|
De Interés
Sobre algunas mentiras del
periodismo
El pasado 6 de julio,
Leila Guerriero obtuvo el Premio FNPI con su trabajo
“Rastro en los huesos”, publicado en Gatopardo. Aunque
la crónica sobre los desaparecidos de la dictadura
argentina no haya sido publicada en nuestras páginas,
nos alegramos por el reconocimiento al trabajo de una
colaboradora habitual y amiga de la casa. Recordamos
el texto “Sobre algunas mentiras del periodismo”,
leído por Leila durante la primera edición del
Festival Malpensante y publicado en nuestro número 75.
Voy a empezar
diciendo la única verdad que van a escuchar de mi boca
esta mañana: yo soy periodista, pero no sé nada de
periodismo. Y cuando digo nada, es nada: no tengo idea
de la semiótica de géneros contemporáneos, de los
problemas metodológicos para el análisis de la
comunicación o de la etnografía de las audiencias.
Además, me encanta poder decirlo acá, me aburre hasta
las muelas Hunter S. Thompson. Y tengo pecados peores:
consumo más literatura que periodismo, más cine de
ficción que documentales, y más historietas que libros
de investigación.

Pero, por
alguna confusión inexplicable, los amigos de El
Malpensante me han pedido que reflexione, en el
festejo de su décimo aniversario, acerca de algunas
mentiras, paradojas y ambigüedades del periodismo
escrito. No sólo eso: me han pedido, además, que no
me limite a emitir quejidos sobre el estado de las
cosas, sino que intente encontrar algún por qué. Y
aquí empiezan todos mis problemas, porque si hay
algo que el ejercicio de la profesión me ha enseñado
es que un periodista debe cuidarse muy bien de
buscar una respuesta única y tranquilizadora a la
pregunta del por qué.
No soy
comunicóloga, ensayista, socióloga, filósofa,
pensadora, historiadora, opinadora, ni teoricista
ambulante y, sobre todo, llegué hasta acá sin haber
estudiado periodismo. De hecho, no pisé jamás un
instituto, escuela, taller, curso, seminario o
postgrado que tenga que ver con el tema.
Aclarado el
punto, decidí aceptar la invitación porque los
autodidactas tendemos a pensar que los demás siempre
tienen razón (porque estudiaron) y, más allá de que
todos ustedes harían bien en sospechar de la solidez
intelectual de las personas supuestamente probas que
nos sentamos aquí a emitir opinión, elegí hablar de
un puñado de las muchas mentiras que ofrece el
periodismo latinoamericano.
Primero, de
la que encierran estos párrafos: la superstición de
que sólo se puede ser periodista estudiando la
carrera en una universidad. Después, de la paradoja
del supuesto auge de la crónica latinoamericana
unida a la idea, aceptada como cierta, de que los
lectores ya no leen. Y por último, más que una
mentira, un estado de cosas: ¿por qué quienes
escribimos crónicas elegimos, de todo el espectro
posible, casi exclusivamente las que tienen como
protagonistas a niños desnutridos con moscas en los
ojos, y despreciamos aquellas con final feliz o las
que involucran a mundos de clases más altas?
Ejerzo el
periodismo desde 1992, año en que conseguí mi primer
empleo como redactora en la revista Página/30,
una publicación mensual del periódico argentino
Página/12. Yo era una joven egresada de una
facultad de no diremos qué, escritora compulsiva de
ficción, cuando pasé por ese periódico donde no
conocía a nadie y dejé, en recepción, un cuento
corto para ver si podían publicarlo en un suplemento
en el que solían aparecer relatos de lectores tan
ignotos como yo. Cuatro días después mi cuento
aparecía publicado, pero no en ese suplemento de
ignotos sino en la contratapa del periódico, un
sitio donde firmaban Juan Gelman, Osvaldo Soriano,
Rodrigo Fresán, Juan Forn y el mismo director del
diario, Jorge Lanata: el hombre que había leído mi
cuento, le había gustado y había decidido publicarlo
ahí.
