Ciudadano Kubrick
Stanley Kubrick
pasó los últimos años de su vida completamente
aislado. Pocos años después de su muerte, el autor
de esta crónica escudriña la casa del director de
La naranja mecánica buscando su gran
secreto.

En 1996 recibí la que era –y
probablemente sigue siendo– la llamada telefónica más
interesante de toda mi vida. Era de un hombre que se
hacía llamar Tony. “Lo estoy llamado de parte de
Stanley Kubrick”, dijo. “¿Perdón?”, respondí. “Stanley
quiere que le mande un documental radial que usted
hizo llamado Hotel Auschwitz”.
Era un programa para la BBC
acerca del comercio en el campo de concentración.
“¿Stanley Kubrick?”, pregunté. “Déjeme darle la
dirección”, sonaba muy formal. Parecía no querer
decir nada más que lo estrictamente necesario. Mandé
la grabación a un casillero en St Albans y esperé.
¿Qué podría pasar después? Cualquier cosa que pasara
sería sorprendente. Mi mente comenzó a enloquecer.
Quizá Kubrick iba a pedirme que le colaborara en
algún proyecto. (Extrañamente, en esa fantasía yo
acababa rechazando su propuesta a regañadientes
porque pensaba que no podría hacer un buen trabajo
como guionista.)
Habían pasado nueve años desde
el último filme de Kubrick, Full Metal Jacket.
Todo lo que la gente por fuera de su círculo de
confianza sabía acerca de él era que estaba
encerrado en una enorme casa en las afueras de St
Albans –o una “madriguera secreta”, de acuerdo con
un artículo de ese año publicado en el Sunday
Times– presumiblemente viviendo como una
especie de genio-loco-ermitaño. Nadie sabía ni
siquiera cómo lucía. Habían pasado 16 años desde que
una foto suya fuera publicada.
Kubrick había pasado de hacer
una película al año en la década de los cincuenta
(incluyendo la brillante y horrorosa Paths of
Glory), a hacer una cada par de años en los
sesenta: hizo Lolita, Dr. Strangelove y
2001en un período de seis años. En los setenta
y ochenta solo hacía dos películas por década (siete
años separan a The Shining y Full Metal
Jacket), y en los noventa, nada, absolutamente
nada.
Entonces, ¿qué diablos hacía
encerrado en Childwick Bury? De acuerdo con los
rumores, pasaba sus días aterrado por los gérmenes y
obligando a su chofer a no moverse a más de 50
kilómetros por hora. Pero ahora yo sabía realmente
lo que Stanley Kubrick estaba haciendo: estaba
escuchando mi documental para bbc Radio 4, Hotel
Auschwitz.
“La buena noticia”, escribió
Nicholas Wapshott en el Times en 1997,
lamentando los prolongados recesos entre películas,
“es que Kubrick es un coleccionista acaparador...
Hay una inmensa cantidad de material de archivo en
su casa de Childwick Bury. Cuando este archivo se
abra, podremos conocer de cerca el enmarañado
cerebro del que salieron a la vida hal, los drogos
de La naranja mecánica, y Jack Torrance”.
El punto es que después de
enviar la cinta al casillero que me había indicado
Tony no pasó nada. No supe nada más sobre el tema.
Ni una palabra. Mi caset desapareció en el
misterioso mundo de Stanley Kubrick. Y entonces,
tres años después, Kubrick estaba muerto.
Dos años más tarde, en 2001,
recibí otra llamada telefónica inesperada del tal
Tony. “¿Quieres venir a almorzar?”, preguntó. “¿Por
qué no vienes a Childwick?”.
El camino a la casa de Kubrick
comienza normalmente. Manejas por Hertfordshire,
atraviesas un camino de casas comunes y corrientes
de la postguerra, llenas de optómetras y
veterinarios. Entonces doblas a la izquierda y
entras por un portón eléctrico con una señal de “No
pase”. Sigues manejando por ese camino rodeado de
árboles y, después de un rato, encuentras una cerca
blanca con la pintura cayéndose, y luego otra puerta
eléctrica, y luego otra puerta eléctrica, y luego
otra puerta eléctrica, y entonces estás en un salón
lleno de cajas.
