De Interés

 

LUIS ALBERTO LAMATA

El director acaba de finalizar el rodaje de Boves el urogallo y trabaja en una telenovela

"Sin recuerdos no hay imaginación para resolver el futuro"

El cineasta, conocido por cintas de época como Jericó o Desnudo con naranjas, aborda la actualidad fílmica y la necesidad de mirar al pasado para contar y entender al país

Por Nerea Dolara

Luis Alberto Lamata es nombre ineludible del cine nacional. No sólo por su ojo certero y la calidad de las historias que lleva a la pantalla, sino por su afán, repetido en varias ocasiones con éxito, de acercarse al pasado del país a través de su cine. Y aunque recientemente lo hizo con enfoque divulgativo con la producción de la Villa del Cine Miranda regresa, ahora lo hace con un proyecto al que le tiene un cariño especial.
 

Estrenar junto con autores que han vivido las infancias más audiovisuales de la historia es un reto apasionante, afirma Lamata

Aunque está en posproducción y la fecha de estreno de Boves el urogallo se planea para el año que viene, Lamata ya puede sentirse satisfecho (y lo está, se nota) de haber cumplido con esa tarea pendiente que había asumido desde que decidió convertirse en cineasta y a la que renunció varias veces por falta de presupuesto.

Sobreviviente de un panorama mucho más negro del cine nacional que el que se vive en la actualidad, este historiador nunca se ha planteado dejar la disciplina que asumió como forma de vida. Actualmente trabaja en una telenovela de Venevisión con Leonardo Padrón y tiene varios trabajos cinematográficos en mente, entre ellos Celeste carne, que ha introducido varias veces en la convocatoria de financiamientos del Centro Nacional Autónomo de Cinematografía sin éxito.

"En mi caso, la televisión me ha servido para hacer cine, al igual que a otros realizadores. Pero todo camino personal depende de decisiones y situaciones particulares. La verdad es que mi relación con la televisión no es sólo económica. Disfruto haciéndola. Creo que nos hace falta una buena pantalla chica con la misma urgencia que los buenos hospitales. Nunca lo chico de esa pantalla me ha llevado a despreciarla. He tenido la oportunidad de trabajar en telenovelas que millones de espectadores ven con devoción en el mundo. Eso merece respeto. Así que asumo mi oficio con el mismo rigor que cuando puedo filmar un guión propio. Y es un oficio que escogí a conciencia, y ayer, grabando escenas de esta producción, sentía la misma emoción de salir a la calle con una cámara para robarle a la vida un cuento que cuando rodé los últimos planos de Boves el uro gallo hace apenas un mes", aseguró.

–Ha dicho que éste es un momento perfecto para llevar la historia al cine, porque el país ha abierto senderos más amplios para comprenderla. ¿A qué se refiere?
–Si tuviera que titular el presente de Venezuela como un filme, me atrevería a llamarlo Cuando la histo ria nos alcance. Vivimos en un momento de quiebre importante. Muchas verdades y mentiras sociales, políticas, económicas y personales están en juego. En los últimos años, como pocas veces, nos hemos preguntado ¿hacia dónde vamos? Es inevitable volver la vista atrás y tratar de comprender.

–¿Puede el cine revivir la memoria de un país?
–En un par de años cumplimos 200 de vida republicana.

Eso es apenas un parpadeo en la historia. Tenemos una nacionalidad en proceso, con un camino recorrido de reveses y proyectos frustrados.

Pero también de aciertos y horas brillantes. Y hace falta la memoria para mantener viva esa experiencia social, cultural y emotiva. Sin recuerdos no hay imaginación para resolver el futuro.

–En sus últimas películas ha abordado a dos personajes memorables de la historia nacional, uno convertido en héroe, otro en villano. ¿Tiene interés en hacer con su cine un baremo de comprensión de la historia que vaya más allá de la historia oficial que se dicta en los colegios?
–Miranda era un soñador con un proyecto magnífico que no pudo convertirse en caudillo. Boves fue un caudillo sin proyecto, arrastrado por la venganza y la crueldad. Ambos son personajes que con distintas máscaras regresan a nuestra historia. Vale la pena volver sobre ellos y cada mirada algo nuevo puede aportar.

Pero, hablando de cine, se trata también de proyectos muy diferentes: Miranda regresa asume un compromiso divulgativo que creo necesario dentro de nuestra variedad audiovisual. Eso no desmerece otros acercamientos más autorales. Pero éste aspira a ser útil en un país donde la historia se conoce poco y mal.

Boves el urogallo es otra cosa.