Yo no sabía
quién era él, y él no sabía quién era yo.
Pero hizo lo
que los editores suelen hacer: leyó, le gustó,
publicó.
Seis meses
después me ofreció un puesto de redactora en la
revista Página/30. Y así fue como empecé a
ser periodista.
El mismo día
de mi desembarco, el editor de la revista me encargó
una nota: una investigación de diez páginas sobre el
caos del tránsito en la ciudad de Buenos Aires.
Yo jamás
había escrito un artículo pero había leído toneladas
de periodismo y de literatura, y había estado
haciendo un saqueo cabal de todo eso, preparándome
para cuando llegara la ocasión. Me había educado
devorando hasta los huesos suplementos culturales,
cabalgando de entusiasmo entre páginas que me
hablaban de rock, de mitología, de historia, de
escritores suicidas, de poetas angustiadas, de la
vida como nadador de Lord Byron, de los amish, de
los swingers. Yo, lo confieso, le debo mi educación
en periodismo al periodismo bien hecho que hicieron
los demás: canibalizándolos, me inventé mi voz y mi
manera. Aprendí de muchos —de Juan Sasturain, de
Homero Alsina Thevenet, de Rodrigo Fresán— y, sobre
todo, de las crónicas de Martín Caparrós: leyéndolo,
sin conocerlo, descubrí que se puede contar una
historia real con el ritmo y la sensualidad de una
buena novela. De modo que, si bien yo no era
periodista, creía saber cómo contar esa historia del
caos de tránsito en la ciudad de Buenos Aires.
El editor de
Página/30 me dio dos órdenes: la primera,
que quería la nota del tránsito en dos semanas; la
segunda, que leyera Crash, un libro de J.
G. Ballard que, me dijo, me iba a ayudar a lograr el
tono. Yo compré un grabador, hice un listado de
personas a entrevistar, pasé tres días en el archivo
del diario investigando carpetas referidas a
autopistas, ruidos molestos, accidentes de tránsito
y urbanismo. Y, por supuesto, no leí Crash.
Ya lo había leído a los 13 años. Crash es
un libro que cuenta una historia de autitos
chocadores, de gente que disfruta de chocarlos a
propósito y de lamerse después las mutuas
cicatrices. Yo me pregunté en qué podía ayudarme ese
libro a escribir una nota sobre el caos del tránsito
en Buenos Aires, y me respondí que en nada. Entonces
hice lo que mejor me sale: no le hice caso. Dos
semanas después entregué la nota, el hombre la leyó
y dijo: “Muy bien, te felicito: se ve que leer a
Ballard te ayudó, lograste el tono”.
Desde aquel
primer trabajo y hasta ahora pasé por una buena
cantidad de diarios y revistas, menores y mayores, y
sigo portando una virginidad con la que ya he
decidido quedarme: la de no haber asistido, jamás y
como alumna, a ningún sitio donde se enseñe
periodismo. Soy, como las mejores vírgenes, tozuda.
Y a lo mejor, como las mejores vírgenes, soy también
un poco fatalista, y siento que ya estoy vieja para
emprender otro camino. Y a lo mejor también, como
las mejores vírgenes, soy un poco cobarde y pienso
que quizás duele, y entonces mejor no. Y acá me
tienen. Una autodidacta absoluta, una suerte de
dinosaurio: quizás la última periodista salvaje.
Para ser
absolutamente sincera, en algún momento sentí que
podía faltarme un poco de educación sistemática, y lo
intenté: me inscribí en un par de cursos, unos cinco
años atrás, pero no me aceptaron. Supongo que,
precisamente, por esa falta de mérito en materia de
postgrados, tesis, seminarios, másters, etcétera. Mi
destino es morir virgen de estas cosas: morir sin
escuchar a nadie dar lecciones.
