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De Interés
En torno a
la entrevista
Texto
inédito de Mark Twain
(Traducción de Ibsen Martínez)
A
nadie le gusta ser entrevistado y, sin embargo, nadie se
niega a ello porque los entrevistadores son educados y de
modales gentiles, hasta cuando salen en plan de destruir.
No doy a entender con esto que siempre salen a destruir
intencionalmente ni que, sólo luego de haber destruido,
cobran conciencia de ello. No; creo más bien que su
actitud es la del ciclón que sale con el cortés propósito
de refrescar una villa sofocada por el calor, sin
percatarse luego de que le ha hecho de todo menos un
favor.
El entrevistador te disemina, hecho picadillo, por toda la
redondez del mundo, pero no puede concebir que te lo tomes
como un menoscabo.
La gente que culpa a un ciclón lo hace sin parar mientes
en que la idea de simetría que éste tiene no es la de una
masa compacta. Quienes hacen reproches al entrevistador lo
hacen sin pensar que, después de todo, él no es más que un
ciclón, si bien disfrazado a imagen y semejanza de Dios,
igual que el resto de nosotros. Y que no se propone hacer
daño alguno, incluso cuando barre el continente con tus
restos, pensando que solamente está haciendo las cosas más
agradables para ti y que, en consecuencia, es más justo
juzgarle por sus intenciones que por sus obras.
La entrevista no fue una invención feliz. Tal vez sea la
manera menos afortunada de intentar dar con lo que
realmente pueda ser un hombre.
Para empezar, el entrevistador es todo lo contrario de una
inspiración, puesto que le temes. Se sabe por experiencia
que, tratándose de estos desastres, no cabe escoger. No
importa lo que él escriba, de un vistazo verás que habría
sido mejor si hubiese puesto lo otro. Pero tampoco es que
lo otro hubiese sido mejor que esto; sencillamente no
habría sido esto.
Cualquier cambio que se haga debe y podría ser una mejora
aunque, en realidad, sabes muy bien que nada mejoraría.
Tal vez no me esté haciendo entender. De ser así, entonces
sí me he hecho entender, algo que no habría logrado
excepto no haciéndome entender puesto que lo que trato de
mostrar es lo que sientes, no lo que piensas. Puesto en el
trance de una entrevista, no puedes pensar. No es una
operación intelectual: es tan sólo un moverse, decapitado,
en un círculo confuso. Quisieras entonces, de un modo
aturdido, no haberlo hecho, aunque en realidad no sepas
qué es lo que no hubieses querido hacer y, además, no te
importe saberlo porque ese no es el punto: simplemente
quisieras no haber hecho cualquiera que sea lo que hayas
hecho. No haber hecho qué cosa es cuestión de menor
importancia; no tiene nada que ver con el caso; ¿entienden
lo que quiero decir? ¿No se han sentido alguna vez así?
Bueno, así es como uno se siente al leer impresa la
entrevista.
Sí: tienes miedo del entrevistador y no encuentras
inspiración en ello.
Te encierras en tu concha, te pones en guardia, te haces
el descolorido, intentas hacerte el listo y darle vueltas
al tema sin decir nada y, cuando al fin lo ves todo
impreso, te enferma ver cuán bien lo hiciste. Todo el
tiempo, a cada nueva pregunta, estás atento a detectar
adónde quiere llegar el entrevistador para hurtarle
entonces el cuerpo. Especialmente si lo pillas tratando de
hacerte decir cosas humorísticas. La verdad, eso es lo que
trata de hacer todo el tiempo.
Y lo hace tan llanamente, tan abierta y desvergonzadamente
que al primer esfuerzo logra secar tu pozo y, si aún
insiste en ello, es como si te calafatease. No creo que
nadie haya dicho nunca algo realmente humorístico a un
entrevistador desde la invención de su tan tenebroso
oficio.
Sin embargo, como está obligado a poner algo
"característico", él mismo inventa las humoradas y salpica
con ellas las entrevistas. Estas resultan siempre
extravagantes, a menudo farragosas y, en general,
compuestas "en dialecto": un dialecto inexistente e
imposible, por cierto. Este tratamiento ha destruido a más
de un humorista, pero el mérito no es del entrevistador
porque él nunca se propuso hacerlo.
Hay un montón de razones por las que toda entrevista es un
error. Una de ellas es que el entrevistador, luego de
abrir grifos aquí, allá y acullá, haciendo multitud de
preguntas hasta dar con el que fluye libremente y con
interés, nunca parece pensar que lo sabio sería
concentrarse en este último y tratar de sacarle el mejor
provecho, desentendiéndose de todo lo que ha dejado ya
correr. Pero él no lo ve así: se asegura de cerrar ese
manantial con otra pregunta sobre alguna otra cuestión y
con ello su única pobre oportunidad de llevar a casa algo
de valor escapa de inmediato y para siempre. Habría sido
mejor ceñirse al asunto del que a su hombre más interesaba
hablar, pero esto jamás podría hacérsele entender. No sabe
si estás prodigando metales preciosos o sólo paleando
escoria; no distingue la mugre del oro de ley: todo es
igual para él y pondrá todo lo que digas.
Entonces, al ver por sí mismo cuánto de lo que no valía la
pena haber dicho está todavía crudo, intenta componerlo
poniendo de su propia cosecha que cree madura pero que, en
verdad, está podrida. Cierto, lo hace todo con muy buena
intención. Igual que el ciclón.
Así, sus interrupciones, su modo de desviarte de un tópico
hacia otro, tienen en cierta forma el efecto sumamente
grave de sólo a medias dejar expresarte respecto a cada
tema.
Por lo general, sólo atinas a decir lo suficiente para
perjudicarte y nunca llegas donde hubieras querido
explicar y justificar tu posición.
(Traducción de Ibsen Martínez)
Tal Cual,
1 de julio de 2010
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