De Interés


Canallas de ayer y hoy
A través de los subsidios, se amenaza y persigue a los grupos de teatro en Venezuela

Por Andrés Cañizales

Para el Grupo Actoral 80
Hace un par de años, en estas mismas páginas, citábamos el caso de la persecución del macartismo en los Estados Unidos de los años 50. La película de George Clooney, Good luck and Good night, es un vivo retrato de cómo se atacaba la libertad de expresión (y creación!) con el pretexto de perseguir la amenaza del comunismo.

Tal estrategia fue posible no sólo porque desde el poder político se desatara aquella cacería de brujas, sino porque logró dividendos gracias a los cómplices que operaban desde dentro del propio mundo artístico, periodístico e intelectual. Y esto no es un aspecto menor, como puede verse en un Tiempo de Canallas, como bautizó Lillian Hellman, en su libro, a aquella época realmente detestable.

La reciente decisión oficial del Ministerio de Cultura de retirarle el subsidio oficial a siete agrupaciones de teatro no sólo es un duro golpe a la creación teatral venezolana (que es una forma netamente de expresión), dada su motivación política, sino que simboliza nuestro propio tiempo de canallas.

La excusa, pues no puede llamarse argumento, es que no puede darse dinero a individuos o compañías que formen parte de "campañas mediáticas", que tenga por objeto "mentir o manipular". La decisión afecta a estos grupos: Skena, El Duende, Grupo Actoral 80, Bagazos, Entretelones y Theja (agrupación que además hace poco debió entregar la sede que utilizó durante 20 años).

El libro de Lillian Hellman resulta de necesaria lectura en estos tiempos, y en especial es recomendable el prólogo que le antecede, escrito por el académico Garry Wills, el cual es imprescindible contexto para entender el testimonio que luego brinda la dramaturga estadounidense. Si Wills da una mirada panorámica sobre las implicaciones político­institucionales de la cacería de brujas, que desató en su obsesión anticomunista el senador McCar-thy.

Hellman, por su parte, brinda el crudo testimonio de una de las víctimas de aquella persecución contra intelectuales, periodistas y gente de la farándula de Hollywood. La escritora fue llamada a declarar, y aunque se enfrentó valientemente a los legisladores, igual terminó estigmatizada en aquellas sesiones que tuvieron lugar en el Congreso de Estados Unidos en 1952, cuando el macartismo vivía su apogeo.

El punto de partida de la persecución fue una lista de señalados por tener lazos políticos o culturales con la entonces Unión Soviética. En el caso de Hellman, ella había estado de visita en varias ciudades rusas invitada por el gobierno comunista, en un momento en que Washington mantenía una alianza con éste, en el marco de la II Guerra Mundial.

Vino la paz y los órganos de seguridad estadounidenses marcaron la pauta de la amenaza latente que significaban los comunistas, y en especial la idea de un enemigo interno: los propios ciudadanos de ese país. La dramaturga había estado de visita en suelo comunista, y aunque luego escribió artículos críticos sobre ese sistema y mantuvo una clara independencia de criterios, terminó siendo llevada ante el Comité que encabezaba McCarthy. Representaba un peligro.

Su citación se basó en el testimonio de un hombre que ella ni siquiera conocía, pero que la acusó de asistir y compartir en reuniones de una célula comunista. La suerte estaba echada en esos casos, la cacería de enemigos internos tomaba cualquier pretexto para llevar al banquillo de los acusados a directores de películas, actrices o actores, dramaturgos o novelistas.

El miedo se reproducía a niveles abominables como para que floreciera el falso testimonio. Cada quien intentaba salvar su pellejo.

La dramaturga, sin erigirse en heroína, se pasea en las páginas del libro sobre los dilemas que acompañaban a quien era señalado entonces: colaboraba para zafarse y terminaba hundiendo a otros, no hablaba y aparecía como culpable ante la opinión pública, o se negaba a asistir a las sesiones y lo esperaba la prisión. En aquel tiempo, además, la citación representaba una suerte de cuarentena, pues la mayoría de gente conocida ­fue el caso de Hellman­ terminaba dándole la espalda al señalado, y finalmente estigmatizado.

Gracias a aquella experiencia la escritora vivió, luego de ese 1952, sus días más difíciles en términos económicos y de reconocimiento de su valía intelectual. Durante varios años no tuvo trabajo por lo que sabía hacer y con lo que había ganado fama previamente: escribir. Debió vender todo lo que poseía y hasta trabajar de dependiente con un nombre falso. Más de una década después es que recobraría espacios intelectuales y solidez económica.

El conjunto de decisiones que viene tomando el Ejecutivo de Venezuela, en complicidad con miembros de la comunidad intelectual y artística, apunta a empujar al ostracismo o hacer claudicar a un grupo significativo de gente del teatro: se censuran obras en espacios como el Celarg, el Ateneo y Theja debieron entregar sus sedes, el subsidio se le retira a las agrupaciones que mencionamos y a otras más.

El testimonio de Héctor Manrique resulta revelador del tiempo de canallas que vivimos: "Dos miembros del Grupo Actoral 80 fueron a hablar a la mesa técnica para ver por qué nos habían quitado el subsidio. Les dijeron abiertamente que me sacaran de la junta directiva para que les devolvieran el subsidio y hasta se lo aumentarían.

Éste es un mensaje intimidatorio para el resto de instituciones culturales, de las cuales se esperan que no digan nada para que no les quiten el subsidio". ¿Y acaso no es ésta otra forma, muy canallesca, de censurar?

Tal Cual, 6 de octubre de 2009

 

 

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