Pero creo que
voy camino a ser leyenda, como la novela de Richard
Matheson, porque la superstición extendida es que
nadie puede ser periodista sin haber hecho una
musculosa carrera en la universidad, salpimentada
con una pasantía en un diario importante, un buen
taller y cinco seminarios. De hecho, cuando algunos
estudiantes de periodismo me preguntan dónde estudié
y respondo “en ninguna parte”, el rostro se les
desfigura en una mezcla de horror y desilusión. Como
si estuvieran, de pronto, frente al Pingüino de
Batman, un bicho que los fascina pero les despierta
repugnancia. Supongo que haber creado ese mito —que
sólo se puede ser periodista si se sigue el circuito
universidad, postgrado, máster, curso, seminario,
etcétera— es muy conveniente para universidades e
institutos, y no digo que no sea, incluso, necesario
para intercambios de todo tipo: de conocimiento, de
información, de flujos y de tarjetas personales.
Pero me atrevo a sospechar que no es la única forma
de hacerlo, sobre todo si tenemos en cuenta que la
carrera de periodismo es una cosa nueva, y que
quienes enseñan en la universidad y dan talleres y
seminarios no aprendieron lo que saben, a su vez, en
talleres ni seminarios sino en periódicos y
revistas, saqueando, como yo, a otros que lo hacían
mejor que ellos.
En todo caso,
una cosa sí sé, y es que la universidad no salva a
ningún periodista del peor de los pecados: cometer
textos aburridos, monótonos, sin climas ni matices,
limitarse a ser un periodista preciso y serio,
alguien que encuentra respuestas perfectas a todos
los porqués, y que jamás se permite la gloriosa
lujuria de la duda.
Y si no sé
cómo se aprende lo que se aprende, sí sé, en cambio,
que enseña más cosas acerca de cómo escribir
cualquier novela de John Irving o la historieta
Maus, de Art Spiegelman, que cinco talleres de
escritura periodística donde se analice
concienzudamente la obra de Gay Talese.
Dicho esto,
pasemos a nuestra segunda mentira o paradoja: el
auge de la crónica del que se habla tanto en estos
días.
Empecé a
escribir estas páginas el sábado 30 de septiembre, a
las tres y veinte de la tarde. Salvo cinco breves
interrupciones para hacer té y comer galletitas,
podríamos decir que estuve ahí sentada hasta las
doce de la noche. Un total de nueve horas que son,
de todos modos, seis menos de las que suelo dedicar
a una nota cuando estoy en plena faena de escritura:
escribir un artículo me lleva de veinte días a un
mes y medio, con jornadas de doce, quince o
dieciséis horas. Eso, sin contar la etapa de
investigación previa. Conozco a otros cronistas que
trabajan como yo. Que después de meses de reporteo,
bajan las persianas, desconectan el teléfono y se
entumecen sobre el teclado de un computador para
salir tres días después a comprar pan, sabiendo que
el asunto recién comienza.
La crónica es
un género que necesita tiempo para producirse,
tiempo para escribirse, y mucho espacio para
publicarse: ninguna crónica que lleva meses de
trabajo puede publicarse en media página.
Es raro,
entonces, que se hable, como se habla, del auge de
la crónica latinoamericana.
Principalmente porque pocos medios gráficos, salvo
las honrosas excepciones que todos conocemos, están
dispuestos a pagarle a un periodista para que ocupe
dos o tres meses de su vida investigando y
escribiendo sobre un tema. Siguiendo porque los
editores suelen funcionar con un combustible que se
llama urgencia y con el que la crónica suele no
llevarse bien. Y finalmente, y quizás sobre todo,
porque pocos medios están dispuestos a dedicarle
espacio a un texto largo ya que, se supone —lo dicen
los editores, lo vocean los anunciantes, lo repiten
todos—, los lectores ya no leen.
Y sin
embargo, sin medios donde publicarla, sin medios
dispuestos a pagarla y sin editores dispuestos a
darles a los periodistas el tiempo necesario para
escribirla, se habla hoy de un auge arrasador de la
crónica latinoamericana.
Después del
misterio de la Santísima Trinidad, éste debe ser el
segundo más difícil de resolver.