Quiere ser capaz de mirarlo desde una perspectiva más controversial y personal.

–Ha dicho que Francisco Herrera Luque es una voz que le hace falta a Venezuela, de esos autores que quisieron aprehender al país. ¿Intenta con su cine hacer lo mismo?
–Respeto mucho a los autores que se dispusieron a entender a Venezuela. Rómulo Gallegos, Mario Briceño Iragorry, Mariano Picón Salas, José Ignacio Cabrujas, Arturo Uslar Pietri y, sin duda, Francisco Herrera Luque me seducen en su afán por comprender y comprenderse como parte de una sociedad con pasado.

Sentían la pulsión de contarse contando el país. Otras narrativas apuestan por caminos distintos, a veces más audaces e íntimos en la ficción o más complejos en su entramado formal; lo agradezco y lo disfruto, pero supongo que primar en la narrativa lo inmediato en la sociedad que te rodea es una enfermedad incurable y adolescente. Yo no la puedo evitar. Siempre termina por moverme más un cuento de Boves que uno del Guasón. Y dije inmediato porque entiendo a Boves y a la historia en general como algo tan presente y determinante como el último titular de la prensa.

–Estudió Historia y se dedicó al cine. Además de la unión obvia que establece con sus películas de época, ¿qué otro factor común tienen ambas disciplinas?
–Ambos oficios persiguen a la misma presa. Los dos quieren morder carne humana. Contar y entender es su pasión.

–De una generación de cineastas es uno de los pocos que aún se mantiene trabajando con regularidad. ¿La nueva generación de directores ha limitado los espacios?
–A mi generación, como a otras, le tocó atravesar desiertos hostiles. Es cierto que muchos abandonaron la ilusión de hacer cine. Es una decisión personal que tiene que ver con las circunstancias, el azar y la voluntad. Si sigo tratando de hacerlo es por ser algo más terco que otros, lo que no necesariamente es una virtud. Pero no entiendo la vida sin una película entre las manos, cualquiera que sea su fase: guión, borrador en servilleta, rodaje o estreno. Las nuevas generaciones sabrán cambiar las reglas del juego.

Tener que estrenar junto con autores que han vivido las infancias más audiovisuales de la historia es un reto apasionante. Si uno consigue filmar algo que valga la pena, algún espacio debe encontrar.

–¿Debe siempre el cine nacional referirse a la realidad del país? ¿Cree que es ése el escenario narrativo donde deberían iniciarse y desarrollarse los nuevos directores-guionistas?
–A la hora de escoger un proyecto siempre tiendo a buscar temas que arañen la realidad. Pero realidad es una palabra resbalosa. Estoy seguro de que para un fanático del cómic sus personajes son absolutamente referencias de lo real. Quiero apostar por la diversidad.

Siempre la diversidad. Limitar la mirada de los realizadores es empobrecedor. Incluso si lo haces desde una posición atada a la última moda.

–Se habló de que pertenecía a la generación de diversificación temática del cine nacional. ¿Cómo ve ahora las historias que relata el cine venezolano? ¿Estamos frente a otra diversificación más centrada en lo visual?
–En los últimos años se abrió el abanico de temas y formas de contar. Como realizador y sobre todo espectador quiero variedad, quiero ser sorprendido y conmovido por otras miradas. Desconfío de los que dicen "esto es cine y esto no" o "así o asao debe ser el cine". Me espantan los agrimensores de mi oficio.

Miranda regresa, pero también Jericó y Desnudo con naranjas, pueden conseguirse pirateadas con los buhoneros (que, aunque una desventaja, significa interés del público). ¿Cree que el cine nacional recibe un impulso con esta oleada reciente de producciones?
–El cable, Internet, la piratería; todos son posibilidades para ver un cine que antes no llegaba o se olvidaba.

Confieso que hace poco volví a ver Macu, la mujer del policía en copia pirata. Y, reconociendo que los autores debemos ser protegidos, entiendo la piratería como una forma de democracia.

De otra manera no veo cómo esa noche en particular hubiera podido disfrutar esa película una vez más.

–El cine latinoamericano está de moda en el mundo. ¿Qué le falta al venezolano para que sobresalga entre competidores fuertes como los argentinos o los colombianos?
–En cine, calidad y cantidad van de la mano. Para mejores películas hacen falta más películas. El cine necesita continuidad.

Después de Oriana o Araya provocaba seguir viendo cine venezolano. Pero las carteleras no te daban la oportunidad. Necesitamos continuidad, tanto para que el espectador disfrute de su hábito como para que los realizadores afinen su oficio.

 

El Nacional, 18 de agosto de 2008

 

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