la gente recuerde
a seres que jamás han existido ni pisado la tierra o
cruzado el mundo”. Claro, tú lees esa frase y crees
que yo ya tenía el libro entero en la cabeza cuando
la escribí. No es así, pero en este comienzo están
ya contenidos los temas del libro. Este tema de
contar o no contar afecta a cualquiera, no solo a
los escritores: todos contamos, lo primero que
hacemos en cuanto nos encontramos con otro es
contarnos algo: “No sabes lo que me pasó en el
metro, no sabes lo que me dijo mi mujer esta
mañana...”. Hablar es lo que todo el mundo tiene, lo
más democrático, independientemente de los
conocimientos y la cultura de cada uno. La gente
habla y habla y habla.
Me parece
que todas estas novelas de las que hablamos
conforman una inmensa reflexión sobre el lenguaje.
¿Qué ha pasado entre Corazón tan blanco,
donde Ranz es intérprete literal, y Tu rostro
mañana, donde Deza es casi un intérprete de
almas, un hombre que se anticipa al futuro
interpretando las caras, los gestos, los tonos de la
gente?
Creo que la
cosa viene desde El hombre sentimental.
Todos mis narradores son gente que participa de esa
dimensión interpretativa o transmisora. A pesar de
que todos hablan mucho, son gente de la que se
podría decir que han renunciado a su propia voz: el
narrador de El hombre sentimental era un
cantante de ópera, alguien que recita lo que otro ha
escrito; en Todas las almas es un profesor,
que se comporta más como un transmisor de saberes
que son heredados, no propios; en Mañana en la
batalla piensa en mí se trata de un “negro”, un
hombre que pone su voz al servicio del rey y de
otros personajes; hasta llegar a Jacobo Deza, un
intérprete de vidas, un traductor de historias, un
hombre que vaticina, que dice “cuáles son las
probabilidades que cada uno lleva en sus venas”.
Claro, éste sería el intérprete mayor frente a todos
esos medio-intérpretes de las otras novelas. Todos
quisiéramos saber a qué podemos atenernos con las
personas que nos importan.
¿Crees
que el novelista es la persona que se obliga a ver?
¿A abrir los ojos donde los demás los cierran?
Bastante, sí.
Frente a esa idea que se ha esgrimido alguna vez de
la novela como una forma particular e insustituible
de conocimiento, yo la veo como una forma de
reconocimiento. Con esos autores que ven, que
se atreven a mirar las cosas como son –pienso en
Shakespeare, en Conrad, en Proust–, uno a menudo
tiene una fuerte sensación de verdad precisamente
porque reconoce lo que dicen. Uno dice: “Sí, esto es
así, es verdad”. Y no te están haciendo una
revelación, no estás accediendo a un conocimiento
nuevo. Estás viendo algo que sabías pero que no
sabías que sabías. Lo reconoces porque lo has
vivido, y a veces son cosas no muy gratas. Proust es
quizás uno de los autores más crueles de la historia
de la literatura. Cruel en el sentido de que rara
vez se engaña: nos dice cosas muy duras, pero quien
acepte meterse en esa verdad dirá: “Sí. Así es”.
Faulkner comparó la literatura con la cerilla que
uno enciende en medio de un campo oscuro, y esa
cerilla no sirve para iluminar nada, sino
simplemente para ver mejor la enorme cantidad de
oscuridad que hay alrededor. Eso es lo que hace la
literatura, ¿no? Y es suficiente. Uno trata de
entender un poco mejor aquello que la gente rehúye,
en lo que rehúye pensar. Esta idea de que la gente
quiera saber, quiera entender... no es verdad. Nadie
quiere saber nada, nadie quiere ver, y si ven, hacen
como que no han visto. Nuestra capacidad de engaño
es extraordinaria. El escritor se obliga a mirar un
poco más, a no engañarse.
¿Puedo
hacer un poco de historia?
En un
artículo de 1984...
Uf. Pues sí
que es historia.
...
titulado “Desde una novela no necesariamente
castiza”...
...
rastreabas tu proceso de acercamiento, muy a tu
manera, a España. Terminabas con El siglo,
una novela que ocurre por primera vez en un país que
podría ser España, aunque no se menciona nunca el
lugar, y que gira alrededor de una traición en
tiempos de guerra civil, aunque no se hace explícita
la guerra ni los bandos. ¿Cómo describirías lo que
ha ocurrido desde ese momento hasta Tu rostro
mañana, la primera de tus novelas donde hablas
de la Guerra Civil abiertamente, con nombre y
apellido?
