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Entrevista // Orlando Arocha,
director de teatro de Contrajuego
"El teatro tiene que ser
pernicioso"
"El teatro tiene que
incomodar, molestar a la sociedad, conmover y perturbar.
Piensen en Artaud, Cabrujas, Chalbaud... ¡Eran algo
perturbador!"
Por Dubraska Falcón
Orlando Arocha no
lo duda: el teatro venezolano se ha quedado por debajo
de las circunstancias que se viven actualmente en la
cultura nacional. Para el director de Contrajuego, los
teatreros no han tenido la capacidad de consolidarse
como un gremio sólido. Ni mucho menos han tenido la
fuerza como asociación para enfrentar las decisiones que
toma el Ministerio de Cultura. Sobre todo la última, que
dejó sin subsidio a 23 agrupaciones de teatro en la Gran
Caracas, entre ellas a siete de las compañías más
longevas como Skena, Duende, Grupo Actoral 80, Theja,
Contrajuego, Bagazos y Entretelones.
Todo esto sin
contar, que la cartera cultural creó una cláusula,
dentro de los criterios de otorgamiento de Convenio de
Cooperación Cultural, que respalda la decisión de dejar
sin aporte económico a estos grupos. La misma reza: “No
se financiará a colectivos e individualidades cuyas
conductas públicas perniciosas afecten la estabilidad
psicológica y emocional colectiva de la población...”
Para Arocha eso
ha sido un garrafal error. “No hemos tenido la capacidad
de consolidarnos para ser un gremio sólido. Ni la
capacidad de devolver la pelota y decirle al Ministerio
que esa cláusula tiene que desaparecer de la mente de
los venezolanos. La mesa técnica no sabe la injusticia,
la cantidad de gente que dejó sin trabajo. Yo tengo
derecho a exigirle recursos al Estado, pero sin
condicionarme a decir lo que a ellos les convenga. ¡Eso
se llama censura!”, dice.
–¿Usted
habla de una censura de un Estado que le pide al Grupo
Actoral 80 sacar a su director Héctor Manrique para
poder disfrutar del beneficio económico?
–¡Eso es
inaceptable! ¡Es indignante! Para cualquier hombre de
teatro pedirle que saque a algún actor, como ya ocurrió,
es inaceptable. ¡Nadie puede intervenir en eso! Quienes
plantean ese tipo de cosas no conocen la actividad
teatral. Incluso, son personas que detestan el teatro.
Lo que tenemos que hacer es agremiarnos, endurecernos
para dar una respuesta colectiva.
–¿Puede
hacer un balance de la situación teatral?
–Es una situación
de desesperanza. Y al hablar con la gente del teatro
sabes que esa desesperanza razones: los aportes que no
llegaron a los grupos importantes; la no aceptación de
grupos jóvenes dentro del presupuesto del IAEM; la falta
de infraestructura, de aliciente para la producción
literaria. Nosotros en Contrajuego tratamos de hacer
teatro de arte. Y es muy difícil no contar con aporte
del privado ni del Estado. El teatro comercial tiene su
propio movimiento y ha logrado vivir. Nosotros que no
queremos entrar en esos terrenos, nos sentimos desechado
por el Estado. Lo que hay son políticas de censura.
–¿Desde
de cuándo no se implantan políticas teatrales?
–En realidad las
políticas poco han existido. Todo siempre se ha quedado
en una especie de lucha y batalla constante. Pero por lo
menos antes existía la posibilidad de que cualquier
grupo accediera al subsidio y se podía criticar. La
cultura del teatro siempre ha criticado a la Cuarta
República. Se han hecho obras de eso. Y de repente no
podemos decir nada. Tenemos que tragarnos las palabras.
–¿Qué le
critica el teatro al Gobierno de Chávez?
–Seguimos
criticando que no existen políticas. Yo no quiero
defender ni a unos ni a otros. A mí lo que me interesa
es que hoy yo pueda tener la posibilidad de decir lo que
quiera decir sin que eso cree inconvenientes. Se le
critica fundamentalmente la censura. Sobretodo con esa
cláusula que habla de actitudes perniciosas. Incluso,
antes decía que deformábamos el lenguaje. Pero lo
quitaron, quizás se dieron cuenta de que por naturaleza
el teatro es una deformación del arte, del lenguaje.
–Además
de perniciosos, los acusan de afectar psicológicamente a
la población...
–Vamos a estar
claros: el teatro debe afectar psicológicamente a la
población. Si no hace eso, no sirve para nada. El Estado
lo que quiere es un Disney Word. No. El teatro tiene que
incomodar, molestar a la sociedad, tiene que conmover y
perturbar. Piensen en Antoni Artaud, José Ignacio
Cabrujas, Román Chalbaud, Eduardo Gil. ¡Eran algo
perturbador!
–¿El
teatro que se hace hoy está conmoviendo?
–No, no, no. No
lo está haciendo. Hemos perdido eso, porque nos hemos
adaptado muchísimo para sobrevivir, para salir a flote.