Hay cajas por todos lados
–estantes repletos de cajas, cuartos repletos de
cajas–. En los campos, por donde alguna vez
corrieron caballos, hay una docena de cabinas
portátiles, todas repletas de cajas. Éstas son las
cajas que contienen el legendario archivo Kubrick.
¿Tenía razón el Times?
¿Podría el contenido de esas cajas ayudar a
comprender su “enmarañado cerebro”? Noté que muchas
de las cajas estaban selladas. Algunas, de hecho,
habían permanecido décadas sin abrirse.
Tony resultó ser Tony Frewin.
En 1965, cuando tenía 17 años,
comenzó a trabajar como oficinista asistente de
Kubrick. Un día, sin razón alguna, Kubrick le dijo:
“Tienes que ser capaz de sacar esa oficina de la
oficina si te necesito afuera para otra cosa”. Eso
fue 36 años atrás y Tony todavía está aquí, dos años
después de que Kubrick muriera y fuera enterrado
detrás de esta casa. Puede no haber más películas de
Kubrick por hacer, pero hay dvd que remasterizar y
ediciones especiales que lanzar. Hay sets de
colección y libros de reseñas que supervisar. Hay
papeles que tramitar.
Tony me lleva a una visita
guiada por toda la casa. Caminamos a través de cajas
y más cajas y archivadores y una escalera gigante.
Childwick alguna vez fue el hogar de una familia de
criadores de caballos, los Joels. En ese entonces,
presumiblemente, había bustos o adornos florales de
ellos a cada lado al final de la escalera. Ahora, en
cambio, hay una fotocopiadora a un lado y otra
fotocopiadora al otro lado.
“¿Esto está...?”,
pregunto. “Sí”, dice Tony, “está tal como Stanley lo
dejó”. La casa de Stanley Kubrick luce como si el
Departamento de Impuestos la hubiera incautado hace
años.
Tony me lleva a un salón grande
pintado de azul y lleno de libros. “Éste solía ser
el cine”, dice. “¿Es la biblioteca ahora?”,
pregunto. “Mira más de cerca los libros”, dice Tony.
Lo hago. “¡Maldita sea! ¡Cada libro de esta
biblioteca es sobre Napoleón!”, grito. “Mira dentro
de los cajones”, dice Tony. Lo hago. “¡Todo es sobre
Napoleón también, todo!”. Me siento un poco como
Shelley Duvall en The Shining, ojeando la
novela de su esposo y descubriendo que solo dice la
frase: “Puro trabajo y nada de relajo dejan a Jack
hecho un estropajo”, la misma frase, tipeada una y
otra vez, en todas las páginas. John Baxter escribió
en su biografía no autorizada de Kubrick: “La
mayoría de la gente atribuye el hecho de que Kubrick
haya comprado Childwick a su pasión por la
privacidad, y trazan paralelos con Jack Torrance en
The Shining”. Este cuarto lleno de cosas
sobre Napoleón parece confirmar esa comparación.
“En otra parte de esta casa”,
dice Tony, “hay un gabinete con 25.000 fichas de
biblioteca, de diez por quince centímetros. Si
quieres saber lo que Napoleón, o Josefina, o lo que
cualquiera del círculo de confianza de Napoleón
estaba haciendo la tarde del 23 de julio de 1817,
cualquiera, busca esa ficha y ahí está”. “¿Quién
llenó las fichas?”, pregunto. “Stanley y algunos
asistentes”, responde Tony. “¿Cuánto tiempo le
tomó?”, pregunto. “Años”, dice Tony, “finales de los
sesenta”.
Kubrick nunca hizo su película
sobre Napoleón. Durante los años que le tomó
recopilar esta información, una película de Rod
Steiger llamada Waterloo fue escrita,
producida y estrenada. La película de Steiger fue un
fracaso de taquilla, así que la Metro Goldwyn Mayer
abandonó el proyecto Napoleón y, en su lugar,
Kubrick hizo La naranja mecánica.
