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De Interés
El terremoto y el desafío
de otro Chile
Por Ariel
Dorfman
Fue hace casi cincuenta años que me
tocó mi primer terremoto, el que todavía me causa
pesadillas.
Me encontraba, ese 22 de mayo de 1960, presenciando un
partido de fútbol en el Estadio Nacional en Santiago de
Chile cuando se oyó un ruido ensordecedor y, de pronto,
así como así, desaparecieron las montañas. No exagero: el
Estadio comenzó a mecerse como si fuera una cuna y se
levantó un extremo en el aire, borrando de mis ojos la
Cordillera de los Andes. Por suerte, apenas unos segundos
después volvieron a aparecer las montañas y las graderías
recobraran alguna mínima estabilidad. En la cancha algunos
jugadores socarrones siguieron tratando de darle a la
pelota y meter un gol avieso, pero ellos rebotaban más que
el balón, así que el árbitro, de bruces en el suelo, dio
por finalizado el encuentro deportivo. Era, qué no:
acabábamos de pasar por una actividad sísmica de 9,6 en la
escala Richter, la de mayor magnitud registrada hasta ese
instante por los sismógrafos.
No tardamos en saber que el epicentro había sido unos
seiscientos y tantos kilómetros al sur de Santiago y que
la devastación era masiva. Tal vez peor que la convulsión
de la tierra misma, que había arrasado con pueblos
enteros, inmolando a miles de inocentes, fue la marejada
que barrió nuestra costa. Viajé a esa región unos meses
después y vi con mis propios ojos los mástiles de navíos
hundidos en el río Valdivia a una larga distancia del mar
y los restos de los colosales altos hornos de Corral, que
en vez de fundir metales ahora mostraban sus torsos
agobiados por las aguas invasoras. Y supe también del
sufrimiento y el terror. De boca de los sobrevivientes,
escuché de hombres, mujeres, pequeños que, huyendo hacia
los cerros, habían sido succionados por el tsunami mar
adentro como si fuesen retazos de madera.
Todo esto lo recuerdo ahora, décadas más tarde, mientras
miro, esta vez desde lejos, esta vez desde la seguridad de
mi hogar en los Estados Unidos, otro terremoto voraz que
ha querido desbaratar mi país. Recuerdo lo que siempre
hemos llamado el gran terremoto de 1960 como una manera de
ofrecerme alguna perspectiva histórica sobre este último y
nuevo sismo, a ver si esto me ayuda a descubrir algún
posible sentido a lo que nos acaba de ocurrir.
Es obsceno comparar cataclismos como si fueran
competidores en un concurso de horrores –este costó tantos
billones, este otro tantas vidas– y, sin embargo, es
posible que medir lo que ha cambiado en Chile durante el
medio siglo que transcurre entre estos dos desastres
mayores pueda contribuir a responder la pregunta más
urgente del momento: ¿y ahora, qué va a pasar?
Chile es hoy un país significativamente más próspero de lo
que era hace cincuenta años. Su economía se considera la
más dinámica y avanzada de América latina, si bien sigue
afligida por una desigualdad en la distribución del
ingreso que es tan abismal como vergonzante. Esta relativa
afluencia de Chile (con un PIB per cápita casi quince
veces más que en 1960) nos deja mejor equipados para
enfrentar la catástrofe actual, ya que tenemos recursos
humanos y científicos que no podríamos ni haber soñado
antaño, hasta el punto de que nuestra maravillosa
presidenta saliente, Michelle Bachelet, inicialmente
informó a la comunidad internacional que el país no iba a
requerir asistencia extranjera (una posición que llegó a
modificar, de manera que ya está empezando a llegar ayuda
desde afuera). Paradójicamente, tales avances de Chile en
su tecnología, su abundancia de bienes materiales, sus
múltiples pasos a nivel, su enorme flota de aviones y
autos, su plenitud de altos edificios, dejan al país y a
sus ciudadanos extrañamente vulnerables y hasta
desamparados. Mientras más carreteras se tiene, más
fracturas puede sufrir el pavimento.
Y esta riqueza, por lo demás, no se ha acumulado sin
severas consecuencias sociales y hasta morales. En 1960,
una nación desmembrada logró aunarse para emprender juntos
la tarea de la restauración. Yo me pasé las semanas
después del terremoto ayudando a recoger dinero, víveres,
frazadas, colchones, que fueron enviados al sur con
caravanas de entusiastas estudiantes y voluntarios (entre
ellos iba mi futura esposa, Angélica, que se pasó un mes
reconstruyendo viviendas en el pueblo de Nacimiento). Fue
una lección de solidaridad que nunca he olvidado: aquellos
que menos poseían fueron los que más dieron, más se
preocuparon, más se sacrificaron por sus compatriotas
malheridos. Si Chile hoy es más opulento, también se ha
vuelto una sociedad más egocéntrica e individualista
donde, en vez de una visión de justicia social para todos,
la ciudadanía se dedica, en su mayoría, a consumir en
forma desenfrenada, lo que acarrea, por lo demás, un
estrés y un deterioro psíquico considerable en la
población.
Como todo infortunio descomunal, la tragedia reciente de
Chile puede entenderse como una prueba, una oportunidad
para preguntarnos quiénes somos de verdad, lo que de veras
importa en cuanto vayamos llevando a cabo la reparación,
no sólo de nuestros hospitales derribados y autorrutas
cortadas y huesos molidos, sino también de nuestra
precaria identidad.
Creo que las fuentes más profundas de solidaridad que
presencié durante el terremoto de 1960 todavía se
encuentran fluyendo adentro de la amplia mayoría de los
chilenos, y han de constituir el semillero desde el cual
van a brotar los esfuerzos más duraderos y relevantes para
levantar a nuestro país de su actual desolación, el motivo
por el cual habremos tal vez de prevalecer una vez más,
como en tantas contingencias pasadas, contra las fuerzas
ciegas y roncas de la naturaleza.
Hace cincuenta años, el pueblo de Chile halló un modo de
sobrevivir a la muerte y al quebranto, y tengo la
esperanza de que en esta ocasión triste también podremos,
con dolor y con duelo y hasta, sí, con alegría, volver a
llevar a cabo de nuevo aquella hazaña que nos necesita a
todos.
Página / 12,
Argentina, 3
de marzp de 2010
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