Supongo que
una de las cosas que pudo haber sucedido en esa
lenta y larga evolución es que durante muchos años a
mí me resultó difícil –y creo que era una cuestión
generacional– ver la propia realidad, y la propia
ciudad y el propio país, como materia novelable.
Cuando muere Franco, yo tengo 24 años. Es decir que
soy joven, sí, pero ya he publicado dos novelas. Y
durante toda esa época del franquismo sentíamos una
suerte de rechazo –un poco absurdo, ingenuo e
injusto– hacia todo lo español, pues lo veíamos
contaminado por el franquismo, por la mediocridad
ambiente. Y realmente no nos parecía que todo eso
que veíamos fuera una materia digna de ser incluida
en una novela. Eso ha ido cambiando, el país ha ido
cambiando, se ha ido haciendo menos mediocre, más
complejo, y quizás también han cambiado las
capacidades que uno nota en sí mismo. Se dice
siempre que la poesía es un género juvenil, mientras
que la novela es un género para la madurez; y claro,
yo empecé a publicar novelas a una edad de poeta, y
mis capacidades de entonces eran a todas luces
insuficientes. Luego uno descubre que tiene una
cierta capacidad para moldear esa realidad y
convertirla en algo distinto de lo que realmente es.
Mañana en la batalla piensa en mí
transcurre sobre todo en Madrid, pero es un Madrid
fantasmal, invernal, en el fondo tan fabulado como
lo puede ser el Oxford de Todas las almas.
Descubrir que uno puede mantener la apariencia –los
nombres de las calles, por ejemplo– y al mismo
tiempo dotarla de una atmósfera distinta, incluso un
poco fantasmagórica... eso tiene que ver con la
confianza en los propios recursos: la capacidad de
partir de una realidad poco novelable y hacerla
novelable.
He leído
en alguna parte que ya estás embarcado en una nueva
novela. ¿Puedes decirme algo al respecto?
Poca cosa, la
verdad. Será una novela de dimensiones normales,
esto lo sé. Está narrada por una mujer...
¿Una
mujer? Pero esto es un giro importante en tu obra.
No, no tanto.
Para narrar, no sé si importa mucho el sexo.
Pero tu
narrador ha sido sorprendentemente homogéneo desde
Todas las almas, son todos hombres muy
parecidos a ti y muy parecidos entre ellos.
Están muy
asociados, sí. Son primos hermanos, eso no voy a
negarlo.
Más que
eso. Tu rostro mañana es una novela narrada
por el mismo narrador de Todas las almas.
Este Jacobo Deza se permite evocar a Juan Ranz,
narrador de Corazón tan blanco,a quien al
parecer conoce. Y además nos cuenta que leyó una
novela de un novelista español cuyo nombre no cita,
pero la novela es reconociblemente Mañana en la
batalla piensa en mí... Lo que quiero decir es
que has vivido en una voz y una sensibilidad durante
unos veinte años, y ahora cambias.
Bueno, hay un
cuento breve contado por una mujer que está haciendo
pruebas para una película porno... En fin, yo he
creído darme cuenta de que los hombres y las mujeres
se diferencian en muchas cosas pero no tanto en la
mente. Lo que sí veo en este nuevo libro es que será
muy pesimista. Quizás el más pesimista que he hecho.
Fútbol: de
eBay a Nabokov
Tú tienes
un libro de escritos sobre fútbol, Salvajes y
sentimentales. Se publicó en 2000, pero tengo
entendido que ahora saldrá una edición ampliada.
Con treinta
artículos más, publicados con posterioridad a 1999.
Justamente en estos días me estaban preguntando qué
me gustaría poner como portada. Y les sugerí
imágenes de un álbum que yo hice de niño, pero que
perdí. Y ahora, hace un par de años, lo pude volver
a comprar, a buen precio. La Liga de 1958-1959. Son
cromos muy graciosos, muy de la época: la cabeza es
la foto del jugador, pero el cuerpo es una
caricatura muy graciosa. Está la delantera mítica
del Madrid: Kopa, Rial, Di Stéfano, Puskas y Gento.
Enseguida está el Barça: Kubala, Czibor, Luis
Suárez... No sé si a ti, que eres tan joven, te
sonará alguno.
Bueno,
sí. Di Stéfano jugó en Colombia, Puskas y Czibor son
húngaros del Mundial del 54, en Alemania. Hungría
tenía un equipo extraordinario. Yo tengo mucha
información inútil en la cabeza, y toda tiene que
ver con una revista que circuló en Colombia antes
del Mundial de España. Se llamaba Copa 82,
yo la coleccionaba, y la revista traía toda la
historia de los mundiales. Acabé sabiendo cosas muy
curiosas, como, por ejemplo, la alineación húngara
del 54. Absurdo.