“¿Hacían esta clase de
investigación a gran escala para cada proyecto?”, le
pregunto a Tony. “Más o menos”, responde. “Ok”,
digo, “entiendo cómo hicieron esto en el caso de
Napoleón, pero, por ejemplo, ¿cómo hacerlo para
The Shining?”. “Hay un espacio en esta casa con
información sobre cada libro de fantasmas que ha
sido escrito y una caja con fotografías de los
exteriores de, quizá, cada hotel de montaña del
mundo”. Un breve silencio. “Tony, ¿puedo mirar
dentro de las cajas?”. Fui a la casa de Kubrick un
par de veces al mes desde entonces.
Comienzo a revisar el contenido de
una de las cabinas portátiles, tomo una caja marcada
en la tapa: “Lolita”. La abro y noto la facilidad con
que la tapa se desliza. “El diseño de estas cajas es
excelente”, pienso. Comienzo a escudriñar los papeles
dentro de la caja, y me detengo al azar en una carta
que parecería sacada directamente de una novela de
Jane Austen:
Solo unas líneas para
transmitirle a usted y a la señora Kubrick el
profundo agradecimiento que sentimos mi esposo y yo
por su amabilidad al haber presentado a Dimitri con
su tío, Günther Rennert.
Después supe que Dimitri era un
naciente cantante de ópera y Rennert un famoso
director, a cargo de la Munich Opera House. Esta
carta había sido escrita en 1962, para los días en
que Kubrick aún hacía más o menos una película cada
año. La caja está llena de fascinante
correspondencia entre Kubrick y los Nabokov, pero a
diferencia de la fabulosa habitación de Napoleón,
que comenzó a llenar seis años más tarde, éste es el
tipo de material que podrías encontrar en el archivo
de cualquier director.
El material inusual –el material
que explica los largos períodos entre una película y
la siguiente– puede encontrarse en las cajas que
fueron reunidas de 1968 en adelante. En una caja
junto a la de Lolita encuentro una carta
inusualmente brusca escrita por Kubrick a un tal Pat,
el 10 de enero de 1968: “Querido Pat, aunque
aparentemente estás demasiado ocupado para
devolverme las llamadas telefónicas, ¿tendrás tiempo
en el futuro próximo para responder esta carta?”.
Cuando le mostré esta carta a
Tony, dijo estar sorprendido por la brusquedad.
Kubrick debió haber estado desesperado, porque en
más de una ocasión le había dicho a Tony: “Antes de
enviar una carta enfurecida, imagina cómo podría ser
leída al caer en las manos del tiempo”. La razón por
la que Kubrick estaba tan molesto era que había
escuchado que los Beatles iban a usar una toma de un
paisaje de Dr. Strangelove en una de sus
películas: “El filme Beatle será ampliamente visto”,
escribió Kubrick, “y hará parecer que el material
original de Dr. Strangelove son imágenes de
archivo. Siento que esto perjudica mi película”.
Hay una tanda similar de télex
de 1975: “Podría ocurrir”, escribe Kubrick, “que
Space 1999 se convierta en una extensa e
importante serie de televisión. Parece que no queda
mucho por hacer, solo buscar hacer el mayor daño
posible... La elección deliberada de una fecha
separada solo por dos años del título de 2001 no es
accidental y nos afecta”. Este télex fue escrito
siete años después del estreno de 2001.
A diferencia de esta discusión,
hay varios casos que podrían explicar que Kubrick se
sintiera obligado a librar la batalla para proteger
el honor de su trabajo. En 1975, recibió este télex
de Mark Kauffman, publicista de la Warner
Bros. sobre unos fotogramas de la sombría Barry
Lyndon: “Material adicional recibido. ¿Tiene
algún material con humor o payasadas que me pueda
enviar?”.
Kubrick responde rechinando los
dientes: “El estilo de la película se refleja en los
fotogramas que ya recibió. Está basada en la novela
de William Makepeace Thackeray que, aunque tiene
ironía y sentido del humor, no podría describirse
con precisión como una payasada”.
Tomo un descanso de las cajas
para pasearme por la oficina de Tony. A medida que
camino, noto que hay algo sujeto a su correo.
“CARTERO”, dice, “por favor ponga toda la
correspondencia en la caja blanca bajo la columnata
cruzando el patio a su derecha”.