Años atrás,
en medios argentinos yo publicaba crónicas de 50.000
caracteres, el equivalente a doce o catorce páginas
de una revista. Hoy, como mucho, se aceptan 10.000,
distribuidos en seis páginas con muchas fotos
porque, ya lo he dicho, los editores han decretado
que los lectores ya no leen.
Tiendo a
pensar que para decir eso se basan en las encuestas
que les acercan los muchachos del marketing. Los
muchachos del marketing son unas personas que se
dedican, entre otras cosas, a hacer encuestas con
grupos supuestamente representativos de lectores.
Los he visto: juntan en una piecita a señores y
señoras con los cuales ninguno de ustedes ni yo se
iría a tomar un café y les preguntan si leen, si no
leen y qué les gustaría leer. A lo que los señores y
señoras reponden sí, no, Paulo Coelho, y después de
un rato y de mucha elaboración los muchachos del
marketing dictaminan que los lectores ya no leen y
que lo que hacen ahora los lectores, en cambio, es
mirar televisión. Enterados de este fenómeno, los
editores encontraron un recurso genial para lograr
que la gente siga leyendo: llegar a los kioscos
disfrazados de televisor. Así, decidieron empezar a
publicar textos muy cortos adornados con recuadros,
infografías, mapas, instrucciones de uso, cuadros
comparativos, biografías express, columnas de
especialistas, dibujos y muchas fotos (algunas en
blanco y negro para que se note que todavía tienen
alguna intención seria). La idea de fondo es lograr,
por la vía del disimulo, que el lector no se entere
de que lo que tiene entre manos es una inmunda,
asquerosa, deleznable revista, y no la pantalla de
un televisor.
Y es
raro, porque si hay algo que uno debe hacer para
dedicarse a un oficio como éste —editar diarios y
revistas— es creer en él. Yo encuentro ciertas
diferencias entre la vocación necesaria para
gerenciar una fábrica de condones y la que se
necesita para editar una revista o un periódico. El
hecho de que tantos editores hayan decidido que los
lectores no leen, pero insistan en hacer periódicos
y revistas —objetos que sólo están hechos para ser
leídos— es, al menos, desconcertante. ¿Para qué
insistir en la fabricación de algo que está
destinado al fracaso? ¿Por qué no venden sus diarios
y sus revistas y se compran canales de televisión?
Las malas
noticias empiezan a la hora de revisar las ventas.
Si para diarios y revistas era muy normal vender
300 mil ejemplares o un par de millones hace unas
décadas, aun publicando notas largas con mucho
texto sin recuadritos ni tantas fotos, hoy se
puede considerar que cualquier cosa es un suceso
editorial si vende apenas 25.000.
Si bien es
cierto que el lenguaje de las imágenes y la
irrupción de internet pueden haber quitado
lectores a los diarios, y que nada garantiza que
publicar textos largos aumente las ventas, no
parece que aplicar el método televisivo les esté
ayudando mucho.
Por otra parte,
tiendo a pensar que los lectores severos nunca
fuimos multitud. Que así como yo era, en 1984,
probablemente la única egresada del Colegio
Nacional Normal Superior de Junín, la ciudad donde
nací, que había leído varios cientos de libros y
consumía compulsivamente suplementos literarios e
historietas, revistas y periódicos, hoy debe
suceder lo mismo: los lectores severos nunca
fuimos multitud, pero siempre estuvimos ahí.
