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De Interés
LA ZONA FANTASMA
Los Patrulleros
Por Javier Marías
Entre los Cincuenta caracteres
que trazó Elias Canetti en su librito de ese título, de
1974 y también conocido como El testigo oidor,
hay uno “El Recelafamas”, del que no me resisto a
transcribir unos párrafos: “Desde que nació, el
Recelafamas sabe que nadie es mejor que él … Hojea
diariamente el periódico en busca de nombres nuevos,
¡qué hace este metido ahí!, exclama indignado, ¡si ayer
ni figuraba! ¿Qué justicia puede haber si de buenas a
primeras viene uno y se desliza en el periódico? … Desde
el instante mismo del descubrimiento sigue paso a paso
los movimientos de esa escoria … ¿Cómo se explica que
jamás lo hubiera oído nombrar? Antes ya existía el
tiempo, y él, ¿dónde estaba? Si es viejo, le han sido
necesarios muchos años, si es joven, aún habrá que
lavarle los pañales …”
Desde hace ya tiempo hay en nuestras
sociedades otro personaje con cada vez más cabezas, y que
también rastrea los diarios minuciosamente: es el
Patrullero, es decir, el lector que, lo mismo que los
coches de policía van ojo avizor por las calles a la
búsqueda de delitos e infracciones, patrulla
incansablemente los periódicos –o, si le sobran horas y
energías, las radios y las televisiones– al acecho de
opiniones reprobables, deslices imperdonables, comentarios
políticamente incorrectos, frases sospechosas y posiciones
discriminatorias o subversivas. Los Patrulleros viven en
permanente estado de alerta, y van provistos de unas
antenas que, con el tiempo, suelen hipertrofiárseles. Son
unas antenas tan inmensas que no pueden por menos de
detectar faltas y ofensas sin cesar, incluso donde no las
hay. Eso les importa poco, porque su misión es no dejar
pasar una, y más vale prevenir y anticiparse, no vaya a
ser que algo que los demás lectores distraídos juzguen
inocuo contenga el germen de una postura inadmisible,
atentatoria contra la dignidad de alguna persona, o, aún
peor, de un colectivo o institución. Los Patrulleros
manejan unos cuantos clichés y los enarbolan cuando toca y
cuando no, por si acaso. Hay una serie de graves pecados
que no se pueden consentir, y, como vigilan sin pausa que
no se cuele ninguno en las páginas del diario de su
predilección sin denunciarlo y hacer constar su inmediata
repulsa y su censura, acaban por verlos por doquier: es
mejor pasarse por exceso que por defecto, lo más peligroso
sería que alguno quedara impune y sin anatema.
Esos clichés, claro
está, varían un poco según el diario que cada Patrullero
lea, también según sus propias creencias y convicciones.
Pero hay unos cuantos que se reiteran. Un columnista
critica la actuación de la Conferencia Episcopal o del
Vaticano en un asunto, y el Patrullero lo señala con el
índice y grita: “¡Odio a la religión católica!” Pero si el
articulista manifiesta su desprecio por Al Qaeda y por el
islamismo radical, habrá otro Patrullero que lo apuntará
igualmente y exclamará: “¡Incomprensión del Otro!
¡Intolerancia!” Si alguien insiste, por enésima vez, en
que la lengua española, como las demás neolatinas, no
“hace invisibles a las mujeres” por decir “los niños” y no
“los niños y las niñas” cada vez, el Patrullero bramará:
“¡Machismo, sexismo y discriminación!” Si uno dice que
prefiere que los equipos de fútbol tengan unos pocos
jugadores de la ciudad que representan, o por lo menos de
su país, y que no todos sean extranjeros comprados
y traídos ex profeso, el Patrullero alzará su dedo como un
resorte y chillará: “¡Nacionalismo, xenofobia, racismo!”
Si se opone a que se prohíban demasiadas cosas, en
particular la bebida, el tabaco y las corridas de toros
–para que cada cual sea libre de darse a ellas o no–, el
griterío se oirá en Sebastopol: “¡Atentado contra la
salud! ¡Incitación al vicio! ¡Mal ejemplo a los jóvenes!
¡Crueldad con los animales! ¡Falta de escrúpulos,
insensibilidad!” Si se opina que, siendo lamentable el
aborto, no se debe encarcelar a las mujeres que se sometan
a él, las acusaciones de los Patrulleros subirán de tono:
“¡Apología del asesinato! ¡Holocausto de niños! ¡Anatema y
excomunión!” Y si se hacen reproches al Gobierno de
Israel, se escuchará este clamor: “¡Antisemitismo!
¡Nazismo! ¡Himmler redivivo!”
A estos policías
vocacionales les gustaría poder desterrar cuanto les
desagrada o irrita, incluidas las opiniones. Como eso está
poco en su mano, reprueban a voces y con
exageración. Por esa hipertrofia de sus antenas, a veces
se deslizan hacia la paranoia, y entonces sólo leen lo que
creen o quieren entender. Si no vieran pecados por todas
partes, ¿qué sentido tendría su función? Cuantos más
detecten, más orgullosos se sentirán. Tienen, por tanto,
necesidad de encontrarlos, así que si un día no los
hay en el diario, se los inventan y los señalan. Están tan
satisfechos de ese índice acusador como lo estaban del
suyo los miembros de la Inquisición que andaban al acecho
de herejías, desviaciones, idolatrías y apostasías. Ellos,
los Patrulleros, no creen tener nada que ver con el Santo
Oficio, pero los anima un espíritu muy parecido, que en
modo alguno es tolerante ni democrático ni liberal (en el
buen y antiguo sentido de esta palabra). No admiten la
discrepancia respecto a lo que ellos consideran verdadero
y justo. “Lo que es justo es justo”, piensan; “yo lo tengo
bien claro y nadie lo debe contradecir”. Por eso rastrean
las páginas de los diarios y patrullan con severidad.
El País,
España, 11
de julio de 2009
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