No es una nota memorable,
excepto por una cosa. La tipografía que Tony usó
para imprimirla es exactamente la misma que Kubrick
usaba para sus afiches y los títulos de las
secuencias de Eyes Wide Shut y 2001.
“Es Futura Extra Bold”, explica
Tony. “Era la tipografía preferida de Stanley. Es
una fuente sin serifa. También le gustaban la
Helvética y la Univers. Limpias y elegantes”. “¿Éste
es el tipo de cosas que discutías con Stanley?”,
pregunto. “Sí, siempre”, responde Tony. “A veces
hasta bien entrada la noche. Yo siempre trataba de
hacerlo cambiar de parecer, pero él estaba casado
con esas fuentes sin serifa”.
Tony camina hacia un estante de
libros y vuelve con varios volúmenes llenos de
ejemplos de tipografías –el tipo de volúmenes que él
y Kubrick solían estudiar–, y me los muestra: “Una
vez logré que admitiera la belleza de la Bembo”,
agrega, “una fuente serifada”. “¿Así que esa nota
para el cartero es una especie de tributo privado
tuyo para Kubrick?”. “Sí”, dice Tony mientras
sonríe. “Sí, sí”.
Por un momento yo también
sonrío, pensando en la inusual imagen de dos hombres
discutiendo los méritos relativos de varias
tipografías a altas horas de la noche. Pero entonces
recuerdo la primera vez que vi el tráiler de Eyes
Wide Shut, el modo en que las palabras “CRUISE,
KIDMAN, KUBRICK” aparecen dramáticamente sobre la
pantalla negra en grandes letras rojas, amarillas y
blancas, con la canción “Baby Did A Bad Bad Thing”
sonando de fondo. Y me doy cuenta de que si esas
palabras no hubieran estado en Futura Extra Bold no
hubieran lanzado una punzada tan violenta a mi
espina dorsal. En un punto de su relación, Kubrick y
Tony se convirtieron en incansables sabuesos
amateurs, queriendo acumular, consumir y entender
toda la información. Es obvio que Tony extraña
terriblemente a Kubrick.
La atención a los detalles se
vuelve mucho más evidente, y obsesiva, en las cajas
posteriores. Comienzo a preguntarme si valió la
pena. En una de las cabinas portátiles, por ejemplo,
hay cientos y cientos de cajas relacionadas con
Eyes Wide Shut, marcadas EWS-Portman Square, EWS-Kensington
& Chelsea, etc. Escojo la que dice EWS-Islington
porque es donde yo vivo. Adentro hay cientos de
fotos de puertas de casas. La de la tienda de videos
del barrio, Century Video, la de la lavandería a la
que siempre voy, Spots Suede Services. Entonces,
después de pasar fotos y fotos, encuentro para mi
sorpresa fotos de puertas de mi propia cuadra.
Escritas a mano sobre ellas están las palabras
“Puerta de la casa de la puta”.
“Hmm”, pienso, “o sea que
alguien del equipo de Kubrick (su sobrino, de hecho)
alguna vez caminó por mi cuadra, bajo las órdenes
del propio Kubrick, y recorrió toda la calle con la
esperanza de encontrar una buena puerta para la casa
de la puta de Eyes Wide Shut. Para mí, éste
es a la vez un descubrimiento extremadamente
interesante y una patada en los dientes.
No es, sin embargo, una
coincidencia tan increíble como podría parecer a
primera vista. A juzgar por las marcas en las cajas,
probablemente casi cada casa de Londres fue
fotografiada y archivada en esa cabina. Inicialmente
esto parece resolver un misterio, ¿por qué Kubrick,
un nativo del Bronx, escogió los alrededores de St
Albans, entre todos los lugares del mundo, para
comprar su casa? Eso pienso al principio, pero
después caigo en cuenta de que no importa. Podría
haber sido cualquier otro lugar. Es como si el mundo
entero pudiera encontrarse en algún lugar de esta
hacienda.
Pero, ¿valió la pena? ¿Fue la
puerta de la puta finalmente escogida para esa
escena de Eyes Wide Shut (la puerta de una
casa de Pinewood) la puerta de puta quintaesencial?
