De Interés

 

¿Por qué existen ciudades? (fragmentos)

 

Por Juan Nuño

 

 

Quizá sería preferible preguntar a la inversa: ¿qué pa saría si no existieran ciudades? Respuesta: no existirían los individuos, es decir, los hombres libres. Es curioso y hasta paradójico: la ciudad es la consecuencia de una agrupación de seres humanos, de la misma manera que la colmena es la agrupación de unos determinados insectos. Pero hasta ahí llega la comparación: en las ciudades, el hombre realiza mejor su libertad que fuera de ellas. Fuera de ellas, sólo existe la tribu, la especie, la errancia, el nomadismo.

Es en las ciudades donde aparece por vez primera la noción de individuo, de ser aislado y soberano".

Las ciudades no son inocentes, ni siquiera ahora, época teóricamente desacralizada y eminentemente urbanizada. Prueba: aquellos candorosos hippies que proponían la huida de la pecaminosa y contaminada ciudad hacia el campo puro y abierto, sobre el modelo, no tan lejano (1854) de Thoreau, con su Walden o la vida en los bosques: eso de hablar mal de la ciudad, contraponiéndola a la naturaleza, tiene su raigambre en el corazón humano.

Es de temer que esta veta anticiudad, este rechazo a la vida urbana, ese temor a la civitas, provenga de un fondo bíblico, de otra manía hebrea, propia de una civilización originalmente nomádica, hecha al desierto y reacia a la vida social de los conglomerados humanos.

Ha de venir de ahí, ya que no puede proceder de la otra fuente que alimenta la cultura occidental, la grecolatina. Para el griego primero y más tarde para el romano, la ciudad era la expresión civilizatoria máxima. Prueba material de ello es que Roma sembró de ciudades su mundo y de obras urbanas avanzadas, vinculadas a las ciudades (acueductos, fuentes, anfiteatros, baños), precedente repetido más tarde por el imperio español en América.

Otro tanto puede decirse de los griegos y de su veneración por la ciudad, asiento de la patria y centro de referencia cultural. "Quienes hablan con lógica (con lógos) han de confiar en lo que es común a todos, así como la ciudad ha de confiar en sus leyes", es recomendación de Heráclito. Sin ciudad no habría sofistas, no habría Sócrates y no habría Politeia ni política. Tan orgullosos estaban de sus ciudades que cuando la Liga Espartana ocupa Atenas, pese a la dura y prolongada guerra y en contra de la opinión de la mayoría, Esparta no se atreve, como querían los otros aliados, a destruir la gran ciudad: se limita a ocuparla con un gobierno títere. Algo parecido sucedió con París y el fin de la ocupación alemana en 1945: habían destruido sistemáticamente Varsovia y Rotterdam, pero se de tuvieron fascinados ante la magia de París.

Por el contrario, la tradición hebreo-cristiana, sobre todo hebrea, es rabiosamente anticitadina. La primera vez que se menciona una ciudad en la Biblia se hace asociándola al nombre maldito de Caín: fue Caín quien levantó la primera ciudad y justo por eso pasó lo que pasó, en el enfrentamiento de un hermano entregado al pastoreo (nomadismo) y otro dedicado a la incipiente agricultura, que exigía el sedentarismo y fijación de un emplazamiento. Jerusalén sólo se convierte en ciudad sagrada una vez que los israelitas, dirigidos por David, la han arrebatado de mano de sus originales dueños, los cananeos, ya que hasta David asentaba su capital en cualquier lugar.

Todos los hechos notables de la mitología judía suceden en despoblado: en lo alto de un monte pelado le entregan a Moisés unas tablas; en una zarza ardiendo tiene re velaciones; junto a una peña cualquiera se dispone Abraham a matar a su primogénito obedeciendo ciegamente las órdenes de un Dios implacable. Y cuando algunas ciudades de la llanura alcanzan un cierto nivel de civilización, como Sodoma y Gomorra, sabido es lo que les sucede.

Si se considera a la Biblia como un inmenso todo, que arranca en el llamado Antiguo Testamento y llega hasta abarcar los libros cristianos, al fin y al cabo, tradiciones semitas, el proceso termina como empezó: hablando mal de las ciudades. Porque el final de ese todo sería el libro de la revelación de Juan, también conocido como Apocalipsis. Y su final no puede ser más negativo para las ciudades de la tierra, suplantadas por otra que bajará del Cielo al término de los tiempos: "Vi cielo nuevo y una tierra nueva porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido.

Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía de Dios". (Apocalipsis, 22.1-22.7) La consecuencia es que bien pudieran etiquetarse las ciudades, todas las ciudades, de ideales. Ideales ya que siempre detrás de toda ciudad de importancia hay o ha habido una idea, para bien o para mal. Las ciudades no son inocentes y aún pueden ser tabú en muchos casos.

El Nacional, 26 de junio de 2010

 

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