Director de
teatro y ópera, dramaturgo, actor, arquitecto,
coreógrafo, bailarín, escultor, artista plástico y
diseñador de mobiliario, sonido e iluminación. Sí. Es
todo eso. Y lo insólito es que todo lo hace bien.
Muestra de ello son los numerosos premios y becas que ha
recibido desde que comenzó su carrera artística a
mediados de los años sesenta: Premio Obie a mejor
dirección, León de Oro de Escultura de la Bienal de
Venecia, título de Comendador de las Artes y las Letras
en Francia, beneficiario de dos becas Rockefeller y dos
becas Guggenheim, elegido miembro de la Academia de las
Artes y Letras de Estados Unidos, y único nominado al
Premio Pulitzer de teatro en 1986, entre otros. Y todo
esto suena muy importante, pero tal vez es lo menos
interesante que hay para decir acerca de Bob, como se le
conoce. Wilson es para muchos el artista más influyente
e interesante del teatro experimental y de vanguardia en
el mundo entero.

Su teatro explora y vincula todas las expresiones
artísticas posibles –desde la plástica hasta el video– y
ha trabajado en colaboración con reconocidos escritores,
músicos, bailarines, cantantes, artistas plásticos y
actores tales como Tom Waits, William S. Burroughs,
Heiner Müller, Allen Ginsberg y Phillip Glass. No le
tiene miedo a nada. Nunca lo tuvo. Ni siquiera cuando le
dijo a su padre que era homosexual o cuando hizo un solo
de danza en la universidad con apenas unos interiores
encima. Siguió fiel a las preguntas que constantemente
se hace y que son para él el fin último del trabajo
artístico. Le ha dado al teatro ese carácter ambicioso
del que carecía, ha traspasado las fronteras de lo
tradicional y ha creado una nueva mirada, una nueva
forma. Wilson se arriesga y logra comunicar ideas muy
complejas a través de imágenes muy simples. La fuerza y
originalidad de su visión radica en su estilo
provocador. Para Wilson, es necesario forzar un orden en
el desorden. Es austero y utiliza movimientos lentos y
simples –muy criticados a veces–; pero es que para
Wilson la percepción de la vida cambió en el momento en
que empezó a reducir la velocidad al hacer las cosas. De
ahí que superara su imposibilidad para hablar cuando era
chico y de ahí que en sus obras tenga ese manejo
particular del tiempo, del espacio y del lenguaje.
Porque nadie ha llegado a dramatizar con tanta fuerza
como él la crisis del lenguaje. Muestra cuán importante
es eliminándolo. A través de sus silencios, que son
silencios que hablan, que sirven un propósito.
Afirma que el lenguaje es la barrera de la imaginación.
No tiene angustia de aburrir. No se limita. Propone
estructuras a gran escala, performances de 12 horas y
hasta de siete días, espectáculos de millones de
dólares, o de tan solo unos cuantos, pero siempre con
una iluminación impecable; porque para Wilson, la
iluminación es lo más importante en el teatro y por eso
ha creado una firma propia, magistral y reconocible en
el manejo de la luz. Los colombianos tendremos la
oportunidad de ver en el xii Festival Iberoamericano de
Teatro de Bogotá La última cinta de Krapp, una obra de
Samuel Beckett adaptada, dirigida, diseñada y actuada
por Bob Wilson. No la deje pasar. No sabemos cuándo
volveremos a tenerlo aquí.