De vuelta a casa, vi de nuevo Eyes Wide Shut
en DVD. La puerta de la casa de la puta luce como
cualquier otra puerta que puedas encontrar en Lower
Manhattan –quizá en Canal Street en el East Village–:
una puerta roja al final de unos escalones de piedra
con el número 265 sobre el vidrio superior. Tom
Cruise es jalado por la puta a través de esa puerta.
La escena acaba en un par de segundos.
No puedo evitar recordar el
archivo de Napoleón, los años que le tomó a Kubrick
y a varios de sus asistentes reunirlo. Entonces le
digo a Jan Harlan, productor ejecutivo y cuñado de
Kubrick, que si no hubieran gastado todos esos años
atendiendo detalles nimios del planteamiento inicial
de la película, quizá Napoleón hubiera
llegado a rodarse.
“Ésa es una observación
puramente teórica y obsoleta”, replica Jan con tono
jovial. “Es como decir que si Vermeer hubiera
pintado de otra manera habría logrado terminar cien
cuadros más de los que hizo”. “Ok”, respondo.
Por supuesto que Jan tiene
razón. ¿Por qué estoy tan empeñado en descubrir
alguna falla en la personalidad de Kubrick, cuyos
filmes tanto me gustan? Era el director más grande
su generación. El “¡Aquí está Johnny!” de Jack
Nicholson, las gafas con forma de corazón de Lolita,
Dr. Strangelove en la bomba montado como un vaquero
en un toro de rodeo, y más y más. Son tantas las
imágenes de Kubrick que se han implantado en el
imaginario público, seguramente por la siempre
creciente preocupación del director por los
detalles.
“Por qué no aceptas
simplemente”, dice Jan, “que ése es el modo en que
él trabajaba”. “Pero si no hubiera dejado que su
incansable ética laboral lo llevara por caminos tan
estériles hubiera podido hacer más filmes. Por
ejemplo, el pleito legal de Space 1999, con
el beneficio de la mirada retrospectiva, me parece
un poco trivial”, replico. “Claro que me hubiese
gustado que hiciera más películas”, dice Jan.
Esta conversación entre Jan y yo
transcurre en el salón principal, rodeados de cientos
de cajas. En los últimos días he estado leyendo el
contenido de las que están marcadas como “Cartas de
fans” y “Hojas de vida”. Son cajas llenas de súplicas
de cientos de extraños, escritas a lo largo de
décadas. Muchas dicen prácticamente lo mismo: “Sé que
tengo el talento para ser una gran estrella. Sé que
pasará algún día. Solo necesito una oportunidad. ¿Me
darías esa oportunidad?”.
Todas estas cartas fueron
escritas por personas sobre las que jamás he
escuchado una palabra. Muchos de estos jóvenes
talentos deben ser ya adultos entrados en años.
Quisiera viajar atrás en el tiempo y poder decirles
“¡No lo vas a lograr! Y es mejor que lo sepas de una
vez a que te pases la vida viendo cómo tus sueños se
van erosionando”. Son cajas que rompen el corazón.
“Stanley jamás les contestaba a
sus fans”, dice Jan. “Nunca respondía, habría sido
demasiado. Se hubiera vuelto loco. No le gustaba
enredarse con extraños”.
Pronto descubrí que Kubrick sí
le respondía a extraños, aleatoriamente y en raras
ocasiones. Después de meses, encontré dos respuestas
en total. Quizá solo respondió esas dos cartas en
toda su vida. Una que dice:
Su carta del 4 de mayo fue
conmovedora. ¿Cómo puedo responder a eso?
Querido Sr. William, gracias
por escribir. Ningún comentario sobre La naranja
mecánica. Tendrá que decidir usted mismo.
“Una vez, en 1998”, dice Jan,
“estaba en la cocina con Stanley y comenté que había
ido al optómetra en St Albans a buscar un nuevo par
de gafas. Stanley se veía perplejo. ‘¿Exactamente a
dónde fuiste?’, me preguntó. Le dije dónde había
estado y respondió: ‘Oh, gracias a Dios. Yo también
fui al optómetra pero en el otro extremo de la
ciudad y usé tu nombre’ ”. Jan se ríe. “Usaba mi
nombre en el optómetra y en todos lados”.
