“Lo que más
valoro es cuando uno queda completamente agotado después
de leer un libro y desea ser amigo del autor y poder
llamarlo por teléfono en cualquier momento”. Así habla
Holden Caufield en El guardián entre el centeno,
anticipando lo que sucederá después con su autor. Solo
que llamar a J.D. Salinger por teléfono “en cualquier
momento” era una herejía imposible. Una ruptura de su
intimidad, esa famosa privacy a la que se sometió con la
disciplina de un monje budista durante medio siglo,
antes de decir su última palabra, la de la muerte, el
pasado 28 de enero. Escribir sobre Salinger es hacerlo
sobre su silencio, sobre su decisión de volverse
invisible y sobre su escueta obra, una de las últimas
narrativas del siglo xx capaz de crear personajes que
luego se volvieron reales. Detrás de ese elocuente
silencio y de esa obra mitológica se alcanza a adivinar
una figura aterradora, genial y egocéntrica, tierna y
tirana a la vez, según la describieron su propia hija y
una de sus amantes, que se atrevieron a romper la
barrera de silencio despertando las iras de J.D. Pero
Jerome David Salinger no siempre fue así. Hubo un
tiempo, mucho antes de publicar El guardián… en que se
codeaba con los periodistas, paseaba su vanidad por
Nueva York, daba conferencias, publicaba sus cuentos en
la revista The New Yorker y se marchaba a la guerra.

Tal vez fue la guerra la que lo perturbó para siempre.
La cuestión es que cuando regresó de esa experiencia
traumática, luego de haber hecho el desembarco de
Normandía, de haber cobrado fama como interrogador de
prisioneros alemanes, y después de haberse casado con su
primera mujer, Sylvia, una militante del partido nazi de
la que se enamoró después de haberla detenido y con la
que tuvo un efímero matrimonio, J.D. se puso a escribir
y, como no podía ser de otro modo, escribió una obra de
posguerra, o mejor dicho, “la” obra de posguerra. Cuando
publica El guardián entre el centeno corre el año 1951,
el viejo orden del mundo quedó sepultado entre los
campos bombardeados de la vieja Europa y Estados Unidos
es una tierra donde abundan las viudas y se comienza a
hablar por primera vez de las familias disfuncionales. A
una de esas familias perturbadas pertenece Holden
Caufield y los miles de hijos de esos hogares están ya
listos para lanzarse en masa a leer a J.D. El horror de
la fama “Si de verdad les interesa lo que voy a
contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací,
cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis
padres antes de tenerme a mí, y demás estupideces al
estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de
contarles nada de eso”. Con esas palabras premonitorias
comienza El guardián…, marcando un antecedente literario
de primer nivel, la sombra de Dickens, para anunciar sin
remilgos que un nuevo autor ha venido a abrir un nuevo
tiempo. Se acabaron los Copperfield, llegaron los
Caufield. Y Holden, a diferencia de David, es un
auténtico maleducado, sensible y violento, un
adolescente con miedo a las responsabilidades adultas y
con un lenguaje sórdido como para provocar un escándalo.
J.D. comienza a preguntarse si, al igual que su
personaje, no será mejor encontrar una cabaña en medio
del bosque donde esconderse del mundo “para no tener ya
más conversaciones estúpidas con nadie”.
A pesar de la que se está armando con su libro, Salinger
continúa siendo una figura pública. En 1953 aparece esa
obra maestra que son los Nueve cuentos, entre los que
destaca “Para Esmé, con amor y sordidez”, narrado por un
soldado traumatizado por la guerra como el propio J.D.
En 1961 aparece Franny y Zooey, que los críticos se
apresuran a destrozar con saña poco antes vista, algo
que hiere profundamente el ego de J.D. En 1963 aparece
Levantad, carpinteros, la viga del tejado, una obra
monumental cuya calidad solo ha sido opacada por la fama
de El guardián… y Seymour: una introducción. Y después
el silencio, que solo se rompe imprevistamente en 1965
con la aparición de un cuento corto Hapworth 16, 1924 en
The New Yorker. El escritor oscuro El silencio que va a
establecer Salinger es atronador. Pero, ¿de qué se
oculta J.D.? En primer lugar, del fanatismo americano
que se ha despertado con su obra. Mientras sus críticos
definen a Holden Caufield como un “adolescente demencial
a quien nadie querría conocer” y tachan a su autor de
patético, el club de fans no hace más que aumentar.
