De Interés

 

Cabrujas
Por Rafael Osío Cabrices

 

Ahora que dos libros recuperaron la obra de José Ignacio Cabrujas para los lectores de hoy ­Obra dramática, editado por Equinoccio, el tenaz sello de la USB, y El mundo según Cabrujas, la selección de artículos de la editorial Alfa­, puede uno volver a leerlo, revisarlo en conjunto, asombrarse una vez más ante una inteligencia particularmente irónica, divertida e ingeniosa en un país donde ha habido más de una inteligencia irónica, divertida e ingeniosa (aunque en verdad muy pocas para lo que las necesitamos).

En uno de esos libros están sus magníficas piezas de teatro, que tan bien han expuesto el antiguo deporte nacional de la representación de lo que no somos y la celebración de la mediocridad, así como nuestro sentido del humor, nuestro hedonismo y nuestro ancestral conflicto entre lo provinciano y lo cosmopolita. En el otro, los artículos de los años 70, los 80 y sobre todo los 90, en los que no sólo documentó el país que entonces éramos, sino que también interpretó ­de manera inmortal en piezas como la entrevista "El Estado del disimulo"­ el país que nunca hemos podido dejar de ser.

Él quería mucho este país, de hecho hablaba sobre cuánto lo quería, pero de un modo problemático, como corresponde a una persona con valores, con independencia de criterio y con criterios sólidos sobre lo que le interesaba (la belleza, el teatro, la música, la pasta) y lo que le repugnaba (la mentira, la brutalidad, la injusticia social, el oportunismo).

Pero así como lo quería, se atrevía a criticarlo, defendiendo ese derecho suyo y de todos nosotros de los ataques de los necios que lo acusaban de traidor o de los eternos intocables de siempre que se rasgan las vestiduras por la libertad de expresión hasta que alguien escribe algo que a ellos no les gusta.

Cabrujas murió un sábado, de un infarto voraz que lo atacó mientras pasaba un fin de semana en un hotel de Margarita, el 21 de octubre de 1995. Yo lo vi pocas horas antes de que falleciera, porque también estaba en ese avión que lo llevó de Maiquetía a la isla, pero no me atreví a acercarme a él y a decirle con cuánta atención lo leía. Para mí, Cabrujas era realmente un líder de opinión, y si hoy en día no puedo estar de acuerdo con todo lo que él decía entonces, sí me he dado cuenta de cuánto influyó en mi sensibilidad, en el modo en que miro y vivo este país, en la manera en que intento comprenderlo. Pero sé que nunca podré llegarle a los talones. Yo soy uno de los que han pasado todos estos años lamentando que él no esté aquí, agregando argumentos para esta lucha tan desigual que libramos contra la inmoralidad y la estupidez. A mí sí me hace falta Cabrujas, y mucha, y ahora que se van a cumplir 15 años de su muerte tan prematura no puedo dejar de preguntarme qué estaría él diciendo ahora. Puedo calcular qué estaría diciendo Arturo Uslar Pietri, pero Cabrujas era menos predecible, menos absoluto, menos categórico. Él trataba de vacilarse al país para que no le doliera tanto, trataba de enfrentar su proverbial franqueza a una nación que siempre ha estado cayéndose a cobas. Me pregunto qué hubiera comentado hoy de las toneladas de comida podrida o de la llamada oposición. Qué hubiera dicho sobre cómo los venezolanos aprovechamos la pasada bonanza petrolera o cómo pasamos (si es que lo hicimos) al siglo XXI.

 

El Nacional, Todo en Domingo, 11 de julio de 2010

 

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