Pero aunque no contestara las
cartas de sus fans, todas eran cuidadosamente leídas
y recopiladas. Están perfectamente preservadas, ni
mínimamente polvorientas o arrugadas. El sistema
utilizado para archivarlas es, de hecho,
extraordinario. Cada caja contiene casi 50 sobres
naranjas. Cada sobre tiene el nombre de un pueblo o
ciudad: Agincourt, Ontario; Cincinnati, Ohio; Daly
City, California, y así en adelante, organizados en
orden alfabético dentro de las cajas. Y dentro de
cada sobre, todas las cartas de fans enviadas desde
ese lugar en particular, organizadas por año.
Kubrick escribió a mano “F-P” en las cartas
positivas, y “F-N” en las negativas. Las cartas
locas las marcó “F-L”.
“Mira esto”, le digo a Jan. Y le
paso una carta escrita por un fan y dirigida a
Arthur C. Clarke, quien la reenvió a Kubrick y
escribió arriba: “¡Stanley, mira la página 3!”.
Jan pasa a la página 3, donde
Clarke ha marcado con signos de exclamación el
siguiente párrafo:
¿Cuál es el significado
detrás de la epidemia? ¿Acaso los muebles rosados
pueden revelar algo acerca del tercer monolito y sus
emisiones de color rosa a medida que se acerca a la
nave? ¿Tiene esto algo que ver con una expresión
tímida? ¿Acaso el alcohol ofrecido por los rusos
tiene alguna relación con besos franceses y saliva?
“¿Por qué crees que Arthur C.
Clarke marcó ese párrafo específico y lo reenvió a
Stanley?”, pregunto a Jan. “Pues porque es bizarro y
absurdo”, responde. “Eso creía”, digo, “solo quería
estar seguro”.
En lo profundo de mi mente me
quedo dándole vueltas al asunto, y me pregunto si el
fan que escribió esa carta –Mr. Sam Laks, de
Alhambra, California– realmente había resuelto el
secreto del monolito de 2001. En ese punto
descubro mi empatía con Sam Laks. Yo también estoy
buscando respuestas a los misterios, las teorías de
conspiración y los rumores salvajes alrededor de
Kubrick: que había sido responsable del montaje del
alunizaje (falso), que les tenía horror a los
gérmenes (éste tampoco podría ser cierto: hay mucho
polvo aquí), que se rehusaba a volar y que no dejaba
conducir al chofer a más de 50 kilómetros por hora
(el de los aviones es cierto,Tony dice que no le
temía a los aviones sino a los controladores aéreos;
pero el de los 50 kilómetros por hora “¡Mentira!”,
dice Tony, “Stanley tenía un Porsche”).
Por eso mis momentos más felices
inspeccionando las cajas son aquellos en los que
encuentro cosas raras. Por ejemplo, al final de un
estante encontré una caja marcada con: “Cabeza de
francotiradora-espantosa”. Adentro, envuelta en
papel periódico, hay una cabeza extremadamente real
de una joven vietnamita decapitada: las venas del
cuello horriblemente protuberantes, los ojos
salidos, los labios levemente abiertos, la lengua
visible. Siento ganas de vomitar al verla. Mientras
la sostengo por sus cabellos ensangrentados,
Christiane, la viuda de Kubrick, pasa junto a la
ventana.
“¡Encontré una cabeza!”, le
digo. “Probablemente sea la cabeza de Ryan O’Neal”,
responde ella. Christiane no tiene ni idea de quién
soy yo, ni de lo que estoy haciendo en su casa, pero
asume la situación con admirable calma. “No”, digo,
“es la cabeza de la francotiradora de Full Metal
Jacket”. “Pero ella no fue decapitada”,
responde Christiane, “le dispararon”. “Lo sé”, digo.
Christiane encoge los hombros y sigue caminando. La
cabeza de la francotiradora tal vez hubiera
complacido al señor Sam Laks, de un modo
superficial, solo por ser grotesca. Pero en general
las cosas más exóticas sobre Kubrick vienen de
fuera, de la imaginación de fans como él.