Bueno, pues
estos cromos me gustan mucho. Porque los tuve de
niño, claro. Conseguí el álbum en eBay, a través de
una subasta. Me lo consiguió un amigo que me suele
buscar cosas por internet, ya sabes que yo no
conozco mucho al respecto. No me acuerdo lo que me
costó, pero valió la pena. En uno de los artículos
nuevos de Salvajes y sentimentales cuento
incluso lo que llegué a hacer por conseguir uno de
los cromos más difíciles, el de un jugador del
Atlético de Madrid llamado Mendonça. Luego jugó en
el Barcelona. En las colecciones de cromos hay
algunos que no salen, ya lo sabes. Y contaba cómo, a
cambio de Mendonça, tuve que entregar no solo varios
cromos, sino incluso una foto de mi tía.
Mi tía era
hermana de mi madre, pero bastante más joven, y era
muy mona. A mí me gustaba la foto porque... bueno,
porque era muy mona. Y alguien me ofreció darme a
Mendonça a cambio de varios cromos más la foto de mi
tía. Y la entregué. Y en el artículo me disculpo con
mi tía, que debía ya de tener más de ochenta años.
“Te vendí de mala manera”, y tal. Por un jugador. Y
del Atlético, además.
¿Usarías
hoy los mismos adjetivos del título para definir al
aficionado que eres, o al que son los demás?
Sí. Quizá en
los hinchas va prevaleciendo el salvajismo sobre la
sentimentalidad, pero no en mi caso. La del fútbol
es una de las mayores fidelidades de las personas, a
lo largo de una vida entera. Casi nadie cambia nunca
de equipo favorito, ni siquiera cuando ese equipo
está en manos de gángsters o juega de pena, lo cual
les ocurre a todos, de vez en cuando.
¿Cómo es
tu relación presente con el fútbol? ¿Vas al estadio?
Te lo pregunto porque yo sufro por ese conflicto: mi
gusto por el espectáculo es tanto como el disgusto
que me causan las multitudes, y más las multitudes
que cantan y gritan y hacen gestos e insultan a
coro. ¿Cómo lo llevas?
Bueno, hace
años que no acudo a los estadios, veo el fútbol ya
siempre por televisión. Más que por los hinchas
desagradables (que son muchos, cada vez más) es una
cuestión de tiempo: ir hasta Chamartín, ver el
partido y regresar supone una inversión de cuatro
horas o más en total. Hace mucho que no tengo tanto
tiempo. Las últimas veces que acudí al estadio fue
en una época en que me invitaban al palco del Real
Madrid: por lo menos no tenía que hacer cola para
entrar y me daban jamón en el intermedio. Allí vi el
siguiente partido: Real Madrid 5–Barcelona 0. Lo
siento.
Iba a
preguntarte dónde viste el Real Madrid 2–Barcelona
6, pero no lo voy a hacer. Recuerdo un artículo que
titulaste “La recuperación semanal de la infancia”.
Un aficionado al fútbol es, casi por definición, un
nostálgico: el veneno del fútbol se inocula en la
niñez. ¿Cómo te relacionas con tu pasado
futbolístico? ¿Cuál es tu mejor recuerdo futbolero,
pongamos, o el peor?
Los mejores y
los peores están en la infancia, cuando el fútbol se
vive más intensamente. Bueno, esto es relativo, uno
se convierte en niño cada vez que ve un partido
importante de su equipo. Mi mejor recuerdo es la
quinta final de la Copa de Europa, creo que en 1960:
Real Madrid 7–Eintracht Frankfurt 3. Y eso que
empezaron marcando los alemanes. Tengo ese partido
en vídeo y de tarde en tarde se lo pongo a un amigo
joven, que se queda pasmado. El peor, la final de la
Copa de Europa de un año o quizá dos después:
Benfica 5–Real Madrid 3. Y eso que empezamos ganando
2-0, si mal no recuerdo. Fue uno de los mayores
disgustos de mi infancia. Este partido no lo tengo
en vídeo.
¿No
quisieras volver a verlo?
¿Tienes
algún recuerdo especial de mundiales?
Hay un
partido para mí inolvidable: Italia 3–Brasil 2, en
el Mundial de 1982, con tres goles inverosímiles de
Paolo Rossi, que hasta ese momento ni había marcado,
creo, en el campeonato. Yo iba con Italia, al
contrario que casi todo el mundo.
Yo tenía
nueve años y mi fiebre futbolera se encontraba en
sus picos más altos. Y ese partido fue para mí lo
que para ti la derrota del Madrid ante el Benfica.
Ese Brasil era importante para mí, yo lo sentía como
hubiera podido sentir el equipo de mi país. Zico,
Sócrates, Eder, Falcão... Para mí fue una tragedia
que Italia ganara ese partido. Fue un gran Mundial,
¿no?
