De Interés

 

CARLOS MONSIVÁIS Las palabras del autor mexicano permanecen más vigentes que nunca
"Sin curiosidad no existe vida intelectual ni sentido del humor"
Voz imprescindible para conocer México y la cultura popular latinoamericana, el ensayista y cronista fallecido el sábado reconocía en su insaciable curiosidad la fuente de metáforas para la ironía

 

Por Tal Levy

 


"Así México desaparezca, Monsiváis estará para contarlo", había sentenciado el profesor y poeta Pedro Serrano. Pero como era su costumbre, el cronista y ensayista mexicano acabó por refutarlo también a él cuando el sábado partió, a los 72 años de edad, aquejado por problemas respiratorios, con lo que dio por terminada esa creencia arraigada en su país de que siempre estaría allí. Más que escritor, una figura pública (tanto que hasta se representó a sí mismo en la telenovela Nada personal) sin la cual hoy México difícilmente se reconocerá.

Estuvo condenado al compromiso de tener siempre que pensar. Él mismo se lo impuso, por eso tal vez llamaba todo por su nombre y apellido. Al conversar con Carlos Monsiváis, él parecía no estar hablando sino escribiendo en voz alta, como aquella mañana de octubre de 2002 en Barcelona, España, cuando nos concedió esta entrevista que permaneció inédita hasta hoy .

Asistimos al milagro de ver cómo convertía la ironía en pan suyo de cada día, con frases como "las nuevas malas palabras serán las que obligarán a ir al diccionario", "el español será dinámico, hablado y a veces escrito" o "los discursos suelen ser música de fondo para las conversaciones".

Con seriedad, aun a sabiendas de que animaría carcajadas, contó la anécdota de cuando el entonces presidente mexicano Vicente Fox se refirió, en el Congreso de la Lengua de Valladolid, al celebérrimo Jorge Luis "Borgues" y luego se excusó con un "no entiendo por qué se burlan, cualquiera puede cometer un lapsus bilingüe".

También recordaría cuando Fox le manifestó a la comunidad judía la suerte de haber tenido a un Frank Caspa, en alusión a Kafka. En fin, la realidad es la que se ridiculiza a sí misma y Monsiváis siempre estuvo allí para contarlo, bueno, para saber cómo contarlo.

Mezcla de diversión y depresión. Sus lugares predilectos: la recámara, donde leía, y el salón, donde veía películas el escritor que obtuvo en 2000 el Premio Anagrama por su ensayo Aires de familia. Cultura y sociedad en América Latina. ­Para tener una cultura como la suya, un conocimiento amplio del mundo contemporáneo, ¿qué hace falta? ¿Una curiosidad insaciable? ­Yo no acepto que tenga una cultura amplia ni mucho menos.

­Es capaz de pasearse indistintamente de Octavio Paz y Juan Huss a Juan Gabriel o Lucía Méndez, abordar desde la poesía hasta las manifestaciones del piercing, de los boleros al jazz o la música barroca, sin olvidar la política...

­No sé, lo que tenga, que creo que es mínimo o nulo, está en función de la curiosidad, y mantenerla yo sí pienso que es un hábito intelectual, claro que con jerarquías. Siempre me interesarán más Alfonso Reyes y Octavio Paz que las manifestaciones del piercing.

Sin curiosidad no existe vida intelectual ni sentido del humor. Le atribuyo los dones del suministro de metáforas para la ironía y del sistema comparativo sin el cual ningún criterio valorativo se ejerce. Me divierte y me deprime muchísimo la lectura de los periódicos, que es con lo que inicio el día. Esa mezcla de diversión y depresión está en la raíz de la curiosidad, que busca enterarse para aceptar las consecuencias fatídicas de la información y sus resultados regocijantes. Si uno no es curioso en el sentido más ambiguo del término, de la búsqueda de todo aquello que diversifique su punto de vista de una manera estimulante, acaba por resignarse a que la monotonía sea el único rostro que se asoma en su espejo del conocimiento, para usar una metáfora infame.

­¿Monsiváis es el ajonjolí de todos los moles? ­No. Me interesan muchos temas, pero últimamente he vuelto con entusiasmo primerizo a la poesía, no como ejercicio sino como conocimiento y posibilidad de reflexión.

Estoy también muy concentrado en el cine clásico y en el entendimiento del ser latinoamericano. Leer a Rafael Cadenas y a Eugenio Montejo, a Olga Orozco y Enrique Molina o a Gastón Baquero y Virgilio Piñeras me representa el mismo poder de estímulo que seguir las peripecias del mundo latinoamericano, no porque tenga yo esa capacidad múltiple de conocimientos, sino porque poseo esa decisión informativa y formativa.

El imperio de las formas. El afán por escudriñar la realidad, de quien fue reconocido con el Premio FIL de Literatura 2006 y con el Premio Nacional de Periodismo 2009 de México por su trayectoria, le depararía sorpresas, como cuando encontró un par de fotografías de Man Ray en un mercado de las pulgas, obras que alimentarían su colección de fotos, grabados, caricaturas y arte popular, que donó al Museo del Estaquillo.

También aficionado a comprar figuritas y máscaras de luchadores, el autor de Días de guardar y Apocalipstick vivió rodeado de gatos. Llegó a tener hasta 10 e incluso intercambió alguno con Octavio Paz.

­Pedro Serrano, en referencia a la amistad suya con Paz, manifestó, para expresar las diferencias entre uno y otro en cuanto a sus puntos de vista, que mientras él en sus apreciaciones era más lapidario, usted era como más palestino, tirapiedras.

­Mi intifada tiene mucho que ver con las maneras corteses que se le atribuyen a los mexicanos, básicamente no tanto porque las piedras sean el último instrumento de resistencia a mi disposición, sino porque obedezco a una cultura de maneras que fue y ya no es la mexicana, ahora más cercana a Amores perros. Fui formado en una tradición de cortesía y del imperio de las formas.

Declararme poseedor de la verdad es una descortesía con las formas; no puedo asumir ese patrimonio sin sentirme fuera de sitio y profundamente descortés.

Y, por otro lado, no creo que nadie posea la verdad.

­¿Alguna vez se ha mordido la lengua? ­¿En el sentido de que me equivoqué? ­Digamos que jugando con equivocarse y callar.

­En el sentido de equivocarme, todo el día; si no aceptara que me equivoco no podría aceptar que a veces acierto. Y en el de callar, debo admitir que México vive una etapa de gran libertad de expresión.

­Recordando La ciudad del habla padrísimo y su afición al refrán, ¿cómo se definiría en habla popular? ­¿En habla popular? Esa no es la que uso por lo general.

­Sí, a lo mero mero...

­Me definiría... como un cuate que no más no la hace, pero que para defenderse nada de muertito.

El Nacional, 21 de junio de 2010

 

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