La
diferencia es que ahora los editores han perdido
la fe y son pocos los que conservan vivo el ánimo,
no sólo de no subestimar a sus lectores, sino de
mostrarles un mundo sorprendente y desconocido
bajo la forma de una gran nota, bien escrita y
desplegada. Y la diferencia podría estribar
también en que ahora, además, los editores son,
antes que editores, administradores. Personas más
ocupadas en ir a almuerzos con anunciantes y en
saltar de reunión en reunión, que seres entregados
a concebir, allí donde no hay nada, una idea: un
periódico, una revista. (Por no hablar, claro, de
la extraña costumbre que hace que, cuando un
periodista escribe muy bien, se lo emponzoñe con
la tentación de pagarle siete veces más y hacerlo
editor, lo cual lleva a que en los puestos de
editores de toda Latinoamérica haya una enorme
cantidad de estupendos periodistas frustrados que
nunca vuelven a escribir una letra, y que quizás
no son buenos en su puesto por el hecho obvio de
que no tienen por qué ser, además de buenos
periodistas, buenos editores, si tenemos en cuenta
que las cualidades que se necesitan para una y
otra cosa son tan distintas como las que se
necesitan para saber cortar el pelo y teñir en una
peluquería.)
Dicho esto,
y reconociéndome incapaz de llegar aquí a alguna
conclusión, creo yo que en estos tiempos el
despertar de una vocación periodística debe ser
infinitamente difícil. Pienso en mí teniendo ahora
15, 16 o 20 años, leyendo la mayoría de estos
diarios, de estas revistas: ¿hubiera querido ser
esto que soy, hubiera aspirado a contar historias
si toda posibilidad de publicación se agotara en
notas de tres páginas, estrelladas de recuadritos
de colores con el aspecto de manga japonés?
Mi bendita
ignorancia me dice, una vez más, que no lo sé, y
mi estúpido optimismo me dice que esta tendencia a
la subestimación de los lectores terminará cayendo
por su propio peso, que alguna vez algunos
editores recordarán que lo que publican no es un
catálogo de avisos sino unos artículos que aspiran
a contar el mundo en que vivimos, y que entonces
volverán a sentar su trasero en una silla doce,
quince, dieciséis horas por día, tal como hasta
ahora seguimos haciéndolo los pocos privilegiados
que podemos publicar crónicas aquí y allá, en el
puñado de revistas que son las que, quizás,
justifican el mito del auge de la crónica, gracias
a que, todavía y por suerte, un puñado de buenos
editores confía en la potencia de un texto bien
escrito.
Pasando a
la última de las ambigüedades, paradojas o
mentiras que nos ocupan, hay un chiste más o menos
viejo que pregunta cuál es la diferencia entre una
hermosa mujer rubia desnuda y una hermosa mujer
negra desnuda: la respuesta es que la rubia sale
en Playboy y la negra sale en
National Geographic.
Más allá
del chiste, que es un resumen bastante exacto de
un estado de cosas, nadie puede dudar que la
crónica latinoamericana tiene oficio y músculo
entrenado para contar lo freak, lo marginal, lo
pobre, lo violento, lo asesino, lo suicida (yo
misma podría poner una banderita arriba de cada
uno de esos temas: a todos los he pasado por la
pluma y a algunos, incluso, varias veces), pero en
cambio tiene cierto déficit a la hora de contar
historias que no rimen con catástrofe y tragedia.
Puede ser que las buenas historias con final feliz
no abunden y que contar historias de violencia
dispare la adrenalina que todo periodista lleva
dentro. Puede ser que sumergirnos en mundos
marginados nos produzca más curiosidad que una
realidad de acceso más fácil. Que hablar de los
niños desnutridos sea, incluso, una prioridad
razonable.
Pero también es
cierto que hay una confusión que los mismos
periodistas alimentamos y que ha contribuido a
sobrevaluar el rol del periodismo de investigación
o de denuncia, al punto de transformarlo en el
único periodismo serio posible. Esa confusión reza
que el periodismo equivale a alguna forma de la
justicia cuando, en realidad, los periodistas no
somos la justicia, ni la secretaría de bienestar
social, ni la asociación de ayuda a la mujer
golpeada, ni la Cruz Roja, ni la línea de
asistencia al suicida. Contamos historias y si,
como consecuencia, alguna vez ganan los buenos,
salud y aleluya, pero no lo hacemos para eso, o
sólo para eso.