La gente del teatro ha empezado a callarse la boca. No
todos, claro. Modestamente, nosotros hemos hecho teatro
de lo qué está pasando ahora como “Parece que va a
temblar”. Pero ese es un compromiso que te crea
problemas. Estamos ensanduchados entre un teatro
comercial de evasión, que no quiere ver que
políticamente nos están callando y el teatro oficial que
es pura propaganda. El teatro tiene que recuperar su
función de ser crítico, de molestar, fastidiar y como
dicen, ser pernicioso. El teatro tiene que ser
pernicioso. Es decir, pernicioso para la injusticia,
para el poderoso. Eso lo dice Hamlet. Él utiliza el
teatro para desenmascarar al asesino de su padre. En el
Aló Presidente que se transmitió desde el Ateneo de
Caracas hubo gente que se colocó al lado de Claudio,
quien mató al papá de Hamlet. Y hay que decirlo con
nombres y apellidos: Román Chalbaud, Miguel Isa, Eduardo
Gil, Nicolás Curiel. ¿Por qué no se pronunciaron en ese
momento? ¿Por qué se pusieron al lado de Claudio? Ellos
tienen que estar al lado del gremio.
–¿Las
obras de teatro actuales se han quedado en la risa
fácil?
–La risa no está
reñida con al reflexión. Eso lo demostró Molière, quien
fue el mago de ‘riendo enseño y moralizo’. Creo que ese
no es el problema, sino el teatro de evasión que ni
siquiera se ríe. Y evidentemente hay una especie de
incapacidad de los medios de comunicación de masas.
Algunos lo primero que preguntan es si en la pieza
trabaja alguien de la televisión. ¡Prefieren una vedette
de televisión! Hemos sustituido la cultura por la
farándula y por el acto cultural criollista.
–La
cartelera está llena de monólogos...
–Todo teatro
tiene su espacio. Lo que hay por un lado es la búsqueda
del actor de televisión que eche unos cuantos chistes. Y
allí se fue todo. El teatro está contaminado de eso.
Allí es donde debería entrar el Estado abriendo más
salas, otorgándole dinero a los teatreros para que
monten piezas interesantes. La cultura teatral está por
el piso. El arte sino es libre muere y esa cláusula es
el decreto de muerte del arte.
–¿Ha
habido pasividad por parte de los actores?
–Falta de
solidaridad. Falta de gremio. De un gremio de verdad, en
el que no me importe si me gusta o no tu obra, si me
caes bien o no. Las diferencias que puedan existir en
Skena o Contrajuego no me impiden que cuando le dicen
pernicioso a Basilio Álvarez también me perjudique.
¿Alguien le ha visto la cara a Basilio de pernicioso?
Eso es como para demandar al Estado por perjudicarlo.
Ese es un hombre que trabaja con niños, ¿qué pueden
pensar los padres de sus alumnos? Es un problema de
justicia.
–¿El
teatro tiene necesariamente que vivir del financiamiento
del Estado?
– ¿Cuáles son los
países en los que la actividad teatral es más profunda?
En aquellos en los que hay un financiamiento del Estado
o del privado. En Francia el dineral que gasta el
gobierno en el teatro es lo que les ha garantizado a
ellos tener una de las mejores programaciones. Lo mismo
ocurre con Brasil, que por Ley las empresas deben apoyar
a la cultura. En Venezuela, las compañías están
quebradas o dicen estarlo. Y si apoyan al teatro
prefieren hacerlo si está un actor de televisión por su
carácter mediático. Nosotros le pagamos a los actores el
10 o el 15% de lo que se merecen. Somos unos explotados
de nosotros mismos. El Estado nos da 100.000 BsF y con
eso montamos cuatro obras al año. 25.000 por cada obra.
¿Cuánto les puedes pagar a tus actores, a tus
escenográfos? Apenas cuatro mil por trabajar seis meses.
Así que el Gobierno debe quitarse de la cabeza que ellos
pagan las obras. Nosotros somos un servicio público.
Somos como el servicio de luz o electricidad. Nos
encargamos del alma y del corazón del pueblo.
–¿El
teatro necesita de un Estado paternalista?
–No. Necesita
políticas y reglas del juego claras. A la gente del
teatro no le gusta el paternalismo. Además, ellos han
sido paternalista con otras cosas menos con la cultura.
Con ella han sido miserables. Históricamente miserables.
No me vas a decir que no es miserable darle a un grupo
durante cinco años el mismo aporte, con todo el dinero
que ha recibido el Ministerio de Cultura. Es el problema
del manejo de recursos para la libertad. ¿Por qué tienen
miedo de que la gente de teatro diga sus loqueras? ¿Por
qué a lo mejor puede reflejar lo que vive el país? Yo
también pienso que debemos ponernos las pilas.
¿Pregúntale a la gente que cuál fue la primera reacción
cuándo le quitaron el subsidio? No fue de: ‘Qué horror’.
No. Todos respiramos, dijimos: ‘menos mal ya salí de
eso. Ya no tengo nada que ver con ese Estado. No me van
a venir a vigilar’.
–Yo voy a
trabajar. Me devuelvan o me quiten el aporte, voy a
trabajar. Ahora tenemos la obra “Siete gatitas”, más
cinco obras que montar. Si es suficiente el talento
nuestro, pues lo vamos a probar. También se le debe
hacer un llamado al público venezolano, que lo hemos
acostumbrado a darle todo picadito, masticado para que
lo puedan digerir. El público tiene que hacer su trabajo
y defenderlo.
–¿No cree
que el proyecto Panteletarte, que busca financiar la
obra “Siete Gatitas” a través de la venta de pantaletas,
es un paño caliente?
–No es un pañito
caliente. Eso es permitir que la voz salga. Obviamente
no es la solución, pero grita que aquí hay un problema y
crea entre los espectadores una reflexión. La idea no es
resolver la situación, es demostrar que los artistas, en
un momento de crisis, responden a los llamados. De
hecho, me preguntaban si era cierto que tenían que
intervenir pantaletas. Pero no se negaron.
El Universal,
12 de
octubre de 2009
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