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De Interés
Carlos
Monsiváis: retrato en taxi
In memoriam: Carlos Monsiváis
(1938-2010)
Por Fabrizio Mejías
El
barrio de Portales en la ciudad de México siempre me trae
malos recuerdos: en un segundo piso de la calle de Odesa
me pescó el terremoto de 1985. El edificio justo en la
esquina se vino abajo. Ahora, territorio de talleres
mecánicos, zapaterías, expendios de alcohol, a la colonia
Portales de la ciudad de México sólo se viene a dos cosas:
al mercado de segunda mano o a ver a Carlos Monsiváis. La
medida del hombre más público desde hace por lo menos
cuatro décadas y a la vez el más esquivo, es un buzón en
la puerta: una enorme rendija por la que cabe un tomo de
la Enciclopedia Britannica. Hacerse visible e invisibles
es uno de los juegos favoritos de su dueño: el gato de
Cheshire está al tanto de todo y, al mismo tiempo, a sus
anchas en la desaparición voluntaria. Por ese buzón pasan
periódicos, libros, manuscritos, invitaciones de
estudiantes o de obreros en huelga, pero también de los
monopolios televisivos, políticos, funcionarios culturales
o universitarios de aquí y del mundo. Y, dentro de la
casa, el teléfono suena mañana, tarde y noche. A Monsiváis
se le caza por teléfono y puede ser que a esa misma hora
esté anunciado en tres eventos distintos. Si no ha ido a
ninguno de los tres, fingirá ser su propia secretaria que
avisa que se encuentra indispuesto.

Estoy
parado frente a su puerta negra con el buzón descomunal y
es posible que nadie me abra o que no esté siquiera en el
país. Adentro, sus ayudantes no sabrán más que el día en
ha quedado de volver. Sé de unos jóvenes que esperaron a
Monsiváis en la calle durante una hora. Habían concertado
ir por él para llevarlo a hablar sobre contracultura
juvenil en el Oriente de la ciudad. Pero no les abrió.
Cuando creyó que los jóvenes se habían dado por vencidos,
Monsiváis salió. Y fue atrapado. Sin más alternativa se
dejó llevar hacia el coche y, cuando se distrajeron,
Monsiváis se echó a correr.
¿Por
qué todo mundo quiere ver y escuchar a Monsiváis tanto que
él mismo tiene que escapar de citas simultáneas? Para el
gran público —el que no lo lee—, Monsiváis es el
“intelectual” por antonomasia. Es el nombre que le brotó a
una actriz de telenovelas cuando hace unos años fue
presionada por la prensa para que dijera su libro
favorito: “Los poemas de Monsiváis”, dijo. Para el público
que lo escucha en entrevistas, Carlos Monsiváis es la voz
autorizada por solitaria, creíble y siempre ocurrente: sus
dichos y textos con frecuencia están envueltos en un humor
seductor. La distancia, física e irónica, es un juego de
seducciones. Ante el acontecimiento cultural o la tragedia
persistente siempre tendrá un aforismo profundo y
desparpajado a la vez. Ejemplos al azar: “El subdesarrollo
es no poder mirarse al espejo por miedo a no reflejar”.
“Entre nosotros y la moda, se interponen los harapos”.
“Hasta los más apartados rincones de México han acudido el
PRI, la Coca Cola, y la noción del complejo de Edipo”.
“Somos tantos en la ciudad de México que el pensamiento
más excéntrico es compartido por millones”. “Sólo una
Revolución obra la hazaña de anticiparse al cine”. “He
visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por
falta de locura”. “Si no tuve infancia, al menos permíteme
tener currículum”.