Por otra parte,
es probable que tanto a periodistas como a editores
nos dé un poco de vergüenza y culpa poner el foco en
historias amables, precisamente porque nos sentimos
más en deuda con los desnutridos, los marginados,
etcétera, y porque, en el fondo, estamos convencidos
de que, después de todo, aquellos son temas menores,
aptos más bien para periodistas ñoños que escriben
artículos repletos de moralejas o insoportables
historias de superación humana.
Y,
finalmente, a diferencia de las historias de niños
muertos, asesinos seriales, mujeres violadas y
padres enamorados de sus hijos, los temas amables
casi no consiguen premios. Muchos concursos de
periodismo escrito son el equivalente a los grandes
premios fotográficos en los que la foto ganadora
siempre es tomada en África o en el país bombardeado
de turno, e involucra a un chico desnutrido, moscas,
un perro flaco, la tierra resquebrajada y alguna
señora aullando de dolor. Si en sus países de origen
nadie da un peso por los niños con moscas en los
ojos y las señoras que aúllan de dolor, es
impresionante lo alto que cotizan en la bolsa de los
premios.
Es probable,
entonces, que la crónica latinoamericana no esté
contando la realidad completa, sino siempre el mismo
lado B: el costado que es tragedia. La negra desnuda
de National Geographic.
Y si no hay
ahí una mentira hay, probablemente, una omisión.
Para
terminar, quisiera reseñar una mentira menor en la
que no creí nunca: la que reza que para llegar a
ciertos lugares en el periodismo y en todo lo demás,
hay que tener contactos: ser el hijo del dueño del
diario.
Ahí donde
todos dicen eso yo digo que el trabajo cabal, hecho
a conciencia, con esfuerzo y muchas horas de vuelo
frente al computador, termina, antes o después, en
manos del editor que estaba buscando.
Era el año
2004, y yo estaba en un lugar lejano. España o
Croacia. En todo caso, lejos. Un día de tantos llamé
a mi casa, y atendió el hombre con el que vivo hace
once años. Le dije las cuestiones que son siempre
ciertas —que lo extraño, que no sé qué fui a buscar
al otro lado del mundo, lado del mundo en el que,
por otra parte, me encuentro a menudo, como ahora— y
él me dio tres noticias fabulosas: la primera, que
le pasaba lo mismo; la segunda: que estaban
destrozando el piso de mi casa para cambiar un caño
roto (la buena noticia, en este caso, era que yo no
estaba ahí para ver eso); y la tercera, que el
editor de una revista colombiana quería mi
autorización para publicar un texto que yo había
escrito en una revista de Buenos Aires llamada
lamujerdemivida.
La revista
colombiana se llamaba El Malpensante.
Yo la conocía
pero la miraba de lejos, con cierto respeto
reverente. Sabía que publicaban buenas firmas, sabía
de la excelencia de los textos y sabía que era, sin
dudas, uno de los lugares en los que yo quería
escribir cuando fuera grande. Alguna vez, incluso,
mandé un mail presentándome y proponiendo alguna
nota, pero a decir verdad jamás me respondieron.
Hasta aquel
día en que, estando yo tan lejos, aquel editor leyó
mi artículo en una revista argentina, le gustó y
quiso publicarlo en la suya.
Yo no lo
conocía y él nunca había escuchado hablar de mí.
Pero hizo lo
que hace un editor: leyó, le gustó, publicó.
De modo que
habiendo tenido esta suerte no una sino dos veces no
puedo hacer menos que creer que, si bien es probable
que ser el hijo del director del diario ayude mucho,
el trabajo, antes o después, se defiende solo.
Por eso, a
los buenos periodistas que aún no hemos leído, a los
que están empezando, a los que no tienen tíos o
amigos en el mundo editorial ni dinero para pagarse
una carrera, a los que no encuentran sitio donde
publicar sus crónicas, vendría bien recordarles eso:
que siempre habrá un buen editor acechando en las
sombras.
Que siempre,
si saben esperar, encontrarán su propio
Malpensante. O El Malpensante, antes o
después, los encontrará a ustedes.
El Malpensante,
Colombia, mayo
de 2010
|