Hasta que el 8 de diciembre de 1980, El guardián…
obtiene el diploma definitivo de libro maldito luego de
que Mark David Chapman le dispara ocho tiros a John
Lennon en la puerta de su casa y se sienta a leer la
obra de Salinger que lleva en la mochila. “¿Quieren
saber por qué lo maté? –dice–. Lean el libro”. El 31 de
marzo de 1981 la historia se vuelve a repetir. Solo que
ahora el hombre que recibe las balas es nada menos que
el presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan,
quien tiene más suerte que Lennon y sobrevive al ataque
de John Hinckley Jr. El guardián… dice, es su libro de
cabecera. Para completar la leyenda, poco tiempo
después, comienza a correr un rumor entre los
psiquiatras que sostiene que también es el libro
preferido del noventa por ciento de los locos encerrados
en los manicomios.
Mientras se alzan voces que piden la censura y algunos
descerebrados queman ejemplares de El guardián… en las
plazas, J.D. mantiene la boca cerrada; solo la abre para
decir incoherencias en 1980 luego de la insistencia de
Betty Eppes, reportera del The Baton Rouge Advocate,
quien lo acosa durante varios meses hasta que consigue
que la atienda cuando se describe a sí misma como una
atractiva pelirroja alta de ojos verdes. En esa
entrevista J.D. deja en claro que ya no hay más Caufield.
Y cuando parecía que el silencio en torno a su figura
era inviolable, en los noventa salió su ex amante Joyce
Maynard a contar abominaciones sobre sus hábitos,
afirmando que era un hombre golpeador, que la encerraba
en su casa sin permitirle ver ni a sus amigos, amante de
la tele basura, de la comida macrobiótica y las
religiones extrañas. Y por si quedaban dudas de que el
autor de El guardián… ya no tenía todos los cables en su
sitio, en el 2000 su hija Peggy publicó El guardián de
los sueños, más que una biografía un ajuste de cuentas
con su padre, al que describe como un sexópata loco por
las adolescentes que peregrinan por su casa en los
bosques de Cornish, el pueblo en el que permaneció
recluido durante medio siglo. En ese libro aparece un
Salinger extravagante al que le gusta beberse su propia
orina, cree en la homeopatía y escribe todo el día,
encerrado en un búnker de cemento con techo de vidrio
para que no pueda distraerlo más que el devenir del sol
como un sabio loco al que ya no le interesa mantener
ninguna conversación estúpida con los simples mortales.
Entre todas las malas noticias sobre el autor que trajo
ese libro indiscreto, la de su habitual escritura es la
que más expectativas despertó y la que ahora reflota,
después de su muerte, esperando que se conozcan
manuscritos inéditos.
El libro de su hija fue sin dudas el peor golpe que
podía recibir alguien como J.D., que tantas energías
puso para conservar el silencio, por lo cual decide no
volver a hablarle y se encierra aún más en el
ostracismo, hasta que hace unos años un fotógrafo de
esos que nunca faltan, cazador de celebridades, lo
encontró en la puerta del supermercado del pueblo
llevando su carrito de las compras como un abuelo con el
semblante un tanto perturbado, un jubilado solitario más
y despertó su ira, aunque no pudo evitar la foto. La
última foto que se conoce de J.D. En ella aparece con el
puño en alto amenazando con romper el vidrio del coche
en el que se traslada el paparazzo, mientras grita “¡No,
no!” inútilmente. Porque al final, la vida es como la
cuentan sus propios personajes, “nunca se puede
encontrar un sitio que sea agradable y pacífico porque,
sencillamente, no existe. Puedes creer que es posible,
pero una vez que estás ahí, cuando te distraes, alguien
se va a entrometer en el paisaje para escribir Fuck you
justo debajo de tus narices”. El 28 de enero un
comunicado de su agente literario daba a conocer al
mundo la última escena: J.D. ha muerto. Ahora el
silencio se romperá, pero serán otros los que hablen en
su nombre. Lo más probable es que digan cosas
intrascendentes, conversaciones estúpidas que a nadie le
interesan, que aluden a lo banal de su extraña
existencia, a sus miserias tan iguales a las de
cualquiera de nosotros, así como iguales a las nuestras
eran las neurosis, las broncas y los miedos del joven
Holden. Y cuando los focos que encendió su muerte se
apaguen solo quedarán sus libros, sus cuatro libros,
para recordarnos que ahí está J.D. Salinger hablando
para siempre, contando algunas de las mejores historias
que se han escrito en los últimos tiempos.