Recuerdo la
final, en Madrid: Italia 3–Alemania 1. Todos los
mediterráneos salimos a celebrarlo por las calles,
como si fuera un triunfo propio. Alemania se había
comportado como el villano del torneo, con la
agresión del portero Schumacher a Battiston y otras
bellezas.
Sí, ahí
sí que iba yo por Italia. Este año, por primera vez
en mucho tiempo, el equipo nacional de España tiene
posibilidades reales (y no producto de las ilusiones
del chovinismo) de ser campeón del mundo. ¿Cómo ves
tú este equipo?
Sorprendentemente bueno y, sobre todo, sereno. No sé
lo que ha pasado en los últimos años. El equipo
español, aparte de regular casi siempre, tendía
fácilmente al nerviosismo y a la histeria. No me lo
explico, aunque algo tendrá que ver la influencia
del juego del Barcelona, con Xavi, Iniesta, Puyol,
Piqué. En parte lo han trasladado a la selección.
¿Hay
equivalentes futboleros a tus libros firmados por Conrad?
El día en
que, en el palco del Madrid, tuve ocasión de saludar
a Di Stéfano, el mayor mito de mi infancia. Ése es
mi Conrad del fútbol.
Eso me
hace pensar en una pequeña tradición de futbolistas
“letrados” que hay en España. Yo suelo contar la
anécdota de Guardiola: minutos antes de saltar al
campo y ganar la final de la Copa de Europa de 1992
terminó Belle du Seigneur, de Albert Cohen.
Y decía que la emoción de la novela le ayudó a jugar
esa noche.
Sí, no es muy
extensa la lista, pero recuerdo a Marcial, del
Español y del Barcelona luego, que era muy lector y
un gran centrocampista; a Miguel Ángel, portero del
Madrid; a Breitner, alemán izquierdista del Madrid,
bastante leído. Más recientemente, claro, a
Guardiola, a Valdano, a Pardeza (éste escribe,
incluso). Y cuando Butragueño leyó Salvajes y
sentimentales, se quedó tan encantado que quiso
leer todo lo demás que sobre fútbol hubiera escrito
(no había más, ay). Lo mismo le pasó al Lobo
Carrasco, del Barcelona. Y tengo en mucho una
llamada que me hizo Valdano para felicitarme por el
artículo que escribí sobre el famoso gol de Zidane
en la final de la Copa de Europa contra el Bayer
Leverkusen. Me dijo: “Hay que saber mucho de fútbol
para escribir lo que has escrito”. Quizás sea uno de
los elogios de los que estoy más orgulloso. Y, ahora
que caigo, todos los jugadores mencionados son del
Madrid o del Barça... Lo
preguntaba porque los escritores aficionados al
fútbol solemos recordar a Camus o a Nabokov, su
pasado de porteros, etc. ¿Crees que lo hacemos
buscando una suerte de justificación? Después de
todo, los escritores suelen ser relativamente
individualistas y sentir una cierta desconfianza por
los gregarismos y los patrioterismos.
Pues sí, hay
algo de eso. Ni Camus ni Nabokov son sospechosos de
ligereza literaria (en el mal sentido de la palabra
“ligereza”), así que de alguna manera, al
invocarlos, estamos diciendo: “Vean, no soy un
idiota ni un frívolo. Tengo ilustres precedentes”.
Es verdad que los escritores somos muy
individualistas y rara vez nos sentimos parte de un
grupo o un colectivo. Pero quizá por eso, por
añoranza del grupo, nos permitimos trasladar la
épica del compañerismo a un territorio tan
aparentemente ajeno al de nuestras actividades
literarias.
Camus
decía que cuanto sabía de moral lo había aprendido
en el fútbol. ¿Crees que sublimamos demasiado el
asunto, o que hay una verdad en eso del fútbol como
metáfora de la vida?
Hay cierta
verdad, para mí al menos. En el fútbol hay victoria
y derrota, hay azar, hay drama, existe lo inesperado
y los vuelcos del destino; hay venganza (o deseo de
revancha), hay traición, hay generosidad y egoísmo,
hay nobleza y vileza, hay soberbia y humildad, hay
envidia y hay celos, hay brutal rivalidad, hay
lucha, hay sentimiento de humillación y de
hundimiento, hay éxtasis momentáneo (como todos los
éxtasis). ¿Acaso no consiste en todo eso la vida más
vehemente, la vida más viva? Y, claro está, hay
destreza e inspiración, pero también buena y mala
suerte. ¿Qué más se puede pedir?
El Malpensante,
julio de 2010
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