ENTREVISTA
Manuel, caballero de la paz
Por Faitha Nahmens
Sempiterna boina
azul, las canas al aire, ojos enormes que dan con la
verdad. En la sesera lúcida de Manuel Caballero están
estas señas y, a buen resguardo, el archivo histórico de
la nación. El más reciente libro de este autor Historia
de los venezolanos del siglo XX ha convocado
conversatorios, peñas, jaleo mediático y a los
estudiosos que creen que este trabajo de más de 400
páginas es poco menos que la brújula que debe guiar a
todo aquél que quiera entender la centuria anterior y
sus consecuencias, o sea, entenderse.
"Debería, aunque no estoy segura de que la escuelas
públicas lo considerarían, ser texto de consulta
obligada en bachillerato", pontifica Ana Teresa Torres.
Es que desmonta mitos y polemiza. Y lo hace desde un
estilo narrativo fluvial, de cuento.
Historiador, ensayista, columnista, escritor ateo y
devoto de la Divina Pastora, fanático de las acemitas,
en estas páginas reveladoras está todo y un poco más.
No es la historia del país sino de los venezolanos ¿es
exactamente lo mismo?
Más que
analizar sucesos, quería registrar cómo se ha construido
la política y, desde ella, la democracia; porque una es
el contenedor y la otra el contenido, no al revés. He
querido hablar de los venezolanos, y no por el afán de
procurar cultos y devociones, faltaba más, sino para dar
cuenta de la gestación y acendramiento en el siglo XX de
los partidos políticos y de la generación del 28, por
ejemplo, un grupo de hombres de convicciones no exactas
ni mucho menos, y cada uno con nombre propio que
compartió un proyecto inédito común, nunca el de
imponerse como caudillos uno por encima de los demás.
Quise contar la historia de los tiempos de paz, que son
los tiempos de crecimiento de los pueblos, y no apenas
demográficamente. Cuento desde que depusimos las armas.
Desde que nos bajamos del caballo, pues. Yo nunca me he
montado en uno, y eso, en un país de caudillos y
balaceras al galope, debe significar alguna cosa.
¿Dice que depusimos las armas?
Sí, hay
violencia en la guerra y también en la paz, pero en el
siglo pasado comenzó a colarse el sentido de
institucionalidad y sumando los alzamientos y montoneras
de todo el siglo XX, los desmanes gomecistas y la
guerrilla, se cuentan menos bajas que las producidas
durante la guerra independentista, de 1810 a 1824.
Se dice que no es inocente su inclusión en el libro de
la cita de Vallenilla Lanz que refiere que la guerra de
independencia fue una guerra civil
Sí, porque el
adversario estaba lejísimo, aquí nos estábamos matando
los venezolanos. Pero en el siglo XX ocurre que el
adversario, que está en casa, deja de ser considerado
enemigo a aniquilar, deja de excluirse y comienza
tomarse como interlocutor. Aquel con el cual llegar a un
acuerdo, negociar e incluso conciliar.
Cosa que en el siglo XXI se desmonta. ¿Por qué el bis?
Dicen que la
historia se repite pero que va en un espiral de
avanzada, yo opino que en nuestro caso incluye además un
retroceso feroz.
Y es que vuelve a hablarse en términos de guerra y
enemigos y a exaltarse lo militar y sus próceres
Y no es nada
inocente esa estrategia, cuando ahora se invoca a
Bolívar y la épica independentista se hace para vincular
con este caos a aquéllos héroes militares, para que se
asocien todas las charreteras y con ellas una supuesta
aura de orden, se confundan y uniformen. Y éstas,
empacadas con un barniz añoso y ajeno, se ubiquen por
encima de lo civil.
Es el siglo XIX en el XXI
Sí, y la verdad
es que me he especializado en el siglo XX, esa bisagra
de tiempo que es la fuente más próxima en la que podemos
beber; el lapso que contiene el germen y el crecimiento
de la no del todo destruida democracia. Esa tarea de
revisar tampoco es inocente, permite aceitar el forcejeo
que damos a favor de que prevalezca un sistema de vida
que nos convierta de nuevo en ciudadanos, mejores si
queremos optimizar el modelo, pero no en soldados.
Aunque la democracia puede ser la tiranía de las
mayorías no me cabe la menor duda de que el mejor
gobierno militar es peor que el peor gobierno
democrático.
Ha dicho que somos de talante respondón y autoritario
¿Está ahí el caldo de cultivo de la tentación
militarista? ¿Es un rasgo arquetipal? ¿Es nuestra
identidad? ¿No dizque estaba perdida?
La identidad es
variable y voluble y todos los pueblos buscan
constantemente la suya, no es verdad que los venezolanos
no tenemos identidad, por ejemplo, nadie podría prever
que el pueblo donde florecía la filosofía y estaba
poblado de intelectuales produjera un Hitler.
¿Se odia más que nunca ahora?
Los odios son
los odios, los ha habido antes, son iguales. Y los hay
aquí y en la Cochinchina. Ni mejores ni peores, lo que
sí observo es que la mayoría hemos demostrado una
convicción democrática que yo no esperaba tan acendrada,
cuando a decir verdad la cultura democrática es
adquisición reciente, y no suma demasiado: 70 años de
los 500 de nuestra historia. Claro, no faltará un quien
diga que se ha hecho poco, pero no se puede complacer a
todo el mundo.
¿Es optimista?
Ni pesimista ni
optimista, sino todo lo contrario. En realidad soy
escéptico. Pero la historia no es todo o nada, el
término medio es importante, si no vas a estar en
permanente déficit.
¿Ya tiene en mente un nuevo libro?
¿Uno? ¡Tengo
como tres borradores! Yo no paro de escribir, Teodoro
Petkoff, dice que más bien soy grafómano. No he parado
de hacerlo desde que tengo 14 años, comienzo a eso de
las cinco y hago la primera pausa a las diez. Luego
depende. Será por eso que la señora que nos asiste en
las labores domésticas dijo el día del bautizo del libro
que era lógico que al menos publicara porque yo no hago
nada más en todo el día que leer y escribir, o sea, no
hago nada.
¿Satisfecho?
No, jamás. El
día que esté satisfecho me muero.