Fue una
frase la que me atrapó hacia finales de los setenta cuando
lo vi por primera vez, por supuesto, en la tele. Era un
homenaje a Agustín Lara y, entre pianistas y cantantes de
lentejuela, el cronista y teórico súbito fue compelido a
definir lo cursi. Monsiváis dijo: “Es lo bellamente
fallido”. La sensación —la recuerdo— fue que, de pronto,
lo que decía tenía relación con lo existente o, por
ponerlo en una definición súbita, “Monsiváis dice lo que
tenías en la punta del pensamiento”. Desde ese instante
testifiqué la capacidad descomunal de un hombre que nos
dice que somos, qué leer y ver, a qué poner atención ante
lo fugitivo del presente y lo abrumador de la tradición y
que, en fin, tiene como obra la construcción de la cultura
nacional como la réplica exacta de su propio gusto. Como
en el cuento de Borges en que el emperador manda hacer un
mapa tan preciso de China que el papel termina por abarcar
el territorio del país. Y, parado en esta calle de la
Portales recuerdo los sismos del 85. Él fue quien nos
aseguró que detrás de cada rescatista, tránsito
improvisado, y ayuda había una insurrección civil. Si no
lo era se hizo tras ser nombrada. La confianza de
Monsiváis nunca estuvo con los poderosos o los
insurrectos. Siempre estuvo con una ciudadanía informada,
pendiente y, cuando haga falta, activa.
Pero, a
la vez, ha creado el museo textual de lo notable. Si Juan
Gabriel no era más que un cantante popular, se hizo
perdurable por ser nombrado así. Si el comic era lo
desechable, se hizo objeto de museo por el valor que sus
palabras le imprimieron. Si la historia de la censura se
censuró a sí misma, él trae a la página a Ripalda y a
Nuñez Prida y la Liga de la Decencia. Pero Monsiváis jamás
aceptaría esto: “Cuando estaba entendiendo lo que pasaba,
ya había pasado lo que estaba entendiendo”.
Por fin
alguien contesta el interfón y la puerta cede al zumbido
de la bienvenida. No es garantía de nada. A mí me ha
dejado plantado en su propia casa: sentado en un sillón en
el pasillo, pasó alguien con aire de autoridad y le
pregunté:
—¿Carlos tardará mucho?
—Vuelve
en seis días.
Lo que
sigue es el garaje, la casa como vagón de tren, la
biblioteca con los gatos. Es su casa de la infancia cuando
era parte de Los Niños Catedráticos en la radio. Entre
libros y papeles, Monsiváis está al teléfono. Seguro con
Sergio Pitol. O con Rafael Barajas El Fisgón. Es
un icono: el pelo cano revuelto, los anteojos pesados, las
cejas greñudas, el mentón rotundo, los atuendos de
mezclilla, la camiseta debajo. Es un hombre del 68 cuando
la ropa no importaba tanto como para no preocuparse por
ponerse algo que contenga una declaración. Esto último es,
por supuesto, una frase cifrada en lenguaje monsi.
Justo en la pared lateral hay dos dibujos. Uno es la
primera hoja de El llano en llamas de Juan Rulfo,
autografiada y con un perro aullando. El otro es de
Cuevas: el rostro de Monsiváis con motivos pop en los
lentes. Dan cuenta del transcurrir cultural del
nacionalismo inventado, el oficialista, hasta el recreado,
el rupturista. Pero no dan cuenta del propio transcurrir
del cronista que lo mismo encontramos en películas
disfrazado de Santaclós borracho (Los Caifanes,
1967), letrista del grupo de rock paródico con Alfonso
Arau (Los Tepetates), o corrigiendo junto a Cortázar el
Paradiso de Lezama Lima. Como le escribió en una
carta a Elena Poniatowska en 1971 durante una estancia en
Londres: “Me sigo preparando para un acaso imposible
trabajo periodístico. Todo lo que veo, leo y escucho lo
refiero a una especie de archivo de experiencias
utilizables. Leo un libro diario, veo de dos a tres
películas y me inundo de revistas”. Abarca todo, lo
procesa, lo selecciona, funda un museo del lenguaje.
Ahora
vamos dentro de un taxi hacia cualquier lugar. Puede ser
la Casa Refugio o la Biblioteca de México, el escritor
invitado no lo tiene del todo claro. El taxista lo
reconoce y le pregunta si es el “intelectual” que habla de
María Félix. Monsiváis murmura. El taxista se anima:
—¿Cómo
ve lo de Hugo Sánchez?
Y
Monsiváis habla de Venezuela.