“Estaba hablando con Tony acerca
de tipografías”, le digo a Jan. “Ah, sí. Stanley
amaba las tipografías”, dice Jan y después hace una
pausa: “Te diré qué otra cosa amaba Stanley”. “¿Qué
cosa?”, pregunto. “La papelería”, dice Jan. Entonces
echo una mirada a las cajas llenas de cartas de
gente que sentía por Kubrick lo que Kubrick sentía
por la papelería.
“Ése era su gran hobby”,
continúa Jan. “Una vez llegó un encargo de cien
frascos de tinta. Le pregunté a Stanley: ‘¿Qué
piensas hacer con toda esa tinta?’, y respondió: ‘Me
enteré de que iban a descontinuar esta referencia,
así que compré todas las existencias disponibles’.
Stanley tenía tremenda cantidad de tinta. Amaba la
papelería, los blocs, la tinta, todas esas cosas”.
Tony pasea lentamente por el
salón. “¿Cómo va todo?”, me pregunta. “Todavía
buscando Rosebud”, respondo. “Durante todos estos
años en esta casa, lo más cercano que he encontrado
a Rosebud”, dice Tony, “es una pistola de juguete
que Stanley tenía cuando era un niño”.
Durante los meses que estuve
revisando las cajas, jamás encontré mi cinta de
Hotel Auschwitz. En ese tiempo tampoco había
querido abrir las dos cajas en las que se leía “Shadow
On The Sun”. Solo hasta mucho después, la noche de
navidad de 2003, decidí abrir esas cajas. Adentro
había dos volúmenes de lo que parecía ser el libreto
de un novelón radial de ciencia ficción. La historia
comienza con un perro enfermo: “¿Puede llevarme a
Oxford con mi perro?”, dice el dueño del animal. “Él
no está muy bien. Estoy un poco preocupado por él,
John”. Esto está tipeado. Debajo, a mano, Kubrick
escribió: “El perro no está bien”. Pronto queda claro
que un virus ha llegado a la tierra en un meteorito.
Es por eso que el perro está raro, y por lo que los
humanos en todo el planeta ya no son capaces de
controlar sus apetitos sexuales. El texto termina con
un discurso: “Ha habido muchos asesinatos, amigos
contra amigos, vecinos contra vecinos, pero sabemos
que nadie de la Tierra tiene la culpa, Sra. Brighton.
Todos hemos sufrido las compulsiones. Ahora solo nos
queda perdonar nuestros pecados. Yo haré mi parte.
Otorgo amnistía general, borrón y cuenta nueva. Quizá
entonces podamos vivir de nuevo como seres humanos
decentes, y olvidar el horror de los meses pasados”.
Esto también está tipeado. Pero por todos lados del
libreto se encuentran notas escritas a mano por
Kubrick (“Establecer el interés de Brighton por el
tema de los extraterrestres; “Perro encuentra
meteorito”; “John debe tener conexiones muy poderosas
en los niveles más altos”, “¡Una línea de Bill Murray!”).
“¡Tony!”, digo, “¿qué diablos es
esto?”. Creo que me he encontrado con una obra
radial perdida de Kubrick. Quizá escribió esto en
algún rato libre. Pero en ese caso, ¿por qué?, ¿para
qué? “No, no”, dice Tony. “Yo sé lo que es
eso”.Kubrick siempre fue un fiel oyente de la BBC,
explica Tony. Cuando llegó a Inglaterra, a
principios de los sesenta, le gustaba escuchar este
drama, Shadow On The Sun. Tres décadas
después, a comienzos de los noventa, tan pronto
acabó Full Metal Jacket, estaba buscando un
nuevo proyecto, así que le pidió a Tony que
transcribiera los libretos. Pasó un par de años,
yendo y viniendo, pensando en Shadow On The Sun,
leía y tomaba notas en los libretos, antes de
abandonar la idea y finalmente hacer Eyes Wide
Shut. En ese tiempo también había comenzado a
trabajar y después abandonó el proyecto AI
(que finalmente sería filmada por Steven Spielberg,
después de la muerte de Kubrick).