Es una
figura de autoridad que se ha opuesto a las figuras de
autoridad. En muchos sentidos él es el intelectual que
emerge del 68 con una idea de que la resistencia política
no se hace desde ahí sino desde la cultura, esa que se
interpone entre el autoritarismo y la violencia. Pero su
ángulo es desde el inicio. En 1954, a los catorce años,
escribe su primera crónica sobre una marcha en contra de
la caída de Jacobo Arbenz orquestada por la CIA en
Guatemala. En “la descubierta” de la manifestación están
Diego Rivera y Frida Kahlo. Si se quiere, ahí podría verse
un “infancia es destino”: lo urgente y el arte.
Monsiváis es un estratega cultural que valora la cultura
popular y populariza lo elitista. Su arma es un tipo de
lenguaje arraigado en un apretado código de burlas,
sospechas, alusiones, parodias, que mina a cualquier
declarante poderoso, sea un obispo, el Presidente, o un
líder guerrillero. El relajo es, qué duda cabe, el ánimo
permanente de Monsiváis:
—Te
insulté el otro día —dice acongojado en el teléfono.
—¿Qué
dijiste?
—Te
cité.
(Risas)
—Oye,
yo hablé de ti en una entrevista por tus setenta años y
dije puras pendejadas.
—Entonces me describiste.
—Y, de
paso, a mí.
Llegamos a la Biblioteca de México y, aunque están felices
de recibirlo, la mesa no es ahí. Cambiamos de taxi. No hay
rincón que no haya visto: desde las librerías de viejo en
Donceles hasta la semana santa en Iztapalapa, de Ciudad
Neza hasta la colección de arte de Carlos Slim. Siempre
comprando arte para su museo Estanquillo en Plaza del
Ángel, en la Zona Rosa, o testificando el sexo en vivo en
el 41, Monsiváis es la ciudad de México, las líneas de su
mano son una guía Roji. La ciudad de México no existiría
sin Monsiváis, que la engrandece, la hace posible, le ve
el lado ciudadano aún en medio de las ruinas del terremoto
de 1985. “¿Cuál es tu ciudad preferida?”, le pregunté hace
diez o quince años en el café Auseba de la Zona Rosa. “La
de mi juventud en los cincuentas”, respondió, “en
tranvía”.
La
conferencia es sobre los cinco libros más importantes en
tu vida. No creo que Monsiváis haya logrado resumir su
vida libresca a tal cantidad. Pero lo ha hecho. Le
pregunto mucho más angustiado que él porque ya va tarde:
1) La
Biblia: “No creo en lo que dice pero la fuerza del
lenguaje, la poesía, por ejemplo, los Salmos, son
extraordinarios.
2)
La importancia de llamarse Ernesto de Oscar Wilde:
“Cada línea es un aforismo brillante”.
3)
La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán: “Es la
gran novela de la conspiración, de la intriga, y de la
barbarie institucional”.
4)
Noticia bomba! De Evelyn Waugh: “No comparto las
posturas políticas del autor pero es la novela que mejor
parodia el trabajo periodístico”.
5)
Adiós a Berlín de Christopher Isherwood: “El retrato
de lo prohibido, de la fiesta clandestina, los lugares
ocultos de una ciudad”.
Si uno
intentara ceñir a Monsiváis con esa lista sería imposible:
poesía, aforismo, denuncia del poder, parodia del
periodismo, los caminos de la noche. Faltan batallas,
posiciones, gustos, obsesiones, fobias y, sobre todo, el
ánimo de abarcarlo todo, día a día, década por década.
Cuando entra a al Museo de la Ciudad de México, es casi
una hora tarde, hay reflectores, multitudes que esperan
abanicándose con periódicos. Los organizadores corren a
recibirlo y casi lo cargan hasta el podio.
—Llego
tarde porque pensé que ustedes eran impuntuales.
Carcajadas. Aplausos. Gente que se acomoda en el asiento
dispuesta a escuchar con atención. Cuadernos que se abren.
Plumas que se destapan. Afuera, los taxis siguen
circulando en el embotellamiento.
Lo ha
logrado, una vez más. Y, con él, todos los demás, y esta
misma, siempre otra, ciudad de México. Hoy, Carlos
Monsiváis ha muerto. Lo velan los artistas, los
escritores, pero también los trabajadores, los taxistas,
en ese lugar al que no hace mucho, llegamos, tarde.
Prodavinci, 20
de junio de 2010
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