“Pero este libreto original está
un poco... barato”, digo. “Ah”, responde Tony. “Pero
eso es antes de que Stanley haya usado su alquimia”.
Y me doy cuenta de que es
cierto. “Perro encuentra meteorito”, suena bastante
banal, pero imagínense cómo lo habría dirigido
Kubrick. ¿Acaso las palabras “Simio encuentra
monolito” o “Niño dobla la esquina y encuentra un
par de niñas gemelas” suenan menos banales en esta
página?
Todo este tiempo he husmeado en
las cajas buscando la encarnación de las fantasías
de seguidores como Sam Laks y yo, y no he encontrado
nada. Supongo que mientras más cerca estás de un
enigma, más explicable se va volviendo. Incluso las
cosas más descabelladas, como archivar las cartas de
los fans por ciudad, comienzan a cobrar sentido
después de un tiempo. Kubrick ordenaba estos
archivos pensando en la posibilidad de tener que
supervisar las salas de cine de cada ciudad antes de
la presentación de alguna de sus películas. Por
ejemplo, si 2001 iba a ser proyectada en
Daly City, California, en un cine desconocido para
Kubrick, podía decirle a Tony o a alguna de sus
secretarias que llamara a un fan de esa ciudad y le
pidiera que visitara la sala y se cerciorara de que
la pantalla no estuviera rota.
Tony dice que si estoy buscando
algo exótico o inesperado o extremo, si estoy
buscando la solución al misterio de Kubrick, no
tengo que mirar el interior de las cajas. Solo debo
ver sus películas. “Ahí está todo”, dice. “Esas
películas son Stanley”.
Aunque los Kubrick siempre han
reservado mucho su vida privada dentro de Childwick,
el final de mis visitas constantes a la casa llegó
en medio de un momento de cambio. Christiane Kubrick
y su hija Katherine estaban punto de abrir las
puertas de la casa para organizar una exposición de
arte en el salón principal, presentando sus trabajos
y los de algunos artistas locales.
Las cajas tuvieron que ser
desplazadas a otro lugar. Muchas fueron enviadas a
Fráncfort. El 31 de marzo de 2004 la Deutsches
Filmmuseum abrió una masiva exposición de Kubrick,
que incluía lentes, instalaciones con objetos 3D,
cámaras y algunas de las cosas que yo conocí en las
cajas durante aquellos meses. Esta exhibición
recorrió museos de Europa desde su apertura hasta
2008. La editorial alemana Taschen lanzó un libro
sobre Kubrick, ahora agotado, que reproduce parte
del archivo de Napoleón.
En mis últimos días en la casa
de Kubrick, Tony mencionó algo aparentemente
inconsecuente, pero tan pronto lo dijo caí en cuenta
de que el Rosebud que estaba buscando –la
quintaesencia de Kubrick– había estado mirándome a
la cara desde el primer día.
Desde el principio, me había
percatado de lo bien construidas que estaban las
cajas, pero no sabía que fuese así porque el mismo
Kubrick las había diseñado. No le gustaban las cajas
disponibles en el mercado –sus dimensiones y el
hecho de que siempre fuera complicado taparlas y
destaparlas–, así que se puso a diseñar una caja
completamente nueva. Le dio las instrucciones a una
empresa que fabricaba cajas a mano, G Ryder & Co, de
Milton Keynes, para que confeccionara 400 cajas de
acuerdo con sus especificaciones. “Cuando la entrega
llegó”, contaba Tony, “las abrimos y encontramos
entre ellas una nota escrita por alguien de G Ryder
& Co. La nota decía: ‘Comprador quisquilloso.
Asegúrese de que las tapas abran’ ”.
Tony se reía. Esperaba que
dijera: “Supongo que sí éramos un poco
quisquillosos”. Pero no lo hizo. En cambio dijo: “A
diferencia de los compradores no-quisquillosos a los
que no les importa pasarse el día entero peleando
con las tapas de las cajas”.
El punto es que ninguna persona,
fuera de la casa de Kubrick, llegó jamás